| La Escuela Pública y el Proyecto Nacional |
| Escrito por Horacio Ramírez |
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¿Fracasa indefectiblemente el proyecto de la escuela pública? Y si es así, ¿dónde está la responsabilidad de ese fracaso? En el siglo XIX, los más encumbrados representantes del pensamiento liberal trataban de destacar la necesidad de una educación pública: Mariano Moreno, Manuel Belgrano, San Martín, Esteban Echeverría, Juan B. Alberdi, J. Urquiza, Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento, Juan María Gutiérrez, Wilde, Onésimo Leguizamón, J. A. Roca, Joaquín V. González, Agustín Álvarez entre muchos otros. La revolucionaria idea debía superar una barrera inevitable de ignorancia reactiva que tomó la forma religiosa, aunque es bien sabido que no eran pocos los católicos que adscribían a la idea de una escuela laica. Por ejemplo, un gran defensor de la escuela confesional como lo era Félix Frías, se decidió abiertamente a favor de la ley 1420 de 1884 -de prescindencia y neutralidad religiosa en la enseñanza pública- y como él la mayoría de los intelectuales que compartían un ideal religioso católico. Ejemplos abundaban, como el de Holmberg -evolucionista- y Ángel Gallardo -creacionista- que fueron por igual docentes estatales. La idea de avanzada que había introducido Sarmiento estaba dando resultado: el núcleo operativo de traer maestras norteamericanas, calvinistas, jóvenes y casaderas estaba articulándose con el hecho real de escuelas públicas que cubrían casi todo el territorio nacional habitado, con maestros de formación sólida y buena paga; edificios, equipos y material didáctico óptimos en calidad y cantidad. Así, esa imagen de la escuela Nº 1 de cada pueblo, frente a la plaza, con los chicos de guardapolvo blanco y todos -todos- rodeando la bandera nacional en una radiante mañana de fiesta patria, no es una imagen idílica sino una realidad histórica. Hoy, el abanderado debe acarrear la bandera nacional hasta tres días después de la fecha patria correspondiente sin tener idea, de paso, de qué es una moharra, una cuja o un tahalí. Y si no cargan con el pabellón nacional harán lo propio con ese otro esperpento melodramático que es la bandera de la provincia de Buenos Aires, atiborrada de alegorías -sin símbolos- que invita más a leer un manual de instrucciones que a una contemplación serena. En tal sentido, y frente al esperpento, se argumenta que "la hicieron los chicos", tratando de justificar la absoluta y grotesca ignorancia respecto de los antiguos símbolos incluidos con sabiduría arcana en los emblemas patrios. Lo que significa, también, que los adultos a cargo ya perdieron de vista toda conexión con cierto tipo de conocimiento... Conocimiento que no es, evidentemente, para cualquiera. ¿A partir de qué se puede decir, entonces, que esa educación pública llegó a este estado lamentable como el que se resumen tantas escuelas y docentes actuales? Desde 1943 comenzaron a cambiar las políticas educativas en el país. Desde la "argentinización dogmática" hasta el intento de reflotar el clericalismo franquista o pretender sustituir a Sarmiento por Rosas: todo eso se había intentado con tibieza antes del '43. Pero en ese año el demonio reaccionario llegaba al poder. Se politizó la escuela y se la sometió al aparato estatal desencadenando su descrédito. En el marco de la Revolución Libertadora golpista -entre el '55 y el '66- se intentó retomar el modelo sarmientino, pero ese intento abortó por las crisis sociales y económicas y por la propia ilegalidad del régimen. Luego, el proceso de descrédito continuó, no ya atacando directamente a la ley 1420, sino a través de reformas educativas que fueron desdibujando el proyecto inicial. Paralelamente, la imagen de Sarmiento se fue diluyendo en el aula y en los actos colectivos de la escuela. La crítica sistemática -"revisionista"- a los próceres, Sarmiento incluido, nace de un desconocimiento acerca del valor de integración simbólico y social que tiene la imagen del "héroe" patrio -como héroe mítico- en cualquier cultura. La tosca idea de decirle la "verdad" a los chicos sobre los prohombres históricos -que son símbolos y no personas- es consecuencia de haber perdido de vista la importancia de transmitir valores antes que datos, de transmitir un sistema de categorías trascendente que organice el dato que el chico aprende, antes que el mismo 'dato'. En otras palabras: el orden -la categorización- debe preceder a la información que se ordena. En relación con esto, tampoco es raro escuchar a los chicos que hablen de sí mismos con un discurso esquizoide por el cual se les hace decir: "Nosotros, los niños...", poniéndose a sí mismos como datos enajenados de sus personas. En rigor de verdad, la "niñez" es un invento del adulto, una elucubración artificial a través de la cual trata de entender lo que fue y ya no es, usando para ello un psicologismo silvestre y barato. El niño vive su niñez y en cuanto la "teoriza" la congela y la enajena de su vivencia más elemental. Esta estrategia perversa busca no sólo incluir al niño en la abstracción adulta de la "niñez" (que varía según el contexto cultural) y que es una forma de violencia muy sutil, sino que, bajo el mismo esquema violento, busca transformarlo en un instrumento ideológico, por la vía de la mencionada enajenación. Y esto para que retransmita el discurso corporativo y resentido del educador mal formado al resto de la sociedad. Para ello, el docente no duda en utilizar al alumno y a su familia toda, en una distorsión multiforme y profunda, arraigada en valores culturales igualmente desfigurados que trastornaron la mentalidad docente. Tal dislocación, además, encuentra en el contexto social la contraparte de un padre que ataca, enfurecido, a la maestra que desaprobó a su hijo en alguna materia. No se entiende que la sociedad que produce al padre violento es la misma que produjo al docente que recibe la bofetada. Es que todo forma parte de la misma aberración y no es posible considerarlos como elementos separados, sino como el síntoma de un mal único: la minusvalía educativa que lleva a la sociedad empobrecida en su capacidad de comprensión de la realidad, a pegarse a sí misma. Todo este desvarío sólo puede curarse con más educación. Y el primer paso de tal enmienda habrá de ser, antes que nada, elaborar un Proyecto Nacional profundamente acoplado a un diseño educativo humanista, tolerante y liberador. Una modelización del Hombre basada en el absoluto respeto por la Libertad. Educar al educador en la búsqueda de la excelencia: sólo así, la escuela pública habrá de ser el templo para la independencia definitiva que el argentino del mañana necesita. |