Un tigre enfurecido que hallo sosiego en tierras pampeanas
Escrito por Cintia Irigoyen   
Viernes, 10 de Octubre de 2008 07:33

“Bandidos rurales dificil de atraparles,
jinetes rebeldes por vientos salvajes…
igual que alambrar estrellas en tierra de nadie.
Martina Chapanai, bandolera de San Juan,
Juan Cuello, Juan Moreira, Gato Moro y Brunel,
El Tigre de Quequén, Guayama el Manco Frías,
Barrientos y Velázquez, Cardoso y Cubillas,
Gaucho Gil, José Dolores, Gaucho Lega y Alarcón.
Bandidos populares de leyenda y corazón,
queridos por anarcos, pobres y pupilas de burdel.
Todos fuera de la ley, todos fuera de la ley”.


Bandidos Rurales, León Gieco

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A comienzos del siglo XIX, cuando la pampa era infinita y el indígena su amo y señor, comenzó a forjarse la leyenda de este gaucho que le robaba a los poderosos estancieros para saciar el hambre de los pobres. Temido por sus contemporáneos e imbatible con el facón, el poncho y el rebenque, se lo conocía como el “Tigre del Quequén” por su fiereza y habilidad para evadir a la autoridad. Su vida, en la que se confunden realidad y fantasía, trascendió los límites de espacio y tiempo. Fue inmortalizada por Eduardo Gutiérrez (el autor de Juan Moreira) en “La Patria Argentina”; León Gieco la cantó en “Bandidos rurales”; y Borges, la plasmó en su libro “El Matrero”, publicado en 1969. Nacido en el barrio porteño de Palermo, perseguido tenazmente por la ley, terminó sus días en Toay (La Pampa).

El código rural de la provincia de Buenos Aires transcribe textualmente disposiciones de sometimiento casi feudales para la población nativa. Se condenaba lo que denominaban “vagancia” y se obligaba a los pobladores sin recursos a solicitar autorización a las autoridades, hasta para transitar por la campaña. Aquel paisano que no portara su “libreta de conchabo” era considerado mal entretenido y perseguido tenazmente por la partida. Estas disposiciones adquieren mayor y mejor control sobre los “vagos” al intensificarse la producción agropecuaria en las dilatadas llanuras recién conquistadas al indio.

Testimonios de esa época, aluden a la existencia de cientos de gauchos que son desplazados “por el progreso” a sitios marginales. Obviamente, esos sitios se corresponden, en gran medida, a los recientemente creados territorios nacionales.

Estas “zonas de frontera” por excelencia, a juzgar por las características de su incipiente poblamiento, la carencia casi total de alambrados aún y una tibia presencia policial, unida, a aquella famosa ley de permiso de portación de armas, permitieron, seguramente, la libre expresión del gaucho en su original estado.

El territorio de La Pampa, con semejantes condiciones de libertad, ciertamente ejerció poderosa atracción a todo tipo de aventureros, al bandidaje en general o a personajes de “corte moreiresco”, como el caso de “el Tigre del Quequén” de mentado y tumultuoso pasado de “gaucho malo”.

Las crónicas periodísticas son las encargadas de mostrar a un Pacheco bien diferente del que describen los versos de Hilarión Abacá e incluso llegar a lanzar críticas muy ácidas hacia una novela sobre el gaucho escrita por Eduardo Gutiérrez, en la cual también se habla bien de “El Tigre”. Según la versión periodística de los hechos Felipe Pacheco inició su carrera delictiva a muy temprana edad, siendo las pulperías y boliches de lugares como Balcarce, Lobería, Necochea y Quequén “los escenarios de hechos que habrían de definir sus condiciones de compadrito, cuchillero y al mismo tiempo traicionero, a lo que unía un carácter altanero y provocador”, según relata un artículo del cual no podemos precisar fecha ni origen, aunque evidentemente fue escrito en el siglo XX.

Felipe Pascual Pacheco, tal su nombre completo, fue uno de los célebres paisanos porteños cantados por la incomparable pluma de Eduardo Gutiérrez, escritor, periodista y folletinista metropolitano. Realidad y fantasía se confunden en la vida del personaje de Gutiérrez. Hubo quien creyó que fue tan sólo una invención del folletinero porteño, luego plasmada y popularizada en un libro cuya portada muestra el grabado de un gaucho huyendo de la partida.

