Etimológicas a orillas del Uruguay
Escrito por Horacio Ramírez   

Cuando debemos distraer minutos de nuestra breve existencia en el mundo para tratar de entender qué interés persigue y qué sustrato moral adorna a un político en un conflicto determinado, hay que convencerse de que no debemos tratar de entender su retórica. Antes bien, hay que trabajar con las palabras que aparecen en la base lógica del problema y tratar de colegir sentidos. Y en el caso de la disputa entre argentinos y orientales por la instalación de las papeleras -disputa nacida, como veremos, por impericia política-, los términos clave son: ecología y economía.

Veamos. Economía quiere decir -etimológicamente-, algo así como "administración de la casa", mientras que ecología se aproxima a "comprensión de la casa". Es, entonces, un conflicto entre quienes tratan de entender el mundo en el que vivimos y aquellos que buscan administrar ese mundo.

El principio ecologista más profundo sostiene que al planeta hay que entenderlo antes que administrarlo -antes de aplicar principios conscientes no sistémicos sobre variables ambientales sistémicas-, mientras que el economista busca la administración de variables materiales y energéticas sin mayores cuestionamientos casuísticos: la cuestión es la ganancia, el lucro. Es obvio, entonces, que la cuestión se reduce a ver cuál de las dos posturas prevalece en el conflicto.

Las papeleras van a contaminar, eso se sabe. Así como se sabe que vienen a contaminar a aquellos países ecológicamente más débiles, o sea, los económicamente más pobres. El escaso desarrollo de una "cultura" ambientalista en las regiones pobres y el hambre de "profits" que esa misma pobreza provoca, hace que países como el nuestro o el uruguayo sean los más firmes candidatos para estos emprendimientos. Y también se sabe que si las papeleras hubieran accedido a pagar las coimas que se le pedían en la Argentina, se hubieran instalado aquí sin la menor queja al respecto.

La retórica política -el discurso orientado a fomentar las condiciones que sustentan al político-, tiene un perfil nacionalista (moral-económico-ecológico) del lado oriental del conflicto, porque debe distraer con lo más grande que tiene a mano si quiere defender el lucro inmediato que busca; mientras que la Argentina busca la declamatoria ambientalista porque, en esencia, quedó fuera del negocio.

Como se ve, las dos palabras -ecología y economía- señalan un balance favorable a la disciplina más vieja: la económica. La retórica política del subdesarrollo habrá de disimular el interés económico mimetizándolo con vastedades de difícil cuestionamiento como lo son los conceptos de Nación o Ecosistema.

Las papeleras se van a hacer. El negocio es demasiado grande como para que no se hagan. Pero lo que más irrita, en esencia, no es tanto que a ambas partes les importe un pito la cuestión ambientalista, como que ni siquiera sepan arruinar el ecosistema con inteligencia económica, porque ¿para qué el Mercosur? Lo crearon como un contrato social para beneficio de sus firmantes, pero parece que cada país hace su historia en forma independiente.

Si el Mercosur hubiera funcionado, los miembros integrantes podrían acabar con el ecosistema en perfecta armonía y sin tener que caer en las ridiculeces que padecemos hoy, cortes de rutas incluidos. Nadie esperaba que el Mercosur apuntara a la defensa del ambiente más allá de la labia de cartón-piedra que exigen los textos escolares, pero ni siquiera sirve para destruir un ecosistema en forma organizada.

Y esto es así porque para el político subdesarrollado primero está su carrera. Resultado: hay una tercera palabra que envuelve a los términos "economía" y "ecología", y es "hipocresía", algo así como "pensamiento por lo bajo".

Conclusión: quizás haya que ensuciarse socavando la raíz infecta del politicastro criollo para entender mejor qué trae de oculto y ponzoñoso en sus floridos discursos, ya sean ambientalistas o nacionalistas, ecologistas o económicos.