La Argentina: el país que se niega
Escrito por Horacio Ramirez   

¿Qué es un país? Es un sistema de ideas. De país viene paisano y paisaje. Es decir: un país es aquel espacio que alguien vive como una totalidad y con la cual tiene la dicha de confundirse, de ser un árbol más, enraizado y nutrido de él. Un país es una forma del espíritu del Hombre. Pero existe un pero: un sistema de ideas es, también y antes que nada, un sistema de gestión; y gestionar ideas es la múltiple administración de los derechos y deberes que se traduce en política. Y aunque se trata de un pero muy importante, es en ese marco es donde se ve la grandeza de los elementos que componen el país: según sea su política, será la claridad de las ideas y la grandeza de sus políticos. Y tal estructura tiene un emergente obvio y principalísimo: su gobierno. En este sentido, un gobierno es algo así como una metáfora del resto de la población: es el conjunto de personas tomadas como una sola persona y tratado como tal en el cuerpo del gobierno.

¿Qué es un país? Es una idea de las ideas. Y en este marco ¿qué es una idea? Es la afinidad de los pueblos. Es como el logo de una empresa: aún antes de su formación ya debe existir el logo, del mismo modo en que tuvimos la bandera antes de tener el país políticamente organizado e independiente. Así, Belgrano encarnó una idea y se vivió y se dejó la vida por esa idea; por esa bandera. Una idea es, también y previo a todo, el compartir una afirmación. Es decirle que sí al otro y es decir ‘sí’ entre todos. El ‘sí’ es una forma de expresar un conocimiento: se le dice ‘sí’ a lo que se conoce. En un país, las ideas se constituyen en un saber en común, una ciencia en común: una con-ciencia. Recordamos a Giorgio del Vecchio: “El fundamento de la Nación radica en la conciencia de una misión común, recuerdos de gestas, de desventuras y de glorias que nos remontan a generaciones anteriores y que sobreviven en la presente y se proyectan en las futuras. La Nación es una proyección psicológica, un plebiscito de todos los días”…

Una Nación -el país donde todos los días se vive la vida-, es una gran afirmación; es el ‘sí’ de una civilización en ciernes. Abandonar los principios de un país, por el contrario, es comenzar a negar la existencia de tal unidad. Y negar nuestra naturaleza es el comienzo de un lento suicidio de tipo global para esa comunidad. Yendo a lo más puntual, el caso del Indec es un claro ejemplo en este sentido: cada guarismo que vierte está dislocado de medidores privados y confiables y de lo que sencillamente se ve en el almacén, desatando y amplificando la duda y la desorientación en el pueblo. Es una torpe forma de comenzar a negarnos a nosotros mismos. Negar la realidad de lo que pasa a diario es comenzar a disolver los tejidos de la unidad social. Y en una verdadera reacción en cadena, porque si falla el sí de la lógica interna de una comunidad organizada, comienzan a fallar otros sistemas correlacionados: sin datos realistas no se sabe -no se tiene idea- de lo que realmente significa, por ejemplo, la pobreza y por ende no se pueden tomar las medidas necesarias de distribución, carga impositiva, etc.

El gobierno de Néstor Kirchner y su prolongación en el de Cristina, no parecen haber hecho más que negar el valor de la idea -política o de cualquier tipo-. En efecto: el dinero puesto en marcha como único valor de cambio en la arena política, sólo sirvió para negar la idea de democracia y de República. Partamos de la base que el dinero no es una magnitud política, de modo que su omnipresencia para crear poder político sólo puede generarse desde alguna clase de negación. Negación de la realidad -en el mercado de las ideas- y de la lealtad –hacia las ideas propias y ajenas-. Y esta capacidad de negación de la naturaleza nacional es un vicio que heredamos de nuestros conservadores, de nuestros radicales y de nuestros peronistas, como coherederos del caudillismo anárquico previo: negar el libre juego democrático -como enjambre de ideas vivas y adaptables- y reemplazarlo por el secuestro de la voluntad del electorado. El clientelismo -con su cuota de sadismo y crueldad- niega así la libertad de la gente a traicionar o a ser fiel; niega, en definitiva el derecho a ser libre y a pagar el precio por esa libertad, que no es otra cosa que hacer la Historia de un país. Negarse a ver la obviedad de la corrupción. Negarse al diálogo. Negar que se esté negando…

Pero este conjunto de negaciones sistemáticas, ¿significa realmente que no ven lo que ‘muestran’ no ver? No. El gobierno siempre vio que la 125 era pésima desde muchos puntos de vista. El gobierno ve las condiciones del hombre de campo. Ve que no sabe recomponer sus relaciones con los dueños del capital. Ve que acercarse a Cuba o a Venezuela es privilegiar una óptica totalitaria. Ve que está mintiendo con el Indec. Ve que la gente lo sabe… Entonces ¿qué no ve? Su condición humana de relación. No pueden ver en la gente -sean pobres o ricos- a aliados y sólo ven enemigos. De esta forma, sólo pueden construir imperios de arbitrariedades; colosos con pies de barro.

Y encima, estamos hablando de colosos petisos, porque nunca harán un país grande…

Negar la realidad es el primer paso de la locura.