Pero lo cierto es que existió. Así lo demuestran los expendientes judiciales consultados de diversos partidos bonaerenses y, últimamente, en el archivo histórico de la ciudad de La Plata. Aunque, tal vez, una gran parte de su leyenda corresponda exclusivamente a la frondosa imaginación de Gutiérrez.

Según el autor de “El tigre del Quequén” un libro de poemas en verso escrito por Hilarión Abaca en el año 1920 y editado por Alfonso Longo en la ciudad de Rosario …Felipe era una de esas/ criaturas desgraciadas/ que nacen predestinadas/ a padecer y llorar...

El comienzo de la vida errante y desordenada de Felipe Pacheco tiene características en común a la de tantos gauchos de la época: un pleito lo llevó a defender su hombría a punta de facón. Este fue el detonante de una serie de desencuentros con la justicia, donde, obviamente, la brutalidad de las autoridades cumplieron importante rol.

Felipe Pascual Pacheco en sus inicios (Versión Abaca)

De los poemas de Abaca se desprende que a Pacheco no se le conocieron padres ni ningún otro familiar y que fue criado por Gregoria Rozas, una mujer de buena posición económica que lo maltrató física y psicológicamente. Ya de muy joven, “El Tigre” se vio involucrado en peleas con otros malevos de la época. Hilarión destaca las que tuvo en defensa personal con “El Tuerto” y con “El Negro de Olivos”, a quienes decidió no matar a pesar de haber tenido todas las posibilidades de hacerlo.

Marcos, el mejor amigo de Pacheco, le sugirió que se fuera de Palermo porque las peleas que había tenido eran motivo suficiente para que lo buscase la policía. Y así lo hizo. “El Tigre” y su amigo partieron rumbo a Chascomús, donde aparentemente trabajaron como domadores de caballos, animales que a Felipe le habían interesado desde muy chico.

Pasado Militar

En aquella ciudad Pacheco se vio rápidamente enredado en problemas relacionado con las carreras de caballos, según Abaca, nunca por su culpa, pero lo cierto es que tuvo algún enfrentamiento violento que derivó en una nueva fuga junto a su inseparable amigo Marcos. En la huida fueron a parar a Ensenada. Allí conoció a Juana, con quien tuvo dos hijos, una mujer y un varón al que llamaron Marcos, probablemente en homenaje al amigo de “El Tigre”.

Felipe y Juana vivieron juntos en una estancia donde éste domaba caballos. En ese período Pacheco y su amigo ingresaron al ejército de Urquiza para combatir contra Rosas. En una de las batallas Marcos calló muerto. Pacheco había sido convocado al ejército de Urquiza por Miguel Martínez de Hoz, quien más tarde sería nombrado Juez de Paz en el Moro y lo llevaría allí como su sargento. El lugar era asolado por ladrones y asesinos de toda clase, a los que “El Tigre”, por orden del Juez de Paz, los detenía o corría del lugar.

Problemas con la Ley

Tiempo después, cuando Martínez de Hoz ya no era Juez de Paz, Felipe Pacheco fue encarcelado en Dolores y posteriormente sentenciado a pena de muerte. Abaca no explicita en su libro las causas que motivaron su detención, solo dice que levantaron cargos contra el, un comisario y dos gauchos.

El día en que iba a ser asesinado, Pacheco logra escaparse y vuelve con su mujer, quien le advierte que la policía también quería matar a sus hijos, cosa que finalmente no sucede, pero que sirve como disparados del deseo de venganza de “El Tigre”. Perseguido por la autoridad, el gaucho atraviesa la ciudad de Buenos Aires en dirección sur hasta dar con el famoso escondite a la orilla del río Quequén Salado.

Otra versión, menos novelesca que la anterior, da cuenta que El Moro era una estancia propiedad de Martínez de Hoz, a la cual “El Tigre” fue a trabajar como premio por su buen servicio durante las batallas contra Rosas. Aparentemente allí tuvo problemas con un capataz llamado Jorge Rodríguez, a quien asesinó, escapando del lugar. También se ha dicho que Felipe Pacheco no enfrentó a los soldados de Rosas formando parte de los bandos de Urquiza, sino que se peleaba con ellos en encuentros casuales en pulperías, tal como los que solía tener con otros malevos.

