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Lamentablemente para nosotros, los habitantes actuales del Hemisferio Sur(los pueblos aborígenes del sur tuvieron sus adaptaciones, hoy perdidas), hemos quedado históricamente cruzados con las tradiciones del norte. Especialmente en aquellas prácticas relacionadas con hechos astronómicos que son, a su vez, los más importantes de rescatar. En esta fecha del 21 de junio, el hemisferio sur atraviesa su solsticio de invierno. El término solsticio viene del latín y quiere decir, sencillamente, ‘sol quieto’. La palabra hace referencia al hecho de que en su paso por el cielo, alrededor de esta fecha, el sol detiene su paso cada vez más cercano al horizonte y comienza a subir, para alcanzar su máxima altura alrededor del 21 de diciembre en nuestro solsticio de verano y recomenzar el ciclo de descenso.
Pero como todo esto hay que reverlo desde la perspectiva del que originó la tradición, que estaba en el Hemisferio Norte, muchos de los símbolos que se ponen en marcha están relacionados con el hecho de que en el norte, a partir del 21 de junio, el sol comienza a hundirse camino hacia el polo norte, esto es: cada día que pasa del verano el sol pasará más cerca del horizonte haciendo que los días de luz sean cada vez más cortos; que se igualen en el equinoccio de otoño para ir acortándose aún más hasta el solsticio de verano, en que los días de luz comienzan a alargarse de nuevo. Por este motivo, el invierno está lejos de ser considerado como una época “mala” o “negativa”. De hecho, el invierno nos “devuelve” el sol, de modo que las fiestas relacionadas con el comienzo de este período son festividades “positivas”. Y así, por más frío que haga en invierno, la festividad más “negativa” tiene que ver con el equinoccio de otoño, lo repetimos, en el Hemisferio Norte, mientras que el fin del otoño es visto como un triunfo de la luz sobre las fuerzas de las tinieblas.
Cuando decimos que la órbita del sol en el cielo pasa cada vez más cerca del horizonte en el H. Norte -hacia el 21 de diciembre-, lo vemos “cayendo” hacia los abismos del Norte atraído por la constelación de Capricornio, la cabra. Pero no una cabra cualquiera. El verdadero signo de Capricornio es doble: se trata de un animal con cabeza y patas delanteras de cabra pero con cola de pez, extremo que limita -no casualmente- con Acuario, cuyo antecedente es Piscis. Así, la secuencia es: el Pez en el agua, en la era cristiana o Era de Piscis, por donde el sol nace en el equinoccio de Primavera, para acercarse a Acuario, donde el pez ha abandonado el agua. De esta manera, la guía del pez -de Cristo- se ha perdido y quedamos sometidos a nuestra propia existencia: lo que no aprendimos en Piscis ya no lo podremos aprender en Acuario. Pero, ¿qué fue del pez (nosotros mismos)? Abandonó el agua (el bautizado que abandona el agua) transformándose en una cabra -Capricornio-, animal que escalará la montaña hacia el sol.
Este pasaje dramático se sintetiza en el concepto de muerte: el sol muere en Capricornio. De ahí la legendaria visión de la cabra como animal “satánico”: el diablo (Capricornio) es quien “atrae” al sol y parece condenarnos a la muerte por frío. Pero en lo más oscuro (los vitrales del Norte en las catedrales medievales nunca reciben la luz solar), se resuelve la gran transformación: a los pocos días el sol comienza a pasar cada vez más alto, hacia Sagitario el que nos dispara con su flecha de luz directo hacia el aguijón de Escorpio, el único signo “mortal” del Zodíaco, iniciándonos en la lucha interna y espiritual del bien contra el mal. Antes determinar, recordemos que en la historia de los dos crucificados junto a Jesús, hay uno que se condena y otro que se salva: son los tres meses que van camino al invierno, correspondiendo el ladrón de la derecha a octubre; Cristo mismo, noviembre y el ladrón de la izquierda, que se arrepiente (y devuelve el sol) a diciembre (Capricornio).
No podemos rescatar todas las implicancias y antecedentes simbólicos que alberga la historia del invierno, sírvanos, en todo caso, saber que la sabiduría antigua supo reconocer en el mayor frío la esperanza del calor y la vida como enseñanza a aplicar en todos los órdenes de la vida. |