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Áreas Naturales Protegidas PDF Imprimir E-mail
Escrito por Horacio Ramírez   
Jueves, 16 de Abril de 2009 07:34

Durante gran parte de la Historia de la Humanidad, los naturalistas pocas veces se preocuparon por la supervivencia de las especies biológicas. La inmensidad de los continentes, muchos inexplorados; la baja densidad de habitantes y el escaso desarrollo tecnológico de la Humanidad en materia de control ambiental y transportes, aseguraban una relativa estabilidad de los ecosistemas junto a la presencia humana.

Tal situación comenzó revertirse a mediados del s. XVIII, con el inicio de la etapa textil de la Revolución Industrial y se agudizo a principios del s. XIX con la explosión tecnológica del mismo proceso civilizatorio, que significó la expansión demográfica; la expansión territorial de las poblaciones; más áreas destinadas a la conformación de agroecosistemas e incremento de la polución ambiental. Todo esto reforzado por la consecuente aceleración diferencial entre las necesidades del Hombre de recursos naturales y el conocimiento ambiental necesario para entender la magnitud del problema que se estaba gestando.

Poco a poco la protección y conservación de la naturaleza comenzó a adquirir importancia, buscándose morigerar los efectos deletéreos de la acción humana sobre el entorno, especialmente en áreas de alta densidad poblacional y muy industrializadas.

Así nació la idea de establecer áreas naturales protegidas y surgió, por primera vez, el concepto de Parque Nacional. Aunque su alcance teórico como tal no era del todo preciso, en 1872 se crea el primer Parque Nacional en Wyoming, el ‘Yellowstone National Park’. El motivo principal de su creación, sin embargo, no era específicamente el de protección sino el de conservación de las bellezas escénicas naturales para el goce espiritual y estético de los visitantes. Fue recién en 1894 que comenzaron los primeros proyectos de conservación de vida silvestre.

n 1916 se estableció en los EE.UU. el primer Servicio de Parques Nacionales, cuya conformación y funcionamiento sirvió de modelo a ulteriores entidades de conservación. El primer país en seguir el ejemplo de los EE.UU. fue Canadá con el Parque Nacional de Banff en 1885. La Argentina, por su parte, fue el tercer país en adoptar el modelo estadounidense: el 6 de noviembre de 1903 el Dr. Francisco Pascasio Moreno, quien años antes había fundado el Museo de La Plata, hace donación al país de tres leguas cuadradas de tierras de su propiedad, parte de las cuales había recibido del Estado como reconocimiento a su labor como perito geógrafo en el litigio con Chile, que mediaba Inglaterra. La donación debía, según pedido de Moreno, ser destinada a la creación de un “Parque Público Natural”, según la denominación de la época, que abarcaba el sudoeste de las provincias de Neuquen y Río Negro y en el área comprendida entre la Laguna de los Cántaros al norte, hasta el Boquete Barros Arana -Paso de las Nubes- al sur, incluyendo el extremo oeste del brazo Blest del lago Nahuel Huapi y el lago Frías. Toda esa área fue un parque nacional luego de que el presidente Julio Argentino Roca, el 1º de febrero de 1904, aceptara la donación con tal fin.
En 1907 fueron reservadas 43 mil hectáreas con este mismo propósito, hasta que en 1922 se crea el Parque Nacional del Sur, ampliando su superficie a 785 mil hectáreas. En  abril de 1924 se constituyó la Comisión Pro Parque Nacional del Sur, que tomó a su cargo la concentración de todos los esfuerzos tendientes a proteger la zona del Parque y activar los trabajos científicos en la zona.

El 9 de octubre de 1934, por ley 12.103, se crea la Dirección de Parques Nacionales -luego Administración de P.N.-, estableciéndose las normas de su funcionamiento y creándose el parque Nacional Nahuel Huapi -ex del Sur- y Parque Iguazú, en Misiones, iniciándose de esa forma el sistema de Parques Nacionales argentinos. La fecha del 6 de noviembre -recordando la donación del perito Moreno-, es el día de los Parques Nacionales.

Los Parques Nacionales constituyen un recurso natural intangible -que no se puede explotar- a perpetuidad, para que las generaciones actuales y futuras puedan gozarlo mediante usos múltiples -recreativos, educativos, científicos- pero sin consumo físico ni de su materia ni de su energía.