La versión de Eduardo Gutiérrez

Las crónicas periodísticas son las encargadas de mostrar a un Pacheco bien diferente del que describen los versos de Hilarión Abacá e incluso llegar a lanzar críticas muy ácidas hacia una novela sobre el gaucho escrita por Eduardo Gutiérrez, en la cual también se habla bien de “El Tigre”, según la versión periodística de los hechos Felipe Pacheco inició su carrera delictiva a muy temprana edad, siendo las pulperías y boliches de lugares como Balcarce, Lobería, Necochea y Quequén “los escenarios de hechos que habrían de definir sus condiciones de compadrito, cuchillero y al mismo tiempo traicionero, a lo que unía un carácter altanero y provocador”, según relata un artículo del cual no podemos precisar fecha ni origen, aunque evidentemente fue escrito en el siglo XX.

Este accionar derivó en que las autoridades expulsaran a Pacheco de la zona, tras lo cual no se supo de él por mucho tiempo. No obstante los escasos pobladores de la región temían que en el momento menos esperado “El Tigre” reapareciera para robar o matar.

Su Fama

Felipe Pacheco habría encontrado refugio en margen del río Quequén Salado entre los años 1860 y 1875, en oportunidad de cumplir trabajos como arriero en los campos de José Zubiaurre, en la zona de lo que hoy es partido de Coronel Dorrego.

La fama del delincuente y hombre peligroso que había alcanzado el gaucho era motivo más que suficiente para que se le atribuyeran crímenes que jamás había cometido y esto sirvió para que las autoridades comenzaran a buscarlo con el fin de llevarlo preso. Luis Aldaz, a quien apodaba “el gorra colorada” era un comisario con tanta fama como Pacheco pero, lógicamente, había logrado ese reconocimiento trabajando del lado de los que luchaban contra personas como “El Tigre”.

Fue precisamente Aldaz, el encargado de comandar la patrulla que finalmente detuvo a Pacheco. Los relatos antes citados señalan que “el gorra colorada” sabia que el delincuente se escondía en alguna parte del curso inferior del río Quequén salado, pero no le resultó nada sencillo atraparlo.

Su Detención

El comisario y sus hombres buscaron a Pacheco durante varios días sin lograr resultados, inclusive estuvieron a punto de abandonar el rastreo. En realidad, era imposible que estos uniformados pudieran descubrir el escondite perfecto que “El Tigre” había hallado, a menos, claro está, que fuera él mismo quien los llevase hasta el lugar o que cometiera algún error.

Esto último fue justamente lo que sucedió. Felipe Pacheco tenía un perro, compañero inseparable en aquellas aventuras de vivir en el interior de una cueva “la cueva del tigre”, pero el can no siempre andaba junto a su amo de hecho, una noche se acercó al campamento de los policías que buscaban a Pacheco. Los uniformados temieron que el sabueso les comiera las pocas provisiones que les quedaba tras la larga búsqueda, y por ello fue que decidieron correrlo. Luego de transitar unos cuantos metros, las autoridades vieron como el animal se metía en el interior de un gran agujero junto a la barranca del río.

El tamaño de aquel hueco en la piedra y la presencia de un perro en la zona les hizo suponer que “El Tigre” podría estar oculto en ese lugar. Esa misma noche la patrulla se apostó entorno a la cueva y solo tuvo que esperar al amanecer para que Pacheco saliera del interior, luego de despertarse esa mañana.

 


La fecha exacta de la detención de “El Tigre” Pacheco no está muy clara, aunque podría haber sido en el año 1875. El encarcelamiento fue en Dolores, de donde salió en libertad cinco años después, en 1880.

Version Maria Salvatierra de Solfanelli “Titina”

La tercera versión de la historia es la conocida por la señora Maria Salvatierra de Solfanelli, “Titina” para los conocidos tresarroyenses. Dos tíos abuelos de “Titina”, los que se llamaban Juan y Cipriano Salvatierra, fueron amigos personales de Felipe Pacheco y, según sus dichos, ninguno de los relatos difundidos serían verdaderos.

