| Complicar y Descomplicar |
| Escrito por Horacio Ramirez |
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Hay gente -la mayor parte, me temo- que considera que un camino es, pongamos por caso, eso que vemos entre yuyos, justamente como yuyos aplastados por el andar sucesivo de personas o demarcado por ladrillo molido o lo que sea. La mayor parte, entonces, “ve para creer”. Lo que esta gente no entiende es que su mente está funcionando al revés. No ve para creer, sino que cree en el ver. El ‘ver’ con los sentidos se transforma en algo que está -para esta gente- preestablecido, definido de antemano. Por eso es que se habla de “imágenes”. La palabra imagen viene de ‘imago’ que quiere decir “acabado”. La imagen es algo acabado, algo que ya está terminado... Por eso al insecto que ha terminado de tener su metamorfosis, se le dice, justamente, imago. Entonces, cuando esta gente que “ve para creer” ve, siente como si el mundo se le quedara ya definido, establecido, acabado, un mundo de imágenes es un mundo donde han terminado todos los cambios, todas las metamorfosis. Entonces, ¿para qué seguir perdiendo el tiempo con sutilezas? ¿Para qué complicar las cosas? No es que estemos a favor de complicar inútilmente todo, todo lo contrario: no se trata de complicar, sino de simplificar. Es que sucede que para poder simplificar debemos, antes, ver, analizar, las reglas de juego... si es que a la realidad la tomamos como un juego. Y esto requiere de cierto esfuerzo... Lo que no debe ser tomado como una complicación... No, por lo menos, para lo que no nos asusta el trabajo... Que somos, me atrevo a decir, la mayoría. Esa es la primera regla del juego: dejar de ser fatalistas. El mundo no está acabado, terminado. El mundo no es una imagen. Salga uno a pasear por algún camino de Reta sin mayores obstáculos ni urgencias. Y si puede, mejor, hágase esto de noche. Y si uno es un adulto, mejor... que los chicos estarán castigándose (así, sin comillas) en ‘Vavieka’. Sea, entonces, un adulto que pasea por Reta -campo o playa-, de noche... y noche de luna llena para que por lo menos se vea por dónde se va. No hay en su conciencia mayores urgencias... El paisaje estará absolutamente transformado por la luz de la luna, por el fresco de las brisas nocturnas, por el inocente chistido de las lechuzas. Aprenda uno a ver el silencio de esos sonidos. Nada que hacer salvo dejarse llevar, charlando con un amigo, cónyuge o favorecedor (y en estos dos últimos casos, de la mano). Lo primero que se verá, entonces, es que no hay salteadores de caminos al acecho. No, por ahora, así que apúrese a hacer todo esto. Lo siguiente que verá, quizás, será alguna estrella fugaz; las luces de Mirasol o las luces lejanas y misteriosas de algún avión estratosférico, sumido en el más absoluto secreto. Verá las sombras de los árboles, porque aquellos que tenemos vista siempre vemos, de modo que hasta lo que no se ve -como la ausencia de luz-, estamos condenados a ver. Y las sombras en las noches de luna llena tienen una sustancia muy especial, una luminosidad y una materia particulares que también son dignas de ser aprehendidas. Olamos: el aire marino tiene ciertos olores muy sutiles. Los pescadores de antes podían oler la llegada de los peces a la costa, cuando había más olfato... y más peces. Se pueden oler las rúculas o los eucaliptos; hasta se puede llegar a oler el perfume de la cebada tostándose en la maltería de Tres Arroyos, a cien kilómetros de distancia. Pero no es que de noche se vea todo distinto. No. Las noches en Reta son así, iguales a si mismas: el que en realidad está cambiando es el que efectúa la experiencia. Las cosas no se ven distintas, es que es uno el que ve diferente, que no es lo mismo. Entendamos que no somos una imagen y que no nos rodean imágenes: que ni somos ni nos rodean cosas acabadas, que ya no pueden cambiar. Entendamos que las cosas están siempre cambiando. Hemos cambiado, antes que nada, las circunstancias: estamos en Reta y sin urgencias. Pero entendamos, también y desde lo dicho, que nuestro primer cambio habrá de ser reconocer que es posible cambiar. Que es posible vencer la imagen, lo acabado, lo terminado... el fatalismo de lo que no se puede cambiar. Entender que estamos lo suficientemente vivos como para poder seguir cambiando y entender, de paso, que si cambiamos, lo que estamos cambiando es aquello que somos y que es desde ese mismo cambio que cambian las cosas... que nos cambian las cosas a nosotros, porque para los que siguen castigándose en ‘Vavieka’ o entre médanos, dándose con alcohol o drogas, la realidad es algo fijo que, al no poder cambiarse, debe ser ‘destruido’ con elementos ajenos a nuestras capacidades. Y cuando digo