No es difícil establecer los principios por los que es sumamente importante conseguir establecer estos lugares de protección absoluta, tanto en países ya desarrollados como en aquellos con el desarrollo tecnológico y económico emergente -caso argentino, por ejemplo- que conlleva inherentes desprolijidades administrativas de sus autoridades por la deficiente preparación educativa de su población. Al mismo tiempo, no es fácil crear estas áreas, debido a la gran concentración de intereses de todo tipo que se suelen concentrar en esas áreas. Por otra parte, ya no quedan áreas sin alteración humana en mayor o menor medida, y es por eso que se vuelve cada vez más imperioso identificar las áreas más inalteradas del planeta para establecer en ellas un Parque Nacional, evitando su desaparición, permitiendo su paulatina restauración de los ecosistemas involucrados y prohibiendo toda instalación o modificación humanas que no sean imprescindibles para su conveniente manejo (torres de vigilancia, cabañas de guardaparques, refugios para científicos, caminos esenciales, etc.).

La propiedad de la tierra en un Parque Nacional, obviamente, debe ser del Estado Nacional lo que lleva muchas veces a expropiaciones que requieren grandes esfuerzos económicos del gobierno. Las autoridades encargadas de crear el Parque deben enfrentar siempre grandes dificultades. Deben obtener una Ley Nacional -es decir: aprobada en el Congreso Nacional- que disponga oficialmente la creación del espacio, lo cual requiere, además, una ardua lucha contra las intrigas políticas, esto es: los intereses políticos que se contaminan -ilegalmente- de intereses particulares.

Una vez conseguida la Ley vienen los problemas de toma de posesión y organización del área reservada; su conveniente demarcación y designación del equipo humano que lo administrará; la construcción de los senderos y caminos y los alojamientos para las autoridades del parque, visitantes, técnicos o turistas. Además de la creación de laboratorios más o menos fijos -por lo menos para las primeras etapas de estudio de cualquier tema relacionado con el área protegida-, estaciones de investigación científica y de manejo propiamente dicho -guardaparques, bomberos, guías baqueanos, etc.- Todos estos elementos son indispensables y requieren mucho esfuerzo, tenacidad y, naturalmente, más dinero. De hecho, hay muchos Parques Nacionales, en la Argentina y en el mundo, que no han  podido pasar de la Ley o Decreto de creación.

Paralelamente, hay que combatir la ignorancia de las personas directa o indirectamente relacionadas con las estructuras contra las cuales se debe crear el parque; ignorancia que lleva a toda forma de irresponsabilidades, nacidas de la simple angurria. Nuestro sistema de Parques Nacionales, prácticamente nunca pudo funcionar a pleno: siempre estuvo sometido marchas y contramarchas, vaivenes políticos y discontinuidades en los recambios de las autoridades. Todo lo conseguido por esfuerzo, tiempo, sinsabores, dinero y energía puede desaparecer -y de hecho ha pasado- de un plumazo por la mano de un político que cedió a sus intereses particulares en contra de sus deberes públicos.

Por otra parte, áreas extensas y valiosas, primitivas en su conformación natural, que llegaron a funcionar como Parques Nacionales, han sufrido una paulatina degradación hasta desaparecer -o quedar sólo como nombres sin contenido- por los intereses políticos desatados sin control de la gente. Tal la importancia que tiene el control directo de las poblaciones involucradas en un Parque Nacional, no sólo en cuanto a su intensidad sino también en cuanto a su duración en el tiempo: las nuevas generaciones deben ser alertadas acerca de los problemas ambientales que los acosan en todo momento, de su responsabilidad en la conservación de estos espacios y del peligro que un  politicastro de tercera línea de la mano de un astuto agente inmobiliario, acabe con todo este capital de la Humanidad.

Los Parques Nacionales y otros espacios equivalentes brindan un servicio irreemplazable a la Humanidad, tanto en materia de valores históricos así como patrióticos, económicos, culturales, estéticos y recreativos.
Su valor histórico y patriótico: porque la creación de un Parque Nacional significa preservar permanentemente uno o varios ecosistemas de los peligros de la degradación, en general irreversible, y que se encadena a todos los esfuerzos mundiales de preservación de la gea, fauna y flora por parte de tanta otra gente en el resto del planeta.

Las áreas naturales representan nuestra herencia primitiva natural. Son muestras del paisaje, de las plantas y animales en gran medida como nuestros antepasados lo encontraron hasta en épocas prehistóricas. Constituye, además, el rasgo más distintivo y auténtico que distingue un lugar de cualquier otro en el mundo: ni más lindo ni mejor, sino diferente y auténtico. Poco a poco la civilización altera hasta la destrucción estos ambientes y lleva a las naciones y sus pueblos a perder aquello que los caracteriza y diferencia.