En su infancia “Titina” escucho cientos de veces la que seria la historia mas verídica sobre quien fue Felipe “El Tigre” Pacheco. Al parecer el famoso “Tigre” no había nacido pobre, sino todo lo contrario, Pacheco venía de una familia de muy buena posición económica, la que estaba vinculada con los mas altos jefes militares de la época. Según la misma versión, el hombre habría matado a un militar por algún problema entre ellos nunca revelado. Tras este hecho, Pacheco no tuvo más opciones que escapar, y habrían sido descendiente del mismísimo Manuel Dorrego quienes lo ayudaron, señalándoles las posibilidades de ocultarse en proximidades de sus campos, en un río en cuyas altas barrancas había cuevas tan grandes como una casa. Pacheco habría dado muerte a un policía que descubrió su escondite; esto derivó en la búsqueda que inicio el comisario Aldaz, el “Gorra Colorada” la que terminó con su captura.

Las Familias de Pacheco

“Tigre del Quequén”, había formado familia con Juana Moreno antes, mucho antes, de sus desgracias. Hacia 1860 se afincó con su familia en el partido de la Lobería. De los hijos que tuvo Pacheco, sólo se conoce el nombre de Justa, Gutiérrez cita repetidamente en su obra y el de Marcos, seguramente su hijo mayor. Nacido en algún lugar de la provincia de Buenos Aires en 1848, al igual que los cinco hijos restantes de los cuales no se tienen datos. Este se afinca en la ciudad de Tres Arroyos hacia 1880. Según el Dr. Funes Deriuel, sus descendientes viven aún en el lugar.

De los años de estadía de Pacheco en el territorio de La Pampa, se ha completado una genealogía de su grupo familiar. En continua sucesión de padres a hijos, hasta nuestros días. Una joven esposa que lo acompañaba, Anacleta Viera, le nacen seis hijos en el aún paraje de Toay, entre los años 1887 y 1894. Son ellos: Valerio, Eleodoro, Modesto, Tomasa, Rufino y Gervasio.

Paso a la Inmortalidad

Pacheco “el malo”, muere en Toay en la madrugada del 30 de noviembre de 1898. Consta en el acto del libro de defunciones que el deceso se produce a causa de “reblandecimiento cerebral”, según el certificado médico del Dr. José Oliver. Horas más tarde de ese mismo día, y también según el archivo del Registro Civil, nacía Agustina, la séptima hija de aquel hombre de 77 años.

Algunos miembros de su familia, pasado el tiempo, se ausentaron de Toay coincidentemente con el gran éxodo poblacional de los “años malos”. Otros, quedaron en la zona y formaron sus familias. Tuvieron hijos y nietos. Perpetuaron en apellidos tradicionales de Toay la sangre de aquel olvidado y singular fundador.

La Cueva del Tigre

Lugar conocido también como “El paso del medano”. Saliendo de Reta hacia Copetonas, encontrarás carteles indicadores que guían el camino. Se puede acceder por tres caminos diferentes, pero el más directo es el que comienza a la altura del cementerio de Copetonas. Luego de unos cuantos kilómetros, deberán descender una pronunciada barranca ( siempre por su derecha) y encontrarán un hermoso lugar, para disfrutar en familia a orillas del Quequén salado. Una vez que decidan emprender el regeso, deberás ascender por la barranca por tu izquierda.

 

Turismo por el Rio Quequen

Desde Oriente, se realizan actividades de trekking por el río Quequén Salado organizado por la cooperativa “Rio Mulpunleufu Ltda.”.

Informes

  • En Tres Arroyos: Bicicleteria CANAGLIA,San Martin 602 | Gimnasio Vital Gym, Colon y 9 de Julio | Aventura Extrema, Colon 411.
  • En Oriente: Cooperativa “Rio Mulpunleufu Ltda.”. Mail: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla . Web: www.rioquequensalado.com.ar. Tel: (02983) 15459573 / 15610311 / 15406023.

Video sobre este hermoso lugar

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Fuentes