El Hijo de Yapeyú
Escrito por Horacio Ramirez   

“Les convoco -dijo San Martín a los indios- para informarles que el ejército de los godos pasará de Chile para matar indios y robarles mujeres e hijos; y como yo soy también indio, voy a impedirlo. Para eso necesito de la licencia de ustedes que son dueños del país. Pasaré los Andes y terminaré con ellos”. Así se expresó, sentado en el suelo con los aborígenes, el Libertador San Martín, mientras la artillería hacía estruendosas prácticas de tiro que impresionaban a los nativos.

Esta reunión con los araucanos, sin embargo, es uno de los tantos documentos que diversos historiadores han tomado para justificar la pretensión de que doña Gregoria Matorras de San Martín no fue su madre biológica y que sí lo había sido una aborigen guaraní del noreste argentino. Preocupación de comadres e historiadores. Es que últimamente, pasó a ser una suerte de deporte de baja estofa y falsa intelectualidad el descubrir que los fundadores de la Patria fueron seres humanos. Para los que vivimos la época escolar del héroe, todavía recordamos la broncínea solidez que acompañaba al busto de San Martín, o el ceño eternamente fruncido de Sarmiento junto a algún polvoriento mapa de Europa. Se trataba de estrellas fijas, de héroes trasladados, en alas de las anécdotas y de algunos datos por siempre repetidos, al cielo eterno de las constelaciones. Hoy, los que quieren la verdad imposible al Hombre por encima de la belleza inherente a la espiritualidad humana, se encarnizan en la pequeñez de la verdad del hombre, tratando de arrastrar hacia esa pequeñez que constituye a los Hombres Mediocres que caracterizara José Ingenieros, a los grandes Hombres de nuestra Historia.

No se sabe la fecha exacta de su nacimiento y existen fuertes controversias acerca del año. Yapeyú lo vio nacer y corretear de niño, pero no lo conoció como “el fruto en su punto”, tal lo que significa la palabra en guaraní. El joven José Francisco abandonó América entre los cinco y los seis años de edad y no volvería sino hasta los 34 con el grado de teniente coronel, con tonada española y habiendo olvidado prácticamente todo acerca de sus primeros años en Corrientes. Incluso al redactar su testamento no pensó en Yapeyú sino que pidió que su cuerpo fuera del lugar de su muerte “al cementerio sin ningún acompañamiento, pero sí desearía, que mi corazón fuese depositado en el (cementerio) de Buenos Aires”. Ya hasta se había asignado un lugar en la necrópolis de la Recoleta… pero fue a dar a un costado de la catedral de Buenos Aires, de modo que la Argentina no pudo hasta ahora cumplir con su último deseo.

San Martín se constituyó en un símbolo de nuestra argentinidad, es otra manera de decir Argentina, y él supo vivir cabalmente tal principio. Estoico en su formación filosófica -"serás lo que debas ser o no serás nada”- llevó la rígida mirada militar hacia la amplísima visión de toda la vida como un único y sublime valor, antes que un objeto que se quita o se salva en el campo de batalla. “Las Máximas a mi hija” son un claro ejemplo de esto así como su frase: “la religiosidad de mi palabra como caballero y como general ha sido el caudal sobre el que han girado mis especulaciones”. La certera trayectoria de una bala o la mortal rectitud de una bayoneta le daban, en la vida de San Martín, la razón a Oscar Wilde, para quien la distracción era el peor de los pecados. Su marco de valores era estrecho: “los Hombres que se abandonan a los excesos no son dignos de ser libres”, pero la máxima amplitud de la libertad era el vasto eje de su vida: “Seamos libres que lo demás no importa”, supo concluir. Cuando Sarmiento le preguntó acerca de ciertas cuestiones del pasado, San Martín sólo respondió: “Mis papeles están en orden”, le dijo, molesto, para no seguir hablando del asunto. De su vejez, escribió Sarmiento: “todas las ideas se le confundían: los españoles y las potencias europeas, la patria, aquella patria antigua, Rosas y la restauración de la colonia…” Estaba viejo: aquel niño que desafió su debilidad y cruzó las montañas más altas de América; aquel niño de Yapeyú que cargó como un rayo sobre los godos en San Lorenzo; aquel niño correntino que renunció a todo cuanto podía alejarlo de sus ideales; aquel niño correntino que rechazó el elogio desubicado de Bolívar… Aquel niño correntino que nunca quiso más gloria que la libertad del Hombre es lo que nos nació en Yapeyú.

Méritos sobran para admirarlo… Para amar su nombre -al decir de Chesterton- no hace falta ninguno.