Su valor científico y económico: la creación de estos espacios permite a la ciencia disponer de un laboratorio a escala natural en un ambiente en su plenitud ecológica y no degradado por el avance del Hombre. Estas poblaciones intangibles de flora y fauna pueden aportar en cualquier momento de insospechadas oportunidades de avance tecnológico en la creación de remedios a enfermedades existentes o futuras -los ecosistemas siempre se encuentran preadaptados a situaciones que nosotros todavía no hemos conocido-, así como funcionar como verdaderos laboratorios genéticos de alta pureza que permitirán contrastarlos con sus pares en áreas degradadas.

Por su valor cultural, estético y recreativo: puesto que en las áreas naturales protegidas, dotadas casi siempre de incomparables bellezas escénicas, el Hombre puede familiarizarse con ambientes naturales de los cuales vive separados la mayor parte de su vida y a partir de los cuales se disparan las actividades espirituales más elevadas del ser humano.

La idea de proteger la Naturaleza requiere más que un simple: “aislar y dejar hacer de la Naturaleza”. Para que un área protegida sea efectiva como tal debe tener en cuenta tres puntos por lo menos:

  1. El hábitat tipo sometido a reserva debe ser lo suficientemente extenso para asegurarse que vaya a continuar siendo autorregulable, esto es: que los mecanismos endógenos de regulación se mantengan en funcionamiento a pesar de su entorno. Los espacios demasiado reducidos, pueden transformarse fácilmente en ‘islas ecológicas’. Un bosque pequeño, por ejemplo, rodeado de agroecosistemas rápidamente irá derivando hacia la pérdida de biodiversidad, dado que las especies animales más grandes pronto irán a ‘molestar’ a los cultivos y serán legalmente exterminados, sin poder tener ni espacio vital ni un adecuado crecimiento poblacional. Estas áreas de poca extensión se vaciarán de sus animales más grandes lo que terminará alterando la comunidad biótica que se quería preservar. Las demás variables bióticas también carecerán de suficiente espacio para que se den los procesos de aislamiento poblacional genético, todo lo cual llevará a una alteración irreversible del conjunto. En teoría, una auténtica reserva funcional al interés ecológico más fundamental no debe ser menor a los 100 mil hectáreas, y su efectividad será mayor cuanto mayor sea su superficie.
  2. El área protegida debe tener un manejo inteligente. Esto implica, ante todo, el aislamiento ecológico efectivo. Cuando un área en reserva es rodeada de campos de intensa actividad agrícola y ganadera, presión demográfica y tecnológica, las poblaciones animales de mayor porte comienzan a buscar refugio en las áreas centrales del Parque. Allí encuentran inicialmente las condiciones ideales de vida -recursos-, y resulta más difícil que los cazadores les den alcance. Esto ayuda a incrementar su reproducción a niveles que alteran las condiciones de las cuales se partió. Esto es lo que ha sucedido en muchos parques africanos: grandes herbívoros perseguidos en las sabanas -por caza y para que no interfieran en los agroecosistemas- buscaron refugio hacia el interior de los parques. Así comenzaron a escasear los nutrientes vegetales de estos grupos hasta el punto de comenzara extinguirse. Muchos pastizales arbolados  que eran bosques y parques fueron dejando lugar a sabanas y éstas a estepas subdesérticas.
  3. Para evitar estos desastres ecológicos, debe tenerse en cuenta un  tercer factor: dotar al área protegida de una amplia zona de amortiguación o zona buffer. Tal zona, en condiciones ideales, debe rodear enteramente al área protegida para que amortigüe todo exceso o defecto ambiental de su entorno. Así, cada factor de perturbación potencial encuentra en el área buffer de un espacio de “absorción”, en el cual el efecto perturbador irá perdiendo capacidad destructiva hasta llegar al parque propiamente dicho donde será manejado por los propios recursos ecológicos de autorregulación sin que el conjunto se vea afectado más allá de su capacidad de autocontrol.

 

Si esta superpoblación amenaza con desatarse, se pueden establecer mecanismos de regulación inmigratoria.

