| El triste ejemplo de Tartagal |
| Escrito por Horacio Ramirez |
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No es el primer caso -Tartagal ya lo había sufrido en el 2006- y seguramente no será la última vez. Y si uno escucha a los políticos, todo tiene una explicación moderada, lógica y conciliadora. Pero la cuestión es que los salteños han sufrido un golpe muy duro que ha costado vidas. Hagamos un breve repaso de la ecología particularísima que tiene esa región. En la zona se desarrolla una formación de pluviselvas las que, arrancando en Tucumán, terminan en Colombia y que se denominan selva de las Yungas o Yunkas. Dicha formación selvática se alimenta del vapor de agua que traen los vientos desde el Atlántico Sur. En ella, como en toda selva, la gran cantidad de árboles forman un suelo de escaso desarrollo. El humus es una mezcla de sustancias orgánicas de tipo alifático que aglutina las partículas minerales -arcillas, limos y arenas- y conforman el primer horizonte rico en materia orgánica en el que se asienta la mayor parte de la vegetación. Ésta, por sus raíces, segrega sustancias aglutinantes (mucopolisacáridos) que mantienen al conjunto integrado. Pero como el equilibrio hídrico y el régimen de temperaturas de la zona están muy alejados de los valores óptimos de maduración -cosa que sí sucede, por ejemplo, en la llanura pampeana-, tal horizonte húmico nunca alcanza gran espesor… Pero es muy fértil, de modo que se han talado las zonas boscosas y selváticas con el fin de aprovecharlas para cultivos menores y forestación, generalmente de eucaliptos o simplemente como tierra de pastoreo. De esta forma, la frontera agrícola empobrece la biodiversidad de la zona, desaparecen los árboles surgidos naturalmente en el ecosistema y con ellos el sistema de raíces aglutinantes: la sustancia húmica de por sí no alcanza a mantener el compuesto integrado y cuando llueve, simplemente el agua lava el conjunto y el suelo se desorganiza. Esto es lo que pasó en Tartagal: el negocio por sobre el sentido común. Como se comprende, no es fácil llevar adelante una política ambiental en ninguno de los niveles de gestión, y tanto por debajo como por encima de una administración nacional. El funcionario ambiental sabe -y si no lo sabe por lo menos lo debería intuir- que los sistemas de intereses que hacen funcionar cualquier aparato político entran en rápida e inevitable potenciación gracias a los intereses económicos que dinamizan la realidad social humana, pero también caen en rápida e inevitable contradicción con la dinámica natural del Universo. Se trata del viejo conflicto entre economía y ecología. La Ecología trata de entender “la casa” (oikos: casa, logos: tratado); la Economía, en cambio, trata de administrar -para usufructuar- esa misma casa (oikos: casa; nomos: división). Pero ni aun viendo esta diferencia se puede evitar que el marco de intereses políticos y económicos siga siendo el que rige el conjunto, y esta realidad es la que frustra cualquier intento político serio en materia ambiental. Y ni siquiera las diferentes estrategias políticas pueden asegurar éxito en este marco. Así, por ejemplo, el socialismo y el comunismo al haber nacido en el marco filosófico marxista ligado a la etapa más virulenta de la Revolución Industrial, sólo pueden ver en la economía -no existe una “ecología marxista”- el verdadero motor del conjunto: no es entonces casual que Leningrado haya sido por mucho la ciudad más contaminada del mundo y que la Unión Soviética haya tenido los rangos más altos de contaminación de todo tipo que registre la Historia. Los economistas suelen achacar la cuestión a un término: administrar el progreso. Pero el término progreso no es un término fácil. Lo que generalmente ocurre es que se asocia el término evolución, que quiere decir ‘desarrollo’, con el ‘progreso’ que es, sucintamente, la dimensión axiológica de la evolución: es la asignación de valores morales a los procesos evolutivos o, en otros términos, darle dimensión humana a un proceso natural. Lo que llamamos progreso no es, entonces, más que aplicar los criterios evolutivos -en esencia amorales- a cuestiones humanas -morales-. De este conflicto sólo puede nacer la pérdida de tiempo, ya que ambas estrategias son incompatibles, y qué es la pérdida de tiempo sino una forma de abuso ambiental? El ser humano es, en su grandeza, un abismo. Comprender esta situación sin salida nos puede dar la humildad que necesitamos para no profundizar en nuestros errores, no dando eufemísticas explicaciones a nuestros desaguisados, como el achacar al “progreso” el desastre ambiental por administraciones necesaria e inevitablemente equivocadas, asociadas a “apetitos” naturales y egoístas, evolutivamente seleccionados. Y lo de Tartagal es un triste ejemplo de todo lo dicho: calentamiento global; deforestación sin control; políticas basadas en la corrupción. Todo en un cóctel espeluznante sin salida lógica… Especialmente si seguimos optando por tratar de solucionar todo aplicando la misma ciencia que lo complicó todo. Tenemos que entender que la Naturaleza es una entidad sin tiempo y por lo tanto sin memoria: o nos incluimos en su Eternidad o seremos un olvido. O nos ajustamos a la sabiduría de la Naturaleza o no quedará de nosotros ni el nombre. |