| La nueva física y el sentido de la Verdad |
| Escrito por Horacio Ramirez |
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El mundo científico espera con ansia los resultados que sobrevengan del experimento físico que se llevó a cabo en sus primeras etapas en el Gran Colisionador de Hadrones construido por una comunidad de países. Datos. Eso espera este mundo: datos. Así como el telescopio Hubble reveló objetos increíbles en la profundidad del espacio, este acelerador de partículas "LHC" en la frontera franco suiza, pretende indagar en la estructura última de la materia como nunca antes se había hecho con nuevos e imponentes datos. Datos. ¿De dónde viene la palabra 'dato'? Nos llega desde el latín y significa "lo dado". Los científicos esperan que el Universo, forzado por las circunstancias inusuales de un experimento, dé cosas con las cuales podamos evaluar el grado de certeza que tienen las teorías más viejas y elaborar teorías más nuevas. Ver en qué medida estábamos en lo cierto y en qué medida debemos efectuar nuestros ajustes. La ciencia apunta a un ideal de verdad. Esto significa que, en tanto que ideal, es algo inalcanzable. Ya Gödel había formulado la traba lógica inherente a una formulación pretendidamente única del Universo: cualquier argumentación sobre el Universo estaría describiendo y explicando un Universo necesariamente anterior a la formulación de la teoría, por lo tanto habría que formular una nueva teoría que incluya aquellos factores que la anterior teoría había producido y que no estaban presentes en el Universo que describió. En síntesis: ninguna teoría puede rendir cuenta de sí misma. Por esta simple barrera lógica es que es imposible conseguir una Verdad definitiva de nada. Esta conocida "paradoja de Gödel" tienen su arranque en una cuestión ecológica: vivimos en relación a un entorno y el entorno, de carácter sistémico, existe en relación a nosotros: nuestros cambios implican cambios en el entorno; los cambios del entorno inducirán nuevos ajustes en el organismo lo que lleva a nuevos ajustes al entorno... y así hasta el infinito. Una teoría científica es un modo de aproximación al entorno y cae bajo la misma lógica. Nunca se puede llegar a una verdad estable o fija en el tiempo: la misma "verdad" alcanzada modifica el Universo en el cual es dicha y por ello mismo estará describiendo algo que no es lo que existe en ese momento sino lo que existió en el momento de la formulación. Sin embargo, esta limitación en nuestra llegada a la verdad es nuestra salvación: la permanente novedad en nuestra relación con el Universo genera la información que ambos -organismo y entorno- necesitan para seguir existiendo. Si se llegara a una Verdad, la maquinaria de generación de información por el mecanismo de la novedad, se detendría. Parafraseando a Sartre: estamos condenados a la libertad y a hacer siempre lo mismo: crear. Esto es la vida: creación en libertad. Paralelamente, solemos creer que la vida es un fenómeno que se da en el Universo, algo así como un "algo" que está en el mundo. Pero pensemos en esto: la Tierra es un planeta que se organiza en forma de rocas, líquidos, gases y vida, la cual es también la Tierra, como los demás elementos. De modo que no cuesta nada pensar que es la Tierra la que vive y no, estrictamente, nosotros sobre la Tierra. Y desde que la Tierra está condicionada por todo el Universo, lo que vive es, por propiedad transitiva, el mismo Universo. En otras palabras: es el Universo -Tierra incluida- el que está viviendo con nosotros. De modo que nuestra idea de "arrancar" datos a la materia se relativiza frente a esta cuestión crucial: si es el Universo el que vive, el que siente con los animales y el que entiende con el Hombre ¿cómo puede "darse" datos siendo que el que investiga es lo investigado? Con el Hombre, el Universo ha podido no sólo sentirse sino también entenderse: hemos podido ver -seguramente, no por primera vez- la materia que nos compone, las estrellas y los microbios. Por los ojos del Hombre, el Universo se puede ver a sí mismo y ha desarrollado las estructuras biológicas para entenderse. Con ellas se razona, se explica. Cada vez que el Hombre dice 'yo', es el Universo el que lo dice. Bajo esta perspectiva, seguramente que no tiene el mismo sentido ni la palabra 'dato' ni la búsqueda de una teoría, así como no tiene el mismo sentido el Principio Antrópico que aduce una organización del Cosmos en el tiempo orientada a formar al Hombre. Una variación de un 1 sobre 10 a la 40 (virtualmente, nada) en los valores de cualquiera de las cuatro fuerzas que parecen aglutinar al Universo, implicaría la automática desaparición de las estrellas. No sólo parece existir esa 'orientación' hacia el Hombre en cuanto a las constantes cósmicas: según lo que dijimos más arriba, si el sentido del Universo es darse un 'yo', no puede ser de otra manera. Se ha argumentado que tales variaciones podían haber creado Universos diferentes, pero ninguno de los Universos teorizados alcanzaría jamás la complejidad del actual. A esta altura, ya podemos ir preguntándonos por la "accidentalidad" del Cosmos. La Ciencia moderna nace, con Galileo, desde la oscuridad medieval, pero Fulcanelli afirmaba algo diferente: la verdadera luz es, para el que la ignora, oscuridad. En aquella tenebra escolástica no había lugar para el accidente, sólo lo había para el sentido. Cuando el pensamiento omite el principio divino, sólo queda espacio para lo casual y hoy, ningún físico teórico o biólogo apela a la casualidad para explicar el mundo en que vive, no, por lo menos, sin sentirse incómodo. La misma búsqueda de la unidad matemática en la explicación cosmológica es un recurso epistemológico muy afín a un principio teológico. El dios matemático de Pitágoras reaparece en los "armónicos" musicales de la Tabla Periódica. Los matemáticos actuales siguen midiendo las distancias espaciales con relatividad numérica, sin reparar en los antiguos que aplicaban la métrica absoluta que hoy apenas se conoce. Hasta la misma teoría del Big Bang -que se afirma como un hecho- es apelar al principio católico de la Creación de la nada. Si sólo se fijaran que el original hebreo dice "ordenar" y no crear, tendrían que ver la posibilidad de una eternidad de los materiales cósmicos ordenados por fuerzas que apenas intuimos, como la del Punto Cero que nace en el "vacío" cuántico -y la Teoría del Génesis perpetuo de Illya Prigogine, Nóbel de Física- e intuir un principio ordenador. ¿Un Dios? ¿Y qué, si lo fuera? ¿Cambiaría la ciencia sus métodos si admitiera un Dios? Quizás, sólo cambiarían sus pretensiones, jugando menos a ser ella misma Dios y empezando a tratar de entender al mundo desde la ignorancia -como Sócrates- y desde el respeto por sí mismo, antes que desde la soberbia de una búsqueda imposible de la Verdad en todos lados. Verdad que, como el pájaro azul de Maeterlinck, siempre estuvo viviendo en nosotros mismos. |