Pero a veces, si la superpoblación ha comenzado, no queda otro remedio que la eliminación de los organismos que causan la perturbación. Esto se puede lograr removiendo los animales problemas hacia áreas de población más reducida, donde serán retenidos y nuevamente controlados. Si esto no es posible, deben ser eliminados por muerte, seleccionando a los más viejos, débiles o enfermos.

En las áreas buffer, además, se pueden realizar actividades de otro tipo: recreativas, turísticas, educativas, que no se opongan a los principios de conservación y teniendo siempre en cuenta que el área intangible seguirá sin visitas de ningún tipo, a no ser que las alteraciones mencionadas requieran la intervención humana para tratar de restablecer las condiciones originarias, además de los procesos de control periódico que el manejo requiera.

De esta manera, una zona protegida debe mantenerse bajo protección y aislamiento absolutos. Sin presión humana que altere las condiciones ecológicas que se quieren mantener intactas. En caso contrario, se debe actuar con un manejo técnico científico del hábitat para llevar al conjunto a un estado ideal.

El manejo de un área natural, del hábitat o de su vida salvaje consiste en la manipulación activa de las comunidades bióticas contra las influencias y modificaciones externas, directas o indirectas, de modo de obtener y sostener una condición de estabilidad ecológica dentro de las poblaciones, así como también del sustrato físico abiótico de acuerdo al plan de protección elaborado para el área.

Pocas áreas de este tipo son lo suficientemente extensas como para constituir áreas ecológicas verdaderamente autorreguladas. Muchas de ellas tienden a evolucionar hacia el tipo de ‘isla ecológica’ siempre sujetas a modificaciones del exterior. Estas influencias pueden ser in o emigraciones de especies vegetales y animales; cambios en los regímenes del fuego o alteraciones de las aguas de superficie y subterránea.

En realidad, no hay necesidad de una modificación activa para mantener buenos ejemplos de comunidades clímax relativamente estables, las cuales, estando bajo protección, pueden perpetuarse por sí solas a perpetuidad (esto es: hasta que las condiciones geológicas, climatológicas o astronómicas así los dispongan). No obstante, la mayoría de estas áreas se encuentran siempre en mayor o menor medida influenciadas por diversos factores que alterarán su estabilidad. En estas unidades sucesionales es necesario manejar el hábitat para estabilizar el estado deseado. Por ejemplo: se requiere provocar incendios controlados para mantener despejadas zonas de sabana africana occidental o mantener a raya a determinadas especies vegetales en las praderas protegidas de EE.UU.

Es esencial también el control de las especies que amenazan constantemente son salirse de los rangos ecológicos preestablecidos en el plan de manejo. Pasa, por ejemplo, en las grandes poblaciones de ungulados que inmigran de las zonas buffer; o por la desaparición de sus depredadores o por alteraciones en sus patrones de migración habitual.

La necesidad de manejo, la factibilidad de los métodos a emplear y la evaluación de los resultados obtenidos estarán siempre basados en estrictos estudios científicos previos y sobre la marcha de los procesos bajo manejo. Esto significa que la evaluación de necesidad de manejo y el manejo en sí deben ser realizados por personal calificado. En ocasiones, hay que redefinir el uso humano que iba a tener el parque cuando fue diseñado originalmente.

Como objetivo primordial se recomienda que sean mantenidas las comunidades bióticas originales de cada área protegida o rehacerlas donde sea necesario, lo más cercano a condiciones estipuladas como de base. Un Parque nacional debe presentar bajo todo punto de vista, el aspecto del ambiente original. De hecho, muchos de nuestros Parques pasaron por períodos de explotación descontrolada, incendios devastadores provocados artificialmente -en forma accidental o intencionada-, pastoreo excesivo de animales de cría -que invaden áreas protegidas con ‘buenos pastos’-, diversas formas de actividades cinegéticas -deportiva o furtiva o depredación-. A estas etapas, y en el afán de recuperarlos, fueros sometidos a aislamientos también artificiales. A todo esto se le suma la introducción inadvertida o intencional de especies animales y vegetales y con ellas sus enfermedades secundarias -enfermedades a partir de su introducción-. También se le suma la falta de control de campamentos, pisoteo, fogones, hoteles, campamentos, camping y todo tipo de obra artificial, muchas veces hechas con la mejor intención pero con total impericia.

Las comunidades bióticas resultantes de nuestras áreas protegidas son obras también artificiales, que representan un complejo ecológico histórico pero no necesariamente coincidente con la vida original del predio en cuestión.

