Buscando reposo
Escrito por Horacio Ramírez   

De lejos, Belén se veía como una ingrata nube de luz, calor y polvo, posada sobre la tierra como si fuera un viajero más en busca de reposo.

Sólo tres o cuatro caminos, flanqueados por unos pocos árboles, se dirigían al seco caserío. Allí, una modesta multitud de pastores y sus mujeres deambulaban por las calles, hablando, discutiendo y gesticulando. Niños descalzos desafiaban al sol implacable e invicto y corrían y gritaban entre soldados, cabras sedientas y viajeros extraviados.

Debían empadronarse -según la costumbre judía que el romano respetaba- en su lugar de origen, de modo que viejos vecinos y hasta parientes, se reencontraban entre abrazos y exclamaciones de bienvenida.

Por uno de aquellos caminos, el que venía del Norte, y montada en su burro, se acercaba María. A pie, levantando el polvo con sus sandalias, José conducía al animal. Venían desde el lejano Nazareth, y atrás dejaban al sombrío valle de Jezreel -junto al monte