| Apuntes sobre política cultural |
| Escrito por Horacio Ramírez |
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Las definiciones de cultura son de dos tipos. Aquellas de las que se apoderó la antropología y las que hacen referencia a los espíritus y mentes cultivados en un determinado contexto social. Paradójicamente, mucha gente "culta" suele presentarse enarbolando la definición antropológica de cultura, cualquiera de ellas, las que en su pretendida asepsia objetiva se constituyen en algo así como una "democracia" fenomenológica: todo lo que el Hombre como especie hace, es cultura. De esta manera, el "hombre culto y democrático" -un privilegiado social- siente la tranquilidad de haber cumplido con los menos afortunados... Resulta interesante en este punto, ver que muchas clases sociales privilegiadas apelan a recursos de este tipo. Por eso no es raro ver al político de derecha en campaña besuqueando nenes o a periodistas de izquierda -privilegiados con culpa- filmando a chicos drogándose en el conurbano bonaerense, criticando la ignorancia del pueblo y tratando de llevarlos a una especie de democracia aristocrática alucinatoria propia de toda ideología. Este "mea culpa" democrático deja fuera a los cultos sin comillas, aquellos que poseen un cierto saber y que la ponen a disposición de la comunidad a la espera de que ésta le devuelva el gesto generoso encontrando en ella espacio dónde aprender más y realimentar el proceso. Como se intuye, la cultura sin falsos pruritos democráticos, no va de la mano con la política, en tanto que institución democrática que vive de tal prurito. Y esto es así porque la persona culta sabe primero lo que ignora antes de preocuparse por saber si sabe en realidad algo. Para la cultura "democrática" -la cultura de Estado-, por el contrario, el conocimiento no es problema ya que considera que si todo es cultura, hasta la ignorancia puede ser un "saber popular". Pero esto no termina aquí: a este problema se le suma la naturaleza misma de la estructura de poder del Estado. En ella, el burócrata de la cultura debe vivir la ambigüedad propia de su rol: pertenecer a la clase política, clase privilegiada por el propio sistema democrático, e "interpretar" al resto de la población no privilegiada. Incluso hay otro aspecto que está por encima de la capacidad de comprensión del político: los fundamentos del progreso humano, esto es: el crecimiento y el desarrollo aplicados a la vida integral del Hombre. Por eso, el verdaderamente culto huye de la política o, a lo sumo, se queda en los inocentes, por imprácticos, utopismos socialistas. Para el político, en cambio, los cambios son siempre del mismo tipo, serán siempre los mismos cambios. El Hombre que progresa, en cambio, sabe generar cambios en la manera de cambiar: su estructura mental está indefectiblemente ligada al cambio en su propia dimensión como usina de desarrollo global. Por otra parte, cabe considerar que esta capacidad está asociada a la vida en las grandes ciudades. Nunca las ciudades rurales o, menos aún el campo, generaron cambios culturales de profundidad. Estos cambios habrán de nacer, indefectiblemente, en ambientes urbanos de gran ciudad, de perfil cosmopolita. En materia de cultura, Dios atiende en Buenos Aires, en Rosario y en Córdoba y paremos de contar... Y si el precio del progreso humano está en el abismo violento de lo humano que reina en las calles oscuras de la gran ciudad, se trata de otra cuestión. La realidad es que pueblos como Tres Arroyos, son pueblos de campo que no generan Historia sino que viven de tradiciones. Y la tradición no es Historia, es hablar de un pasado pulido sin las asperezas de la verdadera vida histórica. La tradición es una vida anclada en el pasado sin proyección hacia el futuro, sin capacidad de progreso hacia alguna forma de verdad, sin realidad... En otras palabras: cuando desaparece la Historia comienzan los cuentos de hadas que alimentan a las tradiciones. Los pueblos como Tres Arroyos, y como tantos otros, no pueden concebir la plenitud del cambio que presupone la gran cultura. Y si la cultura es cambio, un administrador cultural en una sociedad tradicionalista, necesariamente se las ve en figurillas. Su par en una megápolis no está mejor preparado, pero el Hombre de cultura en un ambiente de gran urbe posee los medios para progresar por fuera del circuito oficial de la cultura preformada de los políticos... área que éstos ni sospechan. Tal la ventaja de las aglomeraciones en las grandes ciudades integradas al mundo: la cultura -una variable de crecimiento económico en cualquier ambiente civilizado actual- crece por fuera y a pesar de los políticos. En pueblos tradicionalistas -sin vecinos nuevos ni ideas nuevas autorizados a existir- a quienes, para colmo, siempre les fue bien en su relación con la naturaleza -por la vía del trigo, la soja o la vaca-, un eventual cambio hacia un sobrecrecimiento en bienes de servicio es una dimensión inconcebible: Si hasta aquí nos fue bien ¿para qué cambiar? ¿Para qué incluir cultura y gente nueva entre nuestras prioridades políticas? ¿Para qué complicar la cosa y correr el riesgo de que la tradición se transforme en Historia, con toda la realidad que ello implica?... Así, viendo a ciertos políticos tradicionalistas de pueblo, nos viene a mientes la frase de Goebbels: "Cuando oigo hablar de cultura se me va la mano al revólver...". Aberración típica de todo tradicionalismo... como lo fue el purismo histórico y racial nazi. |