drogas, digo también trabajo como única salida a “la dura realidad”, que son los mismos que dicen “escaparse” a Reta... Nadie escapa de lo que es... Ni aun en Reta. Seguidamente tratemos de asociar lo dicho al hecho de que si no sólo es posible que las cosas cambien, sino admitir que siempre estamos cambiando y que, por ello mismo, todo cambia a nuestro alrededor, entonces ¿hasta dónde llega el término realidad? Al principio, cuando admitíamos que agotábamos lo existente a la imagen, a lo que “es así” y no puede cambiar, a lo acabado, a lo que ya está hecho y terminado, estamos admitiendo al mismo tiempo nuestra derrota. Aceptamos la derrota y el destino y el fatalismo. Y si nosotros estamos hablando de caminos en Reta, aceptando la derrota aceptamos un derrotero, no un camino. Un derrotero es el espacio lineal que cubre un cuerpo en determinado tiempo, es la ‘derrota’ de los aviones, de los astros en el cielo, etc. Un avión tiene derrota, tiene derrotero: tiene un sitio de llegada a una hora de llegada. Quien anda por un camino carece de esas urgencias. Decía Lin Yu Tang que hay caminantes comunes, que son los que saben de dónde vienen y adónde van. Que hay caminantes mejores, que sabiendo de dónde vienen no saben adónde van. Y que están los caminantes perfectos que son, naturalmente, aquellos que ignoran tanto el origen como el destino de su caminar. Así, hay gente que viene a Reta a dejar de ver “la dura realidad” y padecen las mismas urgencias que cuando estaban en aquel otro lado “real y duro”, porque no entienden que un camino de liberación de la “dura realidad” carece de existencia “dura y real”, y como no lo ven “duro y real” -no ven una imagen- entonces deducen que no existe. Son los incapaces de cambiar y para quienes Reta sigue siendo la “dura realidad” de otra forma, como lo es un paisaje retense de noche y luna llena: otra manera de decir la derrota, y para los que las vacaciones son un rosario de domingos, de excepciones a la rutina, esto es: rutina: rutita, caminito, el camino que no im/porta, que no mete nada puertas adentro de nuestra vida. Son quienes no entienden, en definitiva, lo que hasta aquí hemos dicho. Son los que siguen creyendo en las imágenes de la realidad, en la realidad dada “por la vida”, “por Dios” o por lo que “uno es y no puede cambiar”... Los derrotados siempre echan culpas. Los caminantes perfectos de Lin Yu Tang se saben, en cambio, responsables de su caminar. El caminante perfecto sabe ver el mundo y lo que entiende es que el mundo es lo que uno quiere ver. Nacimos para ser libres, ni siquiera victoriosos. Libres... Y sin embargo, hacemos todo lo posible para seguir viviendo en la derrota frente a una realidad de imágenes, esto es: una realidad imaginaria. Paseemos por los caminos de Reta en una tarde de calor, frecuentando la zona de quintas. Esperemos un poco y enseguida escucharemos el grito entre amenazador y lastimero del chimango. Lo veremos frecuentemente aprovechando las corrientes de aire caliente para ganar en altura y desde allá lanzarse sobre el almuerzo. Lo veremos, en definitiva, siendo uno con el aire. También lo hace la pobre perdiz que puede llegar a asustarnos saltando de improviso aleteando ferozmente para apenas alcanzar poca altura y menor distancia. El biólogo que no sabe ver le dirá a usted: “el vuelo del chimango es más efectivo que el de la perdiz”. ¿Alguien sabe qué es efectividad para una perdiz? Lo que el biólogo no entiende (la esfera académica capacita pero no “intelegentiza” al estudiante) es que no existe un modelo de, en este caso, ‘efectividad’ en el mundo de la realidad al cual puedan referirse chimangos o perdices. Ellos no pelean con el aire o con la gravedad, los chimangos y las perdices hacen lo que hacen las perdices y los chimangos, y no pueden hacer ni más ni menos que eso. Una perdiz no es menos “efectiva” que un chimango, se trata, sencillamente, de que es una perdiz y no un chimango y por eso vuela como vuelan las perdices y no como lo hacen los chimangos. Lo que el biólogo ve es una realidad de imágenes en forma de modelos, de arquetipos. De cosas que deberían ser. La “efectividad” en cuestión lo será para el biólogo, que deberá cobrar un sueldo a fin de mes, pero no para la perdiz o para el chimango quienes, a diferencia del biólogo, no cobran, ni ahorran ni nada para vivir... Sólo son perdices y chimangos. ¿Adónde vamos con esto? A que debemos aprender a ver la libertad que nos rodea, cosa que un biólogo, dado el rigor científico (¿rigor mortis?), no puede hacer. Su pobreza de visión nace de su falta de libertad de pensamiento: está acotado, está restringido por lo que se supone que es y él debe descubrir. Algo parecido ocurre con aquellos