Idea, ideal e ideología
Escrito por Horacio Ramírez   

La idea es la componente elemental del conocimiento. Nada es menos que una idea: está en la base misma de toda intuición. Lo que ahora tenemos en nuestras manos es una idea que llamamos, alternativamente, papel, tinta, diario, noticia, titular, foto, etc. E, incluso, analizar una idea no puede depararnos otra cosa que nuevas ideas. Pero por ser lo más elemental, tampoco nada es más que una idea: lo engloban todo: nuestros recuerdos, nuestros egoísmos y altruismos, nuestra visión del mundo, nuestras teorías no son más que ideas que, a veces, trabajan unas con otras. En efecto: las ideas pueden crecer en conjunto, en perfecta sinergia, alcanzando los umbrales de una inteligencia superior en los campos de la filosofía, del arte o el misticismo. Pero la armonía interna de las ideas está alejada de toda ideología: las ideas para potenciarse, deben necesitarse, promoverse, estimularse. Y si se ve aquí una receta para hacer una fogata o hacer el amor, esto no es casual.

Pero también puede ocurrir que las ideas comiencen a coagular aquí y allá en pequeños núcleos. Comienzan a irradiar luz propia y calor como las estrellas en el espacio, y empiezan así a trabajar como puntos de referencia que orientan el flujo libre de las ideas por el océano de nuestra vida. Son los ideales. No tienen edad ni más valor por sí mismos que el de servir como referencias. No fluyen en libertad pero, una vez alcanzados, ellos dan libre paso a otros ideales. De esta manera, la vida puede convertirse en un ordenado flujo de ideas jalonado por un rosario infinito de ideales, y así se habrá hecho más simple, más feliz y más útil.

Pero a veces pasa que esas ideas nacidas para ser libres, caen en extraños torbellinos. No trabajan plásticamente en nuestra existencia, sino que comienzan a girar alrededor de un núcleo que les es ajeno y ya no son ellas mismas las que se tornan faros de atención, sino que le dan la espalda a todo y se referencian unívocamente hacia ese atractor que les da un nuevo sentido que no es el del conjunto de nuestra vida. Las ideas han quedado atrapadas en el remolino de la ideología.

Una ideología es, en esencia, una organización de ideas cerrada sobre sí misma y ciega al entorno. Las ideas no pueden ver la verdad en su propia libertad creativa sino únicamente en el centro que las atrapa: todo se resume en esa nueva verdad a contramano del libre fluir del tiempo. Se promueven y justifican a sí mismas y sólo creen en ellas. Un fuego demoníaco ha entrado y las ha congelado...

Hoy son muy frecuentes los efectos deletéreos de la ideología que ha hecho metástasis en todos los tejidos de la cultura y son las que determinan, finalmente, el curso de nuestras acciones. La ideología se adueña de nuestra libertad a través de leyes, exigencias, mandatos: todo se vuelve incuestionable. La vida del Hombre, hecha de ideas, ya no puede volar... y no porque no tenga alas, sino porque ha empezado a creer en el mandato externo a su libertad. Ha aprendido a creer en el burócrata, en el abogado y en el maestro. Ha comenzado a creer que la autoridad es silencio cuando siempre fue diálogo; ha comenzado a creer en ese descomunal centinela kafkiano que nunca lo dejará pasar. La vida del Hombre, en definitiva, ha caído en manos del político, del mediador promedio, del indiferente maestro que administra, en virtud de quién sabe qué preceptos, lo que es bueno para todos en el seno de una sociedad entibiada... Y por eso se defiende al Derecho, porque resume el ideal del operar ideológico: todo funciona de acuerdo a un código propio elaborado, obviamente, entre abogados. Y el marco legal es precisamente el marco político, porque el político lucha desde y por la ley, esto es: por la ideología del código legal. Así, todo comienza lentamente a girar sobre sí mismo y el Hombre de la vida diaria ve, en su hambre espiritual, cómo la vida le pasa allá lejos, en la cocina de la ideología; del mismo modo en que le pasó a su abuelo, al padre y como seguramente, le pasará a sus hijos.

¿Es que no hay salida? Es que nunca hubo entrada: todo fue una ilusión pergeñada por el demonio de lo objetivo, el demonio de "lo que está más allá", de lo que no debemos tocar porque es patrimonio del policía de la ley, es decir, del político o de su ejecutor social: el docente domesticado que aprendió a enseñar "lo que es".

Y todo, en ese agujero negro de verdad autocomplaciente, habrá de ser abstruso, difícil y embarazoso y lo que puede llegar a encerrar como misterio apetecible será apenas un trozo de carbón frío, hace tiempo alejado de la hoguera esencial del espíritu y la inteligencia.

Pero la vida de verdad no ha muerto: todavía está allí, en forma de infinidad de ideas que esperan ser liberadas en la experiencia simple y que no se puede vivir ni amar ni morir de acuerdo a un código de leyes... en el saber que todo lo que verdaderamente vale está permitido...