Apuntes sobre Política Ambiental
Escrito por Horacio Ramirez   

Las políticas ambientales de los Estados los definen en su prospectiva global, esto es: hasta dónde están dispuestos a llegar, en lo social y cultural, sus habitantes y sus dirigentes. En ambos casos, la política es la que debe decidir, no tanto el camino como la ética en la que se quiere basar, lo que sí definirá el camino.

Las políticas ambientales -como las culturales y las de asistencia social- visten bien cualquier administración. Suelen ser recibidas por la comunidad sin objeción alguna y dan material para el discurso más optimista, y esto es así porque lo social, lo cultural y lo ambiental constituyen un encuadre conceptual de escasa contaminación pedestre. Se trata de senderos de luz racional que brillan por sí mismos: hay poco que discutir y mucho para crear. Es un marco de apertura en la visión política donde lo que hace falta es imaginación y cierta delicadeza de espíritu, antes que fuerza y poder.

Pero está el otro lado: la realidad menor, la urgente, la oscura. Este aspecto del mundo es innegable, pero sólo se trata de eso, de un aspecto. Los aspectos no son cosas, son espectros, expresiones de un ángulo de visión y de la perspectiva ética elegida a partir de la cual se abrirán los caminos, los cuales son, a su vez, otros aspectos de la realidad. Pero si la realidad se convierte en problema para el político, el político se convierte en un problema para la sociedad. Así, el método que aplica el político es el de la mera especulación estocástica: simple ensayo y error, y esto estará bien para los sistemas naturales, pero para el ser humano no es más que una ausencia de prospectiva. En efecto; lo que nos diferencia de los sistemas naturales es la visión a futuro: sean la fe religiosa o un proyecto político, el futuro nos hace diseñadores de modelos nunca antes experimentados desde los cuales planeamos nuestro accionar. Pero sin prospectiva sólo se puede esperar ser sorprendido por los datos de la realidad. Cuando en un discurso, en una administración, hay sistema, en cambio, hay visión de conjunto y, por ende, esperanza en la administración, proyectos de vida cívica, apertura al ciudadano común y no el aprensivo encierro en la técnica y la burocracia administrativa que nace del miedo a una realidad que no se comprende. Por eso es que decimos que la política ambiental es una tarea de plena apertura social, porque se basa en la comprensión del conjunto: mientras el administrador no se entienda en lo que administra, negando la realidad no burocrática que lo rodea, seguirá fuera de foco. Hablando como Jan Tinbergen, se puede decir que la Humanidad tiene hoy un solo futuro en común o no tendrá ninguno. Al mismo tiempo, hoy la ciencia vive esta profunda contradicción casi como una esquizofrenia mundial: ha causado todos los severos problemas ambientales que nos espantan y es a la primera que se consulta para tratar de frenar lo que ella misma ha desencadenado. Es necesario, ante todo, reconocer que el conocimiento no basta. De hecho, el conocimiento nunca basta. Pero como desde la misma ciencia, siempre se ha creído en el conocimiento técnico, el resultado es una mortal pérdida de tiempo. Y en este Maelstrom de profunda contradicción lógica que vive el mundo de la ciencia, naufraga el endeble barquichuelo del funcionario ambiental. Sabe -lo sabe la Humanidad- que su lucha por bienintencionada que sea, es estéril; que no hay futuro ambiental viable si se niega a la visión sistémica. Y si no quiere negarla, simplemente debe renunciar a ser burócrata. Los Estados, atrapados en el cautiverio babilónico de la civilización industrial e informacional -las segundas y terceras “olas” de Toffler-, no pueden romper lanzas contra aquello que son: entidades comerciales. El interés económico siempre irá por fuera del interés ecológico. No existe conciliación posible, y la razón es de orden lógico -como toda razón-: la comprensión del ambiente, la ecología, es más abstracta que su administración, la economía, lo que los hace pertenecer a universos distintos. El burócrata se debe a la perpetuación del esquema que lo nutre. Y donde el Hombre de Estado ve repetición, el Hombre de Ciencia ve degradación. Nótese que en ninguno de los dos casos la visión es optimista… después de todo, el ecólogo es formado por el mismo Estado que luego lo comercializa. Existe, no obstante, una tercera vía. La monomanía del funcionario público -buscando mantener las estructuras de poder que le pagan el sueldo- o la degradación de la perspectiva técnica -luchando contra irreversibilidad del tiempo, la termodinámica-, mientras todo esto pasa, existe otra forma de entender a la realidad: no padeciéndola, sino creándola.

Tanto el administrador ambiental como su referente técnico, el naturalista profesional, parten de la idea de una realidad preexistente a la que deben acotar, controlar y optimizar; y si se insiste en competir contra la realidad en vez de acompañarla, todo siempre termina en lo mismo: en que la realidad les gana y en que ninguna política ambiental pueda funcionar. La tercera perspectiva, más allá del burócrata ambiental y de su “degradador” profesional, el técnico, más allá de ellos, está la versión del Hombre que piensa y siente libre de preconceptos; del que hace suyo el libreto del mundo; del que no tiene miedo de hablar, de pensar o sentir so amenaza de quedarse sin sueldo ya sea en el despacho o en el laboratorio. De aquel que, en síntesis, no vendió su inteligencia a la tiranía del escritorio.

Pero la responsabilidad nunca es del funcionario ambiental, del gobierno que le paga el salario o de los Estados en sí. La causa de nuestro desastre ambiental nos supera, es contextual y es, por lo tanto, una cuestión de educación. El fárrago de terminología ecológica que bombardea a nuestros educandos no hace más que promover los errores denunciados. Es que el inútil interés del Estado en adoctrinar a nuestros niños y jóvenes respecto de leyes, disposiciones y consejos ambientales que el propio Estado no cumple jamás, es quizás la última de las responsabilidades, la madre de todo el cinismo que anida en este nudo de perversión. ¿Qué salida nos queda? Ser cada vez más y mejores seres humanos. Ser artífices, creadores, de nuestra realidad y no meros administradores o “loros” técnicos de un mundo enajenado que sufrimos en nuestra propia ceguera ambiental y estética. La palabra Mundo quiere decir “bello”, mientras que Naturaleza es “la que hace nacer”. Un Mundo Natural será, entonces, aquel que haga nacer la belleza, y sólo la Libertad de espíritu será la que nos haga partícipes indispensables de tal creación.