que sólo pueden ver imágenes: las cosas son así y se acabó, de modo que sólo verán lo que se supone que es... El problema es que siempre es otro el que lo ve ¿quién? Pues si es un derrotado, no un caminante perfecto de caminos de libertad, ese ‘quien’ será el dueño de la realidad, o sea: aquel que tiene el dinero -o cualquier otro tipo de símbolo de poder-, con el que se nos pagarán las vacaciones del año siguiente... Ya sea en Reta o en Mónaco. En este contexto, inteligencia habrá de ser leer entre líneas a la realidad, o sea descomponerla de sus imágenes para no ser esclavos de las imágenes que otros suponen -y nosotros también, especialmente si les creemos-, que son perpetuas. Esclavitud. ¿La mejor receta para hacer un esclavo? Negarle a una persona un futuro. Sin futuro, todos sus esfuerzos carecen de sentido, de trascendencia. Las imágenes, por ejemplo, que son cosas que no pueden cambiar, son la mejor metáfora para entender una forma de negarnos un futuro. Si las cosas serán siempre así, ¿a santo de qué porfiar por el cambio? Así -a despecho de nuestro biólogo, financista de chimangos y perdices- no hay posibilidades de que las cosas sean mejores y por lo tanto ningún esfuerzo es válido. Cuando estamos dentro de una celda siempre hay posibilidades de escapar, pero cuando lo único que se nos enseñó es a querer meternos en una celda, no hay posibilidad alguna de escapatoria. No necesitamos que nadie nos enseñe a tener hambre o sed, pero sí necesitamos que se nos enseñe a ser libres y nuestro mundo es especialista en mantenernos al margen de esa verdad. La inteligencia, en este caso, es aprender a distinguir esta necesidad. Cuando hacíamos referencia a llegar al fin de la calle 48 y enfrentarnos a todo lo que el mar puede llegar a significar para nosotros, es precisamente referirnos también a la libertad. Frente al mar, sólo nos resta estar ahí un rato y volver, pero la libertad que en nosotros anida nos hará esclavos del espacio sin límites que el mar sintetiza y ahí sí nos daremos cuenta de la libertad que necesitamos. Podremos volver a nuestras rutinas, pero nuestro órgano de la libertad habrá quedado activado. Todo pasa, en ese momento, como en un poema: la metáfora nos ha transportado para siempre a la magia que reside en y entre las palabras -donde sólo trabaja la inteligencia-. No basta con decir que una metáfora es equis cosa. Esa cosa equis no será la metáfora. La metáfora está en ella misma actuando en nuestra experiencia. La metáfora -que quiere decir ir más allá-, no se traspasa a sí misma hacia ningún significado: en el momento en que la leemos y creemos en ella, ella está y allí está la plenitud de su sentido y de la vida. En cuanto se la racionaliza -por ejemplo, como si ella fuera una comparación de algo con otra cosa, un símil-, la metáfora y el momento mágico que ella implicó, desaparecen. En su lugar, reaparecen lo prosaico, la prosa y el mundo imaginario y abandonamos la poesía: se nos aparecen todas las imágenes, todos los fantasmas de nuestro mundo normal, contra las cuales hay que luchar y contra las cuales jamás venceremos. Aquel camino de verdad y libertad que la metáfora había empezado, se transforma en el derrotero de nuestra vidas: en el camino preformado. No seremos libres, seremos esclavos: se sabe a qué hora nos levantaremos a ir a trabajar, a qué hora dormiremos, adónde iremos en el verano a veranear. Porque ya no tendremos futuro, y no lo tendremos porque el futuro es impredictibilidad. Es sorpresa. Lo único que puede llegar a sorprendernos en nuestras vidas aseguradas, será la muerte. Nos habremos vuelto rutinarios, pasajeros de una rutina, una rutita, un camino sin importancia. Aquel gran momento de vuelo espiritual e intelectual que había implicado el hecho de presenciar la metáfora en movimiento, hecha carne ante nuestros ojos cuando el mar nos impresiona en las alturas de los médanos, es ahora reemplazado por una vida en prosa, prosaica, hecha de predicciones. Vamos a seguir queriendo la efectividad del chimango y desperdiciaremos nuestra gran posibilidad de ser meras perdices: verdaderas perdices. La realidad termina siendo un vulgar comercio entre lo que no somos y lo que anhelamos ser. Tal la angustia del deseo: las necesidades se pueden llegar a satisfacer, los deseos jamás. El futuro se nos hará más fantasmal que la realidad de “cosas que son así y no se pueden cambiar”. El futuro se no volverá una retahíla, un marasmo de “cuando sea”, “cuando tenga”, “cuando pueda”. Y cuando pase la única sorpresa que aunque no podamos predecir, sabemos que va a venir -la muerte- nos daremos cuenta que hemos pasado la vida adorando fantasmas. Puros fantasmas. Puras imágenes. Puras mentiras. |