La restauración de las condiciones originales nunca es fácil ni se puede hacer en forma completa nunca. A veces, por ejemplo, algunas especies ya se extinguieron o migraron a lugares que no eran sus sitios originales, presionados por el Hombre. En estos casos, la reintroducción sería un esfuerzo inútil. Lo que en general se puede llegar a conseguir es una comunidad biológica afín a la original, con algunas especies faltantes u otras exóticas que como enfermedades, por ejemplo, son muy difíciles de erradicar.
El objetivo, entonces, de un área de reserva habrá de ser realista: mantenerlo en las condiciones lo más similares posibles a las originales, sabiendo que éstas son imposibles de lograr.

Si uno encuentra áreas con ciertas especies desaparecidas, debe realizar una evaluación ambiental para saber porqué la especie desapareció. En qué medida se debe a factores naturales respecto de las condiciones consideradas originarias, o cuánto hay de participación humana. En tal caso, ver de qué manera se pueden gestionar manejos que recuperen la especie y ver qué se puede hacer con las poblaciones aledañas para que varíen, por ejemplo, sus hábitos de alimentación -que incluyen a la especie afectada-, variantes económicas -en lugar de promover la caza, promover el ecoturismo, etc.-

Es condición también que el manejo se limite a las especies autóctonas, tanto animales como vegetales. La introducción de especies alóctonas debe limitarse lo más posible -aunque siempre ocurre- por más que se tenga intereses estéticos o turísticos.

La alimentación artificial también debe ser debidamente evaluada a la hora de encarar el manejo del área protegida -debe relegarse a las épocas de excesiva escasez de alimentos-. También hay que manejar la llegada de gente a la periferia de los parques: si comienzan a aparecer caminos, rutas, demasiados campings, así como han aparecido -debido al ineficiente control de las autoridades del parque-, recreos, canchas de golf, pistas de esquí, escuelas de motonáutica, organización de carreras de autos, cuatriciclos... todo esto requiere de una estricta recuperación de espacios naturales lo que requiere también firmeza a la hora de ir en contra de los intereses económicos que esperan el menor descuido para ir invadiendo los terrenos intangibles.

Otro aspecto es el estudio científico que se lleve a cabo en las áreas protegidas, lo cual constituye uno de los principales objetivos de su creación. Lo que debe evitarse en el manejo multidisciplimario es que los distintos ángulos de análisis e inducción de estrategias de manejo nunca escapen del control de perspectiva genérica que mantienen los especialistas de Parques Nacionales. Aún los más genéricos y “bienintencionados”, como Greenpeace o Fauna Silvestre, no deben tener ingerencia más allá de lo que la Administración de Parques Nacionales considera que debe ser, para que no se alteren los principios que sirvieron de base a la creación del Parque. En este sentido, también es fundamental que el personal de Parques Nacionales siga capacitándose para casos de futuros manejos y programas de recuperación de fauna y flora. Estos planes de manejo para mantener, recuperar o preparar áreas protegidas exige, además de la permanente preparación de los técnicos y científicos, un exhaustivo estudio histórico ecológico para tener una visión clara de las formas ecológicas presentes en las condiciones primitivas. Luego se debe hacer un relevamiento ecológico integral para recién establecer una hipótesis de manejo.

Un buen manejo de los parques nacionales requiere que las poblaciones de ungulados presentes y otros herbívoros (que son los que aportan los flujos más importantes de materia y energía en el ecosistema con grandes migraciones y remoción de materia vegetal) deban ser mantenidas a niveles adecuados para que el área el pastoreo y ramoneo las pueda soportar sin verse afectada la cubierta vegetal y la superficie del suelo sí como los hábitats de otras especies. Para conseguir esta estabilidad, se puede apelar a estos procedimientos:

  • Depredación natural: el control de los herbívoros por depredación natural debe ser promovido, tanto en el área protegido como en la zona buffer. Pero debe reconocerse que la depredación por sí sola raras veces puede contarse como un factor suficiente de control de herbívoros excedentes, especialmente en el caso de los grandes ungulados.
  • Trampeo y trasplante: el exceso de ungulados puede manejarse por trampeo y trasplante a zonas de repoblación o recría.
  • Cacería de los animales que emigran del Parque: muchos ungulados son migratorios y pueden ser controlados mediante la caza pública fuera de los límites del Parque.
  • Control por matanza selectiva: donde no sean aplicables los métodos de control anteriores, queda la alternativa de la eliminación por muerte en manos de personal capacitado para seleccionar los ejemplares a sacrificar.
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