| Los caminos de Reta |
| Escrito por Horacio Ramirez |
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Señalar un camino es una ardua tarea. Un camino no es un lugar. O, a lo sumo, es un lugar que fluye, un lugar que incorpora al espacio que hace, que construye, el tiempo. Un camino es un escurrimiento de la geografía que necesariamente debe hacerla terminar en algún accidente insalvable, como un desierto, una montaña o un océano. Una camino es un exceso de la geografía de un lugar que se derrama hasta que es retenido, contenido por otra geografía. Hubo poetas, incluso, que afirmaron que no había caminos y que los llamados caminos se hacían al andar. No es que vayamos a disentir con esta buena y talentosa gente. Antes bien, preferiríamos abundar sobre el tema, profundizarlo. Queremos ir más allá del hecho de si los caminos existen o no. Y Reta es un buen sitio para empezar a analizar este aspecto de los caminos. Por empezar, Reta es uno de esos poéticos sitios donde a los caminos se les da por terminar, por lo menos en el sentido cartográfico del término: Uno llega al final de la calle 48 -Los Claveles- y uno vive la extraña sensación de haber llegado a un Finis Terris, a una Ultima Tule o a un Vladivostok, aquella ciudad donde bufaba por última vez la gigantesca locomotora del Transiberiano. Esta líquida ausencia de ulterioridad que es el mar, nos enfrenta a una clase muy especial de misterio.
El final de un camino es un hecho insólito, para el camino y para nosotros. Parafraseando a Borges, uno llega al final de un camino siempre por primera vez: aquel que viene viajando cientos y cientos de kilómetros; que está acostumbrado a llegar a un sitio, pongamos por caso, Azul y descubre que las calles siguen del otro lado de Azul; que el arroyo tiene puentes y que la ruta 3 sigue rumbo, seguramente, a su propio fin, por allá, por esas sospechosas tierras del fuego, es un hecho que mayormente nos tiene sin cuidado. Sin embargo, cuando uno toma la ruta a Copetonas debe saber que en el fondo del tarro de la realidad, uno ha sacado boleto de ida, que ha iniciado un camino sin retorno... Claro está que nunca faltará el insípido marmota que piense enseguida que de Reta sí se puede volver apelando al simple recurso de tomar el mismo camino que nos sirvió de entrada, pero con el único requisito de ir provistos de la suficiente prudencia que nos haga entrever la exigencia -lógica y práctica- de recorrer el camino en dirección inversa... De paso, digo que es justamente de esta gente de la que he venido huyendo desde Buenos Aires, y que me llevó hasta Reta, como sitio donde por fin reconocí que los caminos no tenían retorno... Pasa que no estamos hablando del mundo de verdad del que se encargan los noticieros de la televisión, los contadores públicos o los vendedores ambulantes del tren. No. Hablamos del mundo poético para el cual la verdad no constituye un problema sino la única alternativa posible de existencia. Una metáfora, como un sentimiento y otras cosas similares, no requieren de defensores ni detractores. Nadie, en su sano juicio, se pondría a debatir sobre estas cuestiones... Además, convengamos que cuando uno llega al final de la 48 y enfrenta al mar -sea por vez primero o no-, entiende que ya es tarde para intentar cualquier regreso... Por más que el contrato de alquiler diga quince días y que el trabajo y las responsabilidades que dejamos stand by en otro sitio digan lo contrario, el corazón -y gran parte de la mente- saben que ese es el lugar y que si ya se llegó no sólo no existe la alternativa del regreso sino que se siente esa primitiva necesidad de ser libre aunque sea una vez en la vida... Uno descubre en ese fin de camino, al final de la 48, cuando todo termina tanto en el mapamundi como en el mundo real, uno descubre que en lo más profundo del espíritu -por lo menos para aquellos que tienen profundidad en el espíritu- existe esa dimensión de libertad. De profunda libertad. Una libertad en la que uno queda fuera de toda exigencia de materia, de tiempo o espacio. Uno descubre al final de la 48 la verdad -hermosa o cruel, según nos cuadre- sosteniendo lo que ya sostuvimos: que la vida es tiempo, y desde que sabemos que el tiempo -a diferencia de la eternidad- posee una sola dirección, hace que la vida también vaya desde el nacimiento a la muerte y no al revés. Es por esto que hemos dicho que los caminos -los verdaderos caminos- no tienen retorno: porque camino, verdad, vida, libertad: todo está hecho de la misma sustancia. Esta es parte de la extraña dimensión de los caminos. Dimensión que subsiste, por lo visto, en el alma... y que lo hace, seguramente, porque nace allí en lo más íntimo de nosotros. Porque, convengamos: ¿qué es un camino sino una prolongación de lo mejor del Hombre? En efecto: en el camino encontramos materializado lo mejor del Hombre. ¿Qué encontramos? Encontramos sentido. Y con esto del sentido quiero decir: inteligencia humana: un camino implica -con sus curvas, con su sensible falta de rectitud- inteligencia humana. Encontramos esperanza: quien lo usa espera llegar a otro sitio y más aún: espera volver, pero sólo como otra forma de llegar a otra parte. Y si quiere volver es porque hay algo o alguien a quien quiere, a quien ama y con quien quiere estar: en los caminos está puesto el amor del Hombre. Si el Hombre no amara algo, no haría caminos. En un camino hay sentido, hay esperanza y hay amor. Pero por sobre todas las cosas, los caminos indican ese orden -hecho de sentido, esperanza y amor- que define a la Libertad. Donde hay caminos hay Libertad: sólo los Hombres libres hacen caminos... Y hacen caminos infinitos: caminos que van y aunque terminan en el mapa y en la oficina de catastro de la Municipalidad, jamás terminan en la inteligencia del corazón del Hombre libre. ¿Cómo saber si nos queda algo de libertad en algún rincón del espíritu? Vayamos al final de la 48, allá donde se termina todo, pongamos en funcionamiento nuestros ojos de niño y veamos por primera vez el mar. Sorprendámonos, aunque hayamos venido a Reta desde la época en que los gliptodontes merodeaban entre los eucaliptos. Si al sorprendernos sentimos que nuestra alma tiene ganas de seguir caminando por siempre, es que habremos descubierto nuestro camino y en él nuestra libertad... Claro está que para ello hace falta más decisión, un poco más de entrega, una pizca de inconciencia... “Quizás cuando me jubile”... “Quizás cuando gane la lotería... quizás... quizás Malas noticias: tales ‘quizás’ nunca son sinónimo de esperanza... Ni de inteligencia humana y menos de amor. Como se deduce de todo lo anterior, los caminos a los que nos referimos cuando hablamos de Reta y de nosotros mismos, no son lo que podríamos llamar caminos “oficiales”, tales como una calle, una avenida, una ruta, un puente, un caminito de plaza, una ruta marítima o aérea. Tampoco es un mero constructo poético. No decimos, por ejemplo, que el camino de referencia es sólo una metáfora de nuestra vida o cosas por el estilo. Decimos, en cambio, que es eso y mucho más. Tanto más que, como los caminos a los que nos referimos, no terminan nunca. Dijimos, por ejemplo, que un camino es una proyección de ciertos aspectos fundamentales del Hombre, pero que también son el resultado de cierto tiempo y cierto espacio. Dijimos que los caminos tienen que ver con la vida, pero también con destinos y, especialmente, con ideas acerca de vidas y destinos que incluyen conceptos tan fundamentales como esquivos cuales son el amor, la esperanza y la inteligencia. Y quizás -intuyo en esta precaria forma de diálogo que hemos establecido-, sea el concepto de inteligencia lo que más nos engañe en este contexto. Inteligencia no quiere decir -ya lo sabemos- cosas que se conocen o velocidad para resolver un problema de regla de tres compuesta. La inteligencia es otra cosa... Por suerte. Inteligencia viene de ‘intus legere’ lo que significa, más o menos, la capacidad de leer dentro de otra cosa... Leer entre líneas, digamos. Pero no en el sentido de aplicar el principio de Humberto Ecco de la trasloquía o sospecha permanente de que siempre hay algo que se esconde detrás de lo que vemos inicialmente, como quien quiere averiguar qué dijo el político detrás de lo que dijo. No: seguimos aceptando su mentira, su falsedad inherente al poder, como argumento. En otras palabras: descubrir la verdad detrás de la mentira del discurso del poderoso no nos libera de la mentira sino que le da a la mentira una dimensión más profunda: hemos entrado a su juego, a la trampa que la mentira plantea. Y menciono a los políticos porque suelen constituir el caso más flagrante de trasloquía que cotidianamente debemos soportar. Podemos, por lo tanto, también mencionar a los pobres científicos que descubren lo que la estructura de poder de la civilización a la que sirven le permite descubrir -desde los montos presupuestarios de Universidades y laboratorios hasta formas de entender el mundo-. Entonces quedamos en que las “entre líneas” a las que nos referimos es algo más sutil. Si se quiere, algo más difícil de comprender. Y no porque se trate de algo efectivamente más complejo. Todo lo contrario: la inteligencia a la que nos queremos referir es algo espontáneo, algo que viene con el paquete ser humano que adquirimos genéticamente y todo eso. Pero sucede que toda esa espontaneidad es sistemáticamente destruida por medios que nos exceden, pero a los que podemos llegar desde la contemplación, el análisis y su contrario, la síntesis... Es a lo que podemos llegar usando, precisamente, la inteligencia. Esto lo veremos más adelante. |