| Tiempo y Espacio en Reta |
| Escrito por Horacio Ramirez |
|
Reta es un lugar. Con esto decimos que a Reta se la puede localizar en el espacio: a tantos kilómetros de Buenos Aires, a tantos de Sudáfrica y, si nos place, a tantos años luz de Bellatrix, por nombrar una estrella lejana y de hermoso nombre. Pero sucede -lamento informarles a quienes prefieren las cosas simples- que no hay ningún lugar que se agote en el espacio: en cada sitio existe gente o ésta está ausente, o alguna vez estuvo... Hay gente que murió, que vivió o que nació en Reta y hay mucha más en muchos lugares del mundo y en otras edades del mundo que no hizo ninguna de estas tres cosas en este lugar. Es que no obstante la más cruda geografía espacial, un lugar tiene una historia, de modo que en este sitio no sólo confluyen coordenadas espaciales y viajan boletas de impuestos, sino que también en ese lugar transcurre el tiempo. Así que tenemos en Reta tiempo y espacio: una sociedad obvia que encandiló a muchos poetas de todos los tiempos pero que, sin embargo, necesitó de un científico para adquirir la fama suficiente... lo cual habla bastante mal de la imaginación de la Humanidad, así, en general. Esta sociedad, además y es por lo que nos interesa más, puede llevarnos a lugares impensados en tiempos impensados. Si, por ejemplo, hemos de encontrarnos en Reta con otra persona es menester no sólo que ambas partes sepan dónde queda, sino asegurarnos que el encuentro no se pretenda llevar a cabo entre personas que no pueden compartir tiempos, como si pretendiéramos encontrarnos con un fantasma. Así visto, Reta es un acuerdo, es un comercio entre espacio y tiempo, que son las abstracciones en las que más creen los fantasmas que caminan por los caminos de Reta... Muchas personas se jactan de haber conocido Reta cuando no había luz, cuando el Hotel no se qué y cuando los gliptodontes pastaban libremente entre los eucaliptos que todavía no habían llegado a América. En verdad nunca entendí el mérito que puede haber en haber estado en un lugar antes que otra persona. Si uno tuvo la suerte de conocer Reta con televisión, electricidad y teléfono ¿por qué debe agachar la cabeza frente a alguien que pasó penurias en el lugar por un simple capricho de la biología o de la historia personal que lo trajo a Reta un tiempo antes? ¿Qué diremos en el futuro: “¡Ah! Pensar que yo conocí el Reta cuando... no sé... cuando el mar todavía no había sepultado al Santa Rosa...”? ¿A quién pretenderemos deslumbrar o avergonzar con nuestra supuesta hazaña? Tanto en el tiempo como en el espacio hay siempre una calidad de justicia. Y de justicia divina si habremos de ser más precisos. Llegamos a Reta cuando Reta nos precisaba y cuando nosotros precisábamos estar en Reta. De lo contrario, pues, sencillamente, nunca hubiéramos llegado a Reta. Así de fácil... Ahora sí: ésta la va de fácil, para los simples que gustan de la sencillez. Del mismo modo, nos damos cuenta que era más importante saber cuándo es Reta antes que dónde. El Reta vivido -ya sea por gente que vino, se espantó del lugar y huyó tanto como por gente que nació y vivió toda su vida aquí-, el Reta vivido, decíamos, es una cuestión de tiempo. Porque la vida en sí misma es sólo es una cuestión de tiempo. Una cuestión exclusiva del tiempo. Y también vimos que el tiempo tiene que ver con la justicia. “Dios es siempre justo” decía Heráclito, y un Dios, en este caso, es más que el tiempo: es la Eternidad: su justicia eterna irradia sobre nuestra temporalidad, desde que la eternidad incluye todas las causas y todas las consecuencias. Por eso es que decimos que estamos donde es necesario estar; en el tiempo y en el lugar que correspondían. Y, más allá de este arranque teológico, si entendemos que nada sucede, que nada puede suceder sino es porque así debía ser que sucediera, nada debe ni sorprendernos, ni preocuparnos ni volvernos nostalgiosos... Lo que no quiere decir que debamos quedarnos frente al Reta con la expresión como la expresión que tiene la vaca que -según veo- acaba de entrar a mi terreno. Aunque tampoco debemos andar jactándonos de cosas que carecen de mayores méritos, como el haber venido veinte años antes o veinte años después de la última glaciación... En todo caso, si habremos de darnos corte por algo, que sea por el futuro que podremos darle al Reta, para beneficio de nuestros hijos... Ya medio como que se entendió esta cuestión del tiempo. Ahora veamos la cuestión del espacio. “¡Ah!” -me dicen- ¡Usted sí que vive lejos, Ramírez!” Siempre contesto que, en todo caso, los que viven lejos son ellos... Que yo sepa, vivo bastante cerca de los intereses materiales y espirituales que más cercanamente me incumben, tales como el baño, el dormitorio o la tele. Según dijimos, de Einstein y también Bukowsky para acá, todos sabemos o por lo menos intuimos, que tiempo y espacio están íntimamente ligados... En este mismo sentido, sostengo que tiempo y espacio están ligados por aquella Justicia que mencionáramos anteriormente. Por ejemplo, siempre me gustó la idea de vivir en Escocia. Sin dudas se me cruzaron más fantasías que verdades alrededor de tal destino geográfico, sin embargo, debo reconocer que el principal atractivo que Reta tenía para mí era, justamente, la distancia. Pero uno mira el monedero y la plata alcanza hasta el Reta, no más allá. Será, entonces, que es justo que yo esté aquí en el Reta en vez de estar tirando migas de pan al lago Ness para ver si aparece el monstruo... Todo destino es siempre sospechoso. Máxime si no se sabe a dónde se va. Aquí en Reta, en cambio, como poco importa si no se sabe a dónde se va ya que no hay a dónde ir, los destinos siempre parecen más razonables. Pero una cosa es cierta: Todo es relativo. Esta frase también se hizo famosa con Einstein, pero con sólo consultar un poco los libros de historia de Filosofía, reconoceremos en esto, sin esfuerzo, la mano de los sofistas. Cualquier destino es siempre una mezcla mágica de tiempo y espacio. Mágica porque es el camino que nos lleva de un sitio a otro con nosotros como únicos pasajeros. Y mágica porque es un juego de tiempos que generan paradojas. De hecho, todo manejo de la lógica genera una paradoja porque, según sabemos, la lógica no incluye el tiempo... Será por eso que siempre suena tan falsa. Veamos: si yo forjo mi destino era mi destino que lo forjara yo, de modo que, si estaba escrito, poco es lo que me queda para forjar. Por el otro lado, aceptar destinos fijos, en los cuales uno no tiene nada que ver, nos lleva a salidas parecidas, ya que podría decirse que mi destino fijo es ser libre, indeterminado. Así: si le hago caso a mi destino, soy libre y no deberé hacerle caso a mi destino... por lo que nunca podré ser libre ya que ese era mi destino... Y no le hice caso... cosa que también era mi destino... De este galimatías podemos deducir, primariamente, que el cuento del destino no tiene mucho sentido. Sin embargo, hay algo parecido al destino que ya insinuáramos más arriba y que vamos a analizar a continuación si es que no encontramos nada más interesante que hacer. Se trata de los caminos. |