| Acerca del mito de Sísifo… |
| Escrito por Horacio Ramirez |
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Si te preocupa el sentido de la vida, te digo que la vida tiene sentido. Tiene que tenerlo, ya que de lo contrario no se daría la vida en sí… ni te preocuparía siquiera el tema. Lo que pasa es que entender “el sentido de la vida” nos exige cuestiones lógicas previas. Por empezar -y con esto tendríamos bastante-, el sentido de la vida incluye la pregunta sobre el sentido. Ahí lo que entra en cuestión es que es el Hombre el que necesita del “sentido”. La simple existencia de la vida es su propio sentido, y lo mismo ocurre con el resto del Universo: sólo con existir ya está el sentido. Esa es la Justicia de Heráclito, por ejemplo (“Dios siempre es justo”, dice uno de sus fragmentos: lo absoluto no puede ser injusto). Pero como el Hombre no cierra el círculo, ya que lo abre en el ‘yo’, necesita clausurarlo de alguna manera y por eso -sólo por eso- es que tiene sentido para él el necesitar de “sentidos” para las cosas, incluyendo su propia vida. Necesitamos ver que la vida cierre, en otras palabras, ya que nuestro ‘yo’ no lo hace. Parte de la perspectiva se resuelve desde la ecología. Ningún ser, vivo o no, necesita de perspectivas: está en el todo y no hay perspectiva posible. Una gallina es todo el Universo. Esa condición le impide reconocerse como tal, pero esto es porque todo el Universo es la gallina en cuestión. Sin embargo, con el ser Humano la cosa cambia: al haber un ‘yo’ aparece la perspectiva, la toma de distancia que genera no sólo el mito de la cosa, del adentro, del afuera, del conocimiento, y todos los etcéteras que estén relacionados. El mito del yo -esa historia llamada ‘yo’- nace por esta perspectiva falsa, pero necesaria para ser lo que el ser Humano es… Una mentira muy práctica: por eso crecemos a todo trapo, pero en tanto que mentira, ecológicamente inviable. La condición humana es inviable. La mentira de su existencia es la que reclama el sentido de la existencia. Nuestra propia locura -la de creernos ‘yo’, diría Lacán-, es la que arrastra a los sistemas a ajustarse a favor de sí mismos -de sus propias existencias- y en contra de la nuestra… ya que “nuestra” existencia es pura ficción: la ficción de la autorreferencia. Pero resulta que está el amor... Existiendo el amor pasan cosas nuevas. El amor lo mejora todo; va en contra del 2º Principio de la Termodinámica; es la tercera forma de concebir el tiempo: como degradación, como repetición y, según el físico Ilia Prigogine, como construcción. Quien estuvo o está enamorado; quien quiere a su perro; a un hijo o a lo que sea, mejora todo el Universo. Claro que el amor no está fuera de la Naturaleza: ella misma es todo amor (el final de la Comedia del Dante: “el amor que al sol mueve y las estrellas.”). La cuestión clave es que al existir el ‘yo’, existe la conciencia del amor. Si bien no podemos obedecer la orden ‘ame’ -porque el amor le pertenece al Universo y no al individuo-, sí podemos ser concientes del amor… Y lo más interesante es que en el acto de amar, lo primero que desaparece es el ‘yo’. Esto lo sabe cualquiera que no esté enfermo de egoísmo y se enamore: todo se vuelve el otro. Uno mejora para el otro: el Universo mejora cuando uno se enamora. El otro: el ser amado: el target: el blanco: el sentido. El amor demuestra que el Universo tiene sentido. Decía Lenín que si uno quiere pasar por inteligente en una reunión, lo único que tiene que hacer es decir que algo que es obvio no existe. El sentido del Universo es algo obvio. Negarlo es pasar por inteligente, cuando lo único que se hace es apelar a principios antropomórficos y únicamente a juicios de valor. Al no saber nada del sentido del Universo, el filósofo se ve obligado a tener que apelar a sus valores, a sus sentimientos para no caer en el mutismo… ¡Y cuánto más saludable sería esto! Recordar al taoísmo: “El que no sabe lo que es el Tao, habla. El que sabe, calla”. Recordar a Sócrates: “Sólo sé que no sé nada”. Recordar a Cristo: “Dejad que los niños vengan a mí”. Niño: infante: in-faris: el que no habla. “Dejad que los silenciosos vengan a mí”. Pero el filósofo occidental -que todavía habla de Sócrates sin entender que su filosofía era oriental, como la de Lao Tsé y la de Cristo-, se siente obligado a hablar y entonces dice tonterías. Pensemos en Sartre: para explicar la ausencia de sentido del Universo debió apelar -como bien observa P.P. Grassé, el biólogo- a la novela y al teatro porque sencillamente no podía argumentar racionalmente. La teoría del Universo absurdo es muy peligrosa. Es el peligro que conlleva todo nihilismo. El sentido que queremos encontrarle a las cosas no garantiza que lo vayamos a encontrar -nunca lo vamos a encontrar porque es nuestra propia existencia-, pero sí garantiza que el Universo lo tiene, porque nuestra búsqueda de sentido no es otra cosa que el amor mismo. El amor es el sentido mismo del Universo… ¿Por qué, si no, Cupido dispara flechas? Porque busca un blanco, un target (Recordar al dios hindú Kama, de donde deriva la figura de Cupido, disparando sus flechas con puntas de flores -algo infinitamente más poético-). Nuestra creencia en las cosas -Ver artículos sobre “Ecología Racional”- nos hace creer que es posible la negación. La negación nace del ‘yo’, de la autoconciencia. El cero -lo decimos una vez más- no es negación, es ausencia… que es algo completamente distinto. Y es diametralmente opuesto, porque el cero indio es el círculo, la víbora que crece hacia lo absoluto devorándose hasta la inexistencia (el Uróvoros). Esa inexistencia absoluta, es la presencia del no estar… Como el Dios judeocristiano, que no está porque está en todo. El pobre rey Sísifo es condenado al desamor, o sea: al sinsentido de un trabajo eterno, como el trabajo del esclavo (la mejor receta para fabricar un esclavo es quitarle futuro a su trabajo ¿Tiene un futuro definido tu trabajo, más allá del tornillo o del formulario que producís?)… ¿Y por qué la condena de Sísifo? Porque mancilló el amor de Zeus. Ese Zeus es un dios de amor: del hindú ‘Daeius’: latín: Deus; griego Theos y Zeus; español: Dios; azteca: Teotl… Del mismo modo, Jove (el Júpiter romano equivalente a Zeus) que se pronuncia ‘iove’ es el mismo que el Jehová o Yaveh (‘iavé’) hebreo. Paradójicamente, entonces, el “descubrir” la trapisonda erótica de Zeus, el mancillar su amor cargó de sinsentido nuestra vida: descubrir el desamor en el que hemos caído no es más que descubrir que nos quedamos sin sentido, sin blanco, sin flechas. Toda filosofía del absurdo, es la filosofía del desamor… Y el desamor nace del yo, porque el yo es la negación del otro, y ahí sí tenemos la negación, no la ausencia (Ausencia: ser en el otro, como un padre está ausente porque está en el hijo o el amante en el ser amado; ausencia es ‘no ser’ por ser en el otro). Ese yo que genera el sinsentido del desamor, es el mundo de las cosas desconectadas. Quien mancilla el amor de Zeus apela a todo para desconectar a todo del todo y se condena al desamor, al sinsentido de la existencia y en su impotencia, proyecta su desamor al Universo. El sinsentido en el Universo genera idiotas. La vida sin trascendencia produce desequilibrados mentales: baste mirar a una persona sin trascendentes en su vida: siempre exagerará algo de su conducta. Y tal desmesura, tal desmadre, lleva al ridículo, a la destrucción. A nuestra finalidad biológica le debemos agregar la finalidad volitiva que nace de la libertad de la conciencia de sí mismo moderada en el amor… Sin esta parte de nuestra existencia, somos menos que las hormigas de un hormiguero: ellas, por lo menos, son una forma en la que se da la totalidad del Universo. Nosotros, sin trascendencia -sin dioses, sin amor, sin sabiduría, sin libertad, sin futuro, sin sentido, sin nuestra naturaleza humana- somos una nada sin control y muy inteligente… Como dice el dicho: nada hay más peligroso que un idiota entusiasta. |