| Aspectos fundamentales de una ecología racional - Parte II |
| Escrito por Horacio Ramirez |
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Cuando hablamos de los Principios Realistas Locales de los que abreva la Física clásica tenemos que enfrentar el problema desde otro enfoque, el de la evolución de los paradigmas. Así pasamos de una simplicidad organizada a una complejidad desorganizada. En este punto habremos pasado de la mecánica clásica a la termodinámica. El paso siguiente nos debe llevar a la epistemología cibernética de segundo orden o de los sistemas observadores y que se encuadra dentro de una complejidad organizada. Es en este punto donde la Humanidad se ha enfrentado con el que podría ser denominado paradigma final en este sentido: Si como epistemología definimos la estrategia de producción de realidad, un enunciado epistemológico es el enunciado más elemental que se puede formular ya que este enunciado sienta las bases de la realidad con la que tendremos que lidiar. Esto tiene fundamental importancia en materia estética y ética… y ambas son consecuencia de una particular ecología. Podemos juntar -como hizo G. Bateson- la idea de E. Kant de un entorno codificado por el sujeto de la observación con algunos elementos de la teoría de la Guestalt. En síntesis, podemos decir que no todos los elementos que provienen del entorno son utilizados en la conformación de una guestalt o imagen o forma. De esta manera, la selección de variables es una cuestión de elección de variables, de modo que no todos vamos a elegir las mismas variables, por lo que no todos vamos a tener la misma imagen resultante. Existen, sin embargo, condicionantes tanto de la propia historia personal como de la historia cultural. Como sea, lo que nos interesa es ver que lo que nosotros llamamos ‘cosas’ son la resultante circunstancial de un tipo determinado de observación. Esto tiene un aspecto ecológicamente favorable y otro desfavorable. Veamos el desfavorable primero. La Naturaleza -todo, lo vivo y lo no vivo porque todo conforma una unidad- la Naturaleza, decíamos, es un continuo analógico. Esto quiere decir que en el mundo real -no en el que deriva de nuestra selección de variables-, sino en el real, en el natural no hay cosas. Se trata de un nivel de abstracción lógica que hace desaparecer a las cosas del mismo modo en que desaparecía nuestro interruptor del capítulo anterior. Como bien observaba el epistemólogo norteamericano W. Cohen, no podemos iniciar ninguna observación si -y como decía Pancho Ibáñez- si todo tiene que ver con todo. Es decir: si una, pongamos por caso, laja es de extensión infinita ¿cómo podemos meter el dedo para saber qué tiene debajo? No se puede. Lo que Cohen observaba como una necesidad epistemológica nace, en verdad, de uno de los principios realistas locales que observáramos anteriormente, el que dice que entre el observador y lo observado (que es, en definitiva, una relación ecológica más) no tiene que haber conexión alguna. De este modo, entre una flor que se abre en mi jardín y un meteoro que cae en Marte no hay conexión alguna. En esa hiancia, en ese hiato o brecha sí podemos meter el dedo y levantar la laja. Pero en verdad, lo que nosotros decimos es que las discontinuidades entre los objetos del conocimiento son el resultado de una construcción por parte del sujeto de observación: la brecha entre nosotros y lo observado es una construcción a posteriori de la relación ecológica. Decimos que la Naturaleza es un continuo analógico y que nuestra argumentación acerca del entorno no es más que una argumentación nacida en ese seno analógico pero que deriva en un rosario de cosas. Es lo que Gregory Bateson llamó ‘codificación guestáltica’. Estos conceptos son fundacionales. Ya vimos que la guestalt -la forma o cosa- que vemos es el resultado de una selección de variables que hicimos nosotros y no una cosa que existe efectivamente fuera de nosotros. Que la cosa sea el resultado de nuestra particular ecología implica que la ‘cosa’ (un árbol, la cama, el ecosistema, etc.) mantiene ciertas relaciones formales -precisamente, de ‘forma’ o guestalt- con ese universo analógico que nos rodea y traspasa y constituye. Esta correspondencia es la misma que existe, por ejemplo, entre la palabra ‘dog’ y la palabra ‘perro’. Donde yo digo ‘perro’ un inglés dirá ‘dog’, y entre ambas palabras hay una serie de correlaciones que se respetan… y otras que no. En este sentido es que hablamos de codificación: la codificación (de la ‘codificación guestáltica’ mencionada más arriba) es una traducción. Ahora bien. ¿Por qué existe esa expresión tan acertada: ‘traductor-traidor’, como insinuáramos en nuestra correlación ‘perro-dog’? Porque en toda traducción (o codificación) hay una pérdida neta de información como consecuencia directa del Segundo Principio de la Termodinámica (complejidad organizada) que establece que no puede existir ningún proceso que no le cueste al sistema en su conjunto la generación de algo de entropía -desorden relativo-, o como se suele decir: no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. El problema, entonces, es que en nuestro proceso ecológico de generación de formas o cosas la generación de desorden relativo o entropía es, en verdad, una introducción de desorden en el conjunto organismo-entorno. Si bien en la relación ecológica llamada ‘conocimiento’ -que como tal, casi ningún ecólogo la considera-, se genera un sistema nuevo llamado ‘realidad’, esta realidad como sistema Observador-Referente de Observación, lleva en sí el incremento de entropía que mencionáramos y que nace de la bendita codificación guestáltica. Dicho de otra forma: cuando codificamos -traducimos- el Universo analógico en términos de guestalten, en términos de cosas o términos digitales (separados entre sí como los dedos, los dígitos), es que perdemos información en el camino. Y precisamente, la información que perdemos es acerca del carácter analógico del mundo real. En síntesis: cuando -como seres humanos- vemos el mundo como nosotros lo vemos, introducimos desorden en el mundo tal como no lo vemos y es. Y esto es porque perdemos información acerca de las relaciones que existen entre las cosas. Es como si tuviéramos una mesa puesta para comer, donde todos los objetos están unidos entre sí por hilos que nos resultan invisibles, y al querer agarrar el salero metemos la mano a lo bestia (lo que Bateson llamó ‘Propósito Consciente’) ¿Qué conseguimos? Seguramente conseguiremos rápido ese salero -que para nuestra codificación guestáltica es un objeto independiente de todos los demás, es decir que no incluyo en mi observación a los hilos- y al hacernos del salero vemos cómo, “mágicamente” “injustamente”, etc., se nos cae la botella, el sifón y se levanta el plato. Pero como este proceso de deterioro ambiental es lento -el sistema es muy generoso y tiene una gran capacidad de absorción de desorden, es decir: los piolines son muy elásticos-, nos damos cuenta de que algo extraño está pasando, cuando el plato, la botella y el sifón ya han perdido su equilibrio y caen indefectiblemente… Esto es lo que llamamos ‘desastre ambiental’… y es aquí cuando empezamos a pensar que entre la flor de mi jardín y el meteoro en Marte, sí que había algo después de todo… En la próxima la seguimos. |