La revolución política
Escrito por Horacio Ramirez   

La Revolución Francesa parecía haber traído al plano de lo real los ideales sociales de libertad de Rousseau y justicia de Montesquieu... pero entre ellos había surgido también Napoleón y ahí quedaba Francia como incapaz de sostener en la práctica lo prometido en los ideales revolucionarios. Los criollos de Buenos Aires, en gran medida encarnados por Mariano Moreno, se desconcertaron ante aquel "hombre ambicioso, agitado de vehementes ambiciones", como lo calificó el propio Moreno. Las alternativas no eran muchas, pero algo les quedaba bien en claro: el modelo francés ya había triunfado, aunque hubiera sido bajo un enmarque inglés -con la revolución norteamericana-. Como sea, tuvo una coherencia política e ideológica que llega hasta nuestros días y que pasó a ser el reaseguro histórico de un nuestro pensamiento revolucionario, quizás no tan apasionado como el francés pero sí mucho más efectivo: a pesar de haber perdido las colonias de América, Inglaterra era un ejemplo a seguir: los ingleses habían sembrado la semilla histórica de la coherencia cultural con una receta francesa.

Nuestros criollos debían recoger el guante: Inglaterra no sólo les brindaba el modelo sino también los recursos políticos y económicos para la emancipación. Si lo ocurrido en 1810 fue un proceso verdaderamente revolucionario, es material de discusión basado, en esencia, en una definición de revolución. Para muchos puristas, las verdaderas revoluciones son sociales, y en tal sentido la Revolución de Mayo no lo fue del todo: su base social tuvo cimiento y proyección políticos, y si la cuestión política se relacionaba con lo social, lo era en términos elitistas: la élite ilustrada y liberal de Buenos Aires conducía aristocráticamente el ideario y las herramientas de operatoria social necesarias para su instalación.

Es más: la cuestión social terminaba siendo el verdadero estorbo, el insalvable lastre contra el que tenía remar el político porteño para consolidar el modelo. Y, según parece, ese conflicto acompañó a la historia argentina hasta nuestros días, toda vez que se sigue discutiendo hasta hoy el federalismo o no de cualquier medida política en manos del centralismo porteño y a expensas del interior. En efecto: el encono entre los españoles peninsulares locales y los criollos, no se debía tanto a causas de origen, sino que sangraban por las diferencias sociales que hacían a un grupo vivir bien a expensas del malestar del otro.

La Revolución de Mayo era, en este sentido, una revolución social: los criollos le arrebatan el poder a los godos. Pero el matiz social enseguida derivó hacia la xenofobia: frases como "las leyes españolas son monumentos de nuestra degradación" justificaban el rechazo a estas legislaciones. Los extranjeros son prontamente marginados de la función pública: "sólo los hijos de la patria" debían administrar las tierras emancipadas...

Pero esta idea no pasó de ser una entusiasta simplificación que pronto debería enfrentar una realidad más compleja, con psicologías muy diferentes que no podrían convivir sin graves problemas entre esos mismos "hijos de la patria". Para el interior, la administración porteña pasó rápidamente a ser una prolongación de la plutocracia borbónica, no sólo por el hecho de haber copado las más importantes funciones públicas sino porque estaban inficionados del pensamiento anglofrancés, el cual tenía una perspectiva de la masa que coincidía con la de los liberales europeos recién removidos. Y en este sentido, era verdad que ni Moreno podía escapar de tal condicionamiento.

Bajo esta perspectiva, Buenos Aires siempre se creyó la ciudad naturalmente destinada a liderar los destinos de la Revolución. El problema se sinceró: era político como siempre lo había sido, naciendo el encono entre los porteños y la gente del interior... situación que todavía hoy padecemos. El interior estaba, a su vez, dividido en dos: el litoral y el interior mediterráneo. Por cercanía geográfica, el litoral fue siempre más afín a Buenos Aires, pero los separaba las viejas cuestiones de la Aduana y del manejo económico de los ríos. El interior central y del noroeste, en cambio, manejaba cuestiones más ideológicas: su afinidad cultural con el viejo Alto Perú fue lo que los llevó a sentirse enemistados con el "modernismo" porteño. Tal estructuración mental los llevó a una organización cultural que también hoy se vive: la del autoritarismo de los terratenientes. Para colmo, la Iglesia, en tanto que única fuente de educación por aquella época, cargó las tintas sobre las distintas formas de autoritarismo que habían dominado en la Colonia, temerosos de perder los privilegios de su aceitada maquinara parapolítica.

Los principios liberales porteños, en consecuencia, fueron rechazados de plano: la libertad de conciencia y la libertad política eran cuestiones que no tenían cabida en la mentalidad del hombre del interior más cercano al modelo colonial. La Revolución de Mayo mostraba, entonces, su esencial naturaleza política: el problema no era lograr el pensamiento de cambio social -éste estaba presente desde antes de mayo del '10-, el problema era administrar políticamente el territorio a pesar de la cuestión social. Castelli, Rodríguez Peña, Moreno o Belgrano constituían una avanzada política sustentada en una fuerte base ideológica heredada de los borbones. El interior, en cambio, había evolucionado en el rigor del poder anclado en el territorio y el ganado, con el arma social en ristre, ya instalada en la Iglesia. Este enfrentamiento sería crucial para la evolución de la historia argentina... tanto en los años siguientes como -y según vimos- en muchos problemas que hasta hoy padecemos en el país.

En las puertas del Bicentenario hay todavía mucho que aprender de revolución, sobre todo de aquellos errores que nos empeñamos en repetir. Ese el sentido de la historia: ser, como supo pensar Ortega y Gasset, verdaderos profetas del pasado.