Suelos: un milagro en peligro
Escrito por Horacio Ramirez   

El error de óptica más serio que quizás debe afrontar la Humanidad, sea el creer que la Tierra es un planeta que tiene vida cuando en verdad es un planeta que vive en esa materia viva. Parece un simple problema de semántica, pero debemos reparar en un hecho fundamental: operamos en nuestro entorno en función de cómo pensamos. Pensamos en términos de palabras. Ergo: según como usemos las palabras para pensar será el modo en que actuamos en nuestro entorno. Si pensamos mal, actuamos mal: los errores epistemológicos son los que nos han metido en este embrollo ambiental del que no sabemos cómo salir... Y muchos ni siquiera saben qué es epistemología...

 

La materia viva es materia terrestre: no existía antes de que existiera el planeta, ni nos vino de la nada. El planeta Tierra, como un todo, se autodiferenció en líquidos -hidrosfera; en rocas -litosfera-; en gases -atmósfera- y en vida -biosfera-. Sin embargo, esta división es pura retórica académica medieval: hay gases, líquidos y sólidos absolutamente entremezclados, y entre ellos tres -usando líquidos, rocas y gases- se desarrolla la materia viva. Vista desde esta perspectiva, la vida no es algo fácilmente desentrañable del resto de materiales que conforman el planeta; o dicho de otra manera: la Tierra es, hasta donde sabemos, el único planeta que vive en nuestro sistema solar. Y la porción donde más íntimamente se mezclan sólidos, líquidos, gases y vida es el suelo. En efecto: en él, las rocas destruidas -meteorizadas-, se cargan de agua, de materia orgánica, de vida y gases, desarrollando una complejidad extraordinaria: el hueco dejado por una lombriz, se carga de gases que contienen agua en solución; luego llueve y el hueco se carga de agua que contiene gases en solución. En el conjunto hay materiales químicos aportados por las deyecciones de la lombriz y por la actividad de bacterias; de protozoarios; de algas; de hongos; de musgos; de otros invertebrados; de mamíferos -peludos-; de aves -lechuzas-; de reptiles -víboras y culebras-; de batracios -sapos-; raíces -zanahoria-, tallos -cebolla- y frutos -maní- de plantas, etc. Todo ese conjunto es dinámico o sea, vive: crece, se alimenta, se reproduce, muere y se reincorpora a los diferentes ciclos bióticos y abióticos de miles de formas distintas cuya complejidad se acrecienta hasta el infinito con la multiplicidad inabordable de combinaciones y proporciones.

Todo este berenjenal es el suelo y se está muy lejos de entenderlo acabadamente. De hecho, entender el suelo choca siempre con una cuestión insoslayable: siempre que se estudia algo -y esto es otra cuestión epistemológica clave- se lo estudia para algo. ¿Para qué se estudian los suelos? Se podrá argumentar que para saber qué es y cómo funcionan, pero la verdad es que la pedología nació, y sigue viviendo hoy día, para saber cómo llevar al extremo a determinadas variables que nos interesan -porque del suelo vivimos- en desmedro de otras. En otras palabras: nuestra vida como seres humanos nos lleva a desbalancear los ritmos e importancias relativas de factores ambientales para obtener determinadas cosas. Tal desbalance surge de falsas perspectivas epistemológicas, como la de creer que la vida natural no nos incumbe y que entonces es posible creer que “se puede ayudar a la Naturaleza”. Tal buena intención es parte del pavimento que cubre el camino hacia el desastre ambiental.

Nuestra región es rica en suelo tipo molisol (de ‘mollis’, blando -molusco, molicie- y sol -suelo-), y es el suelo de máxima productividad en nuestro marco de clima templado. Es la combinación más acabada de materia orgánica y balance granulométrico de arenas, limos y arcillas en el clima actual, lo que le da una feracidad proverbial, rara vez empardada en el mundo. La Historia da cuenta de este hecho. Pero tratándose de variables culturales -agroecosistemas- las posibilidades de arruinar todo están a las puertas, ya que se basan en el desbalance de variables naturales, apuntando, en general, a forzar los aspectos productivos del suelo que, lógicamente, no son los únicos que importan al ecosistema que produjo los molisoles. De modo que las prácticas agrícolas han deteriorado y echado a perder numerosos suelos en todo el mundo. Hoy, y como un ejemplo cercano, los estudios realizados en los suelos de Tres Arroyos durante la temporada 2007-2008, no han dado resultados conclusivos acerca de la evolución de los suelos sometidos a agricultura permanente bajo la modalidad de la siembra directa. Más allá de esto -que se podrá subsanar con el tiempo-, hay una suma de factores de imposible evaluación. Nos referimos a la dinámica del conjunto del planeta, cuya complejidad excede cualquier capacidad de análisis humano. En esto mete la cola el diablo de la Teoría del Caos: pequeños factores generan consecuencias imprevisibles, que nos emparienta con la Mecánica Cuántica y el Principio de Incertidumbre de Heisemberg... Como decían los chinos: la brisa de las alas de una mariposa en las montañas del Oeste pueden desencadenar el tifón en los mares del Este. Este “efecto mariposa” nos vuelve ciegos a procesos que se amplifican a escalas cósmicas, donde el Hombre es incapaz de ver. ¿Cómo saber, entonces, a “ciencia cierta” qué pasará con nuestros suelos y con nuestra capacidad de supervivencia en un sistema tan complejo? Nuestros mejores biólogos e ingenieros agrónomos son incapaces de ver esta escala de cambio.

No muy lejos de Tres Arroyos, entre Villarino y Carmen de Patagones, ya hay zonas donde hacen falta baqueanos que orienten a los viajantes en los mares de arena que superan la altura de los alambrados, zonas otrora fértiles. Baqueanos que identifican las chacras abandonadas por los montes que emergen de los arenales. Satélites de la NASA estudian el fenómeno. Sobreexplotación, riego, agroquímicos, capacidad de amortiguación de cambios en salinidad, etc. Todos estudios orientados a evaluar la capacidad de nuestros suelos de seguir produciendo más y mejor en un marco de ignorancia absoluta del sistema global y bajo la premisa única de obtener ganancia. Así, vemos que los problemas epistemológicos son problemas culturales. Los gobiernos deben ser los encargados de velar por estos hechos que los científicos conocen (y por eso mandan sus satélites).