Epidemias: el Hombre y su libra de carne
Escrito por Horacio Ramirez   
Lunes, 04 de Mayo de 2009 07:44

Aunque suene como una verdad de Perogrullo, la cultura, la tecnología o la ciencia no nos aísla de nuestra condición biológica, y las recientes epidemias que nos atosigan, nos hablan explícitamente de ello. Ni la más abstracta filosofía, ni el más complejo artilugio mecánico puede hacernos prescindir de nuestra necesidad de alimento, aire o agua. Podemos ir a la Luna o a Neptuno o a otras estrellas, pero siempre lo haremos enfrascados en burbujas que contengan alimento, aire y agua... Si esto no es así, morimos. Y es precisamente la cultura -nuestra adquisición más preciada y más dudosa como seres biológicos- la que acentúa esta miopía frente a la condición biológica. Multitud de factores interrelacionados confluyen para llamarnos la atención al respecto, pero como la cultura nos impone una estrategia de acción directa que prescinde de percatarse del entramado ecológico de toda la vida en el planeta, nos termina pareciendo que no necesitamos para nada del contexto biológico. Bajo esas condiciones de acumulación de información -básicamente, por la ciencia y la tecnología-, la cultura se potencia a sí misma exponencialmente y el resultado es la mentada miopía frente al mundo natural. Pero la maquinaria de la Naturaleza sigue funcionando y como su dinámica es absoluta y como nuestro funcionamiento cultural no lo es, la cultura nos deja siempre en posición perdidosa frente al contexto natural del cual siempre dependeremos para vivir.

Esta posición perdidosa implica que a cada paso estaremos siempre desajustados respecto del todo. Una humilde gallina en su gallinero vive en una relación de armonía absoluta con todo el Universo, condición que nosotros no podemos siquiera imaginar. Claro está que el precio que la gallina debe pagar por esa condición es la ignorancia total acerca de sí misma lo que le impide tanto hacer un poema como darle un nombre a su vecina de comedero. En este mismo sentido, la cultura nos permite ambas cosas pero el precio que habremos de pagar es la ceguera ecosistémica. Tal dilema nos enfrenta a espasmos informacionales: no nos deslizamos elegantemente por el cosmos como lo hace nuestra gallina, sino que avanzamos a ciegas, a los topetazos a despecho de las leyes naturales. Y a cada porrazo, apenas si reconocemos la variable de ajuste que se disparó y que reclama la libra de carne de nuestra existencia, como un Shylock implacable.

Recordando la máxima de Gregory Bateson: “Dios no puede ser burlado (Gálatas 6:7). El Ecosistema tampoco”. Nos referimos a las tres grandes herramientas de recalibración que nos impone la Naturaleza: la guerra, las hambrunas y las epidemias. Los factores involucrados pueden ser muchos, algunos humanos y otros no, pero de nuestra parte, la sobrepoblación y la pésima distribución de esa población causa los principales choques con el mundo natural. Recordemos que la Humanidad necesito de 500 mil años para pasar de unos 125 mil habitantes en todo el mundo (en el Paleolítico Inferior) a unos mil millones... Y en sólo 50 años pasó de 1800 millones a 4 mil millones (de 1920 a 1970). Para colmo, los afectos o la moral atentan a favor del desbalance, ya que tratamos de ayudar a los más débiles en vez de dejar que la Naturaleza siga su lógica. Son estos ambientes desfasados, con gente que insiste en seguir acumulando descendencia en los mismos lugares en que lo hicieran sus antecesores junto a los conflictos de intereses por recursos, los que causan esta trilogía de ajuste, y en general, en simultáneo. Los casos de ciudades como Beijing, Santiago de Chile o Petrogrado son paradigmáticos en este sentido. Asimismo, el presente brote de la gripe porcina es casi una metáfora de la atmósfera sucia que impera sobre la ciudad de México, así como el deplorable estado de sus servicios de aguas potables y servidas. A esto se le suma la sobrepoblación desorganizada en el Gran México y los grandes contrastes sociales en ambos territorios. Tal situación asegura, más tarde o más temprano, el surgimiento de epidemias como la citada, así como una guerra (como contra el narcotráfico) o desnutrición. Y este mismo hecho se repite en muchos lugares del mundo de hoy, incluyendo la Argentina, donde coexisten los peligros siempre latentes de la fiebre amarilla, el mal de Chagas, el cólera, la leishmaniasis y el dengue.

La peste negra, el cólera, el tifus, la viruela o la gripe asolaron en diferentes épocas a toda la Humanidad siempre asociadas a guerras y hambrunas. Pero otro factor surgió que agrava los problemas, y es el exceso de comunicación que presupone la cultura. En efecto: así como las rutas comerciales europeas del siglo XIV provocaron en veinte años los más de 20 millones de muertos por la peste negra o bubónica, asegurando la distribución de agentes patógenos, pulgas y ratas, hoy los aeropuertos internacionales son la gran puerta de dispersión pandémica de la gripe porcina en su versión remasterizada, nacida en Tailandia y eclosionada en México... Y el problema no da miras de disminuir sino de agravarse hasta límites impredecibles, de la mano de más y más capacidad de comunicación...

El ser humano es un ser biológico que debe pagar el precio de su conciencia no ecosistémica. De él depende el reconocerse como una gran gota de aquel mar primitivo que sigue paseando sus aguas y sus sales por la superficie del planeta. De él depende entender que dentro de sólo cien años, poco más o menos, todos los seres humanos que nos rodean, nuestros hijos y nosotros mismos ya estaremos muertos, de modo que cada segundo de nuestra vida vale mucho más de lo que podemos concebir. Del Hombre depende entender que en él vive todo el planeta Tierra, y así como alguna vez esa Tierra decidió ajustar sus clavijas extinguiendo a los dinosaurios, no necesita de mucho para hacer lo propio con nosotros. De el Hombre depende, en definitiva, el darse cuenta de que estamos dejando de ser un milagro para pasar a ser un estorbo... Y eso se paga: no podemos escamotearle al Ecosistema su libra de carne.