Sarmiento y su modelo educativo universal
Escrito por Horacio Ramirez   

Decía el epistemólogo estadounidense Morris Cohen: "Quien no rinda homenaje al movimiento democrático podrá muy bien asociar la decadencia del racionalismo con la decadencia de la aristocracia (...): quien no tenga prejuicios políticos reconocerá que la razón perdió terreno debido a la difusión de la cultura". Esta afirmación, más que paradójica -tal como la califica el propio Cohen-, es muy cierta y traduce una coherencia conceptual de base: la eliminación de barreras políticas y económicas ha permitido que las grandes masas populares se alleguen a la educación. El problema -que también viera Ortega en "La rebelión de las masas"- ha determinado el fenómeno inédito de verdaderas multitudes accediendo a la llamada cultura intelectual sin la preparación que poseían las aristocracias, a través de sus poderes y privilegios. Esta capacidad -afirma Cohen- "disolvió la vida intelectual, dándole una popularidad fofa que de ningún modo podía ser propicia para la austeridad de la razón ". Esto fue dicho en 1956, ¿y cuánto más cierto es ahora con el advenimiento de las nuevas tecnologías de difusión? La prensa, Internet y el academismo a ultranza, junto a otras tantas simplificaciones ilusorias que reemplazan al método y al estudio y a la disciplina y sinceridad intelectual del librepensador, generan la principal desvirtuación del conocimiento funcional al perfeccionamiento humano. La situación no es de fácil resolución: nadie puede desconocer el beneficio que a muchas personas inteligentes o sensibles les ha proporcionado la plena difusión de los saberes, pero que esos saberes lleguen a instalarse entre multitudes sin el esfuerzo intelectivo necesario destruye al propio tejido vivo del conocimiento: cuanto más disperso, cuanto más democrático es el saber, más inoperante se torna. Las escuelas deben dar clases a cada vez más alumnos para conseguir graduaciones en masa que abran el espacio necesario a nuevos paquetes de alumnos. El progreso tecnológico del conocimiento democrático ha desvirtuado el saber filosófico en un saber fáctico y egocéntrico, no mucho mejor que el saber ególatra y explotador de las oligarquías sin vuelo espiritual. ¿Cuál es la salida, entonces?.

El mundo del crecimiento económico y progreso material que venía de la mano de la inmigración europea y norteamericana propuesto por Domingo F. Sarmiento y a la luz de la última etapa de la Revolución Industrial ya se había estado distorsionando aun en vida del propio sanjuanino, quien había calificado a Buenos Aires como una "Torre de Babel". La torpeza en el desarrollo de los proyectos de inmigración sistemática y ordenada, sin embargo, no pudieron descomponer el esquema genial del aparato educativo que impulsó y cuyos beneficios -aunque muy diluidos- aún tenemos entre nosotros. Cierto es que en época de Sarmiento la democratización del conocimiento era un ideal y no la triste realidad del saber desleído de nuestros días, pero ante la cuestión de hallar un elemento conciliador entre difusión y calidad en el saber, la respuesta está otra vez en la imagen de Sarmiento, como el personaje que supo ver más allá de la coyuntura, más allá de la gloria personal. En efecto: hasta su trayectoria masónica había cedido terreno para poder hacerse presidente; y esto en un contexto donde la oligarquía liberal de tendencia antidemocrática estaba haciendo peligrar el propio aparato político. El modelo de escuela sin religión -que habría de imponerse- trasuntaba, por otra parte, la voluntad política de consolidar la vieja idea de los masones del "culto racional" y de tomar a una escuela como un "templo del saber" y donde hasta la "Oración a la Bandera" (escrita por el masón J. V. González), que se recita al cierre de la actividad escolar, recuerda al rito masón de clausura de tenida. Como sea, el método, la disciplina y el control del conocimiento que significarán una eventual difusión del mismo sin la consecuente descomposición, sólo se conseguirá a través de un plan -como el que en su dimensión histórica realizara Sarmiento- que lleve la idea de país y del Hombre a una dimensión transnacional y metahistórica; un diseño que se traduzca en un proyecto definido de Nación, pero no confeccionado por los timoratos burócratas de la democracia sino por, precisamente, la aristocracia intelectiva residual que apoye los ideales democráticos y que sea controlada por resortes de la democracia, pero que la supere. Un modelo de país pensado, cuyos resultados se verán más allá de la vida de los que lo pensaron, será un proyecto de generosidad extrema: abierto a una visión más amplia del Hombre, a escala antropológica, donde la educación sea principio, método y objetivo del saber y esté a la base de cualquier consideración epistemológica. Esto implicará una amplitud de objetivos que excederán la dimensión de lo simplemente fáctico, de lo prosaicamente práctico y que elevará al Hombre a su propia trascendencia, eludiendo sobre todo la mediocridad de la política. El saber podrá ser, en definitiva, un saber poético que construya al verdadero hombre del futuro, con mecenas, planes educativos y docentes integrados a ese modelo humano y no a una simple política cultural (valga la contradicción), sin oferta de futuro, y que hoy padece cualquier municipio. Sin tal proyección educativa humanística integral, acorde a una idea de eternidad y no de tiempo, la educación seguirá siendo una materia riquísima desperdiciada en manos de los políticos: seres limitados a lo técnico que, en materia educativa, sólo pueden administrar la miseria del conocimiento, la limitación mortífera del docente inculto, la sordidez soporífera del burócrata que no necesita del futuro. Tal la génesis de nuestra crónica pobreza educativa.

Sarmiento será, por el contrario, el modelo metahistórico con el que necesita reencontrarse la Argentina y que tendrá en la educación la clave para un crecimiento con legítimo futuro, abierto a la creatividad del Hombre y donde se cifra el diseño de su eterna búsqueda de la libertad definitiva... que no es otra cosa que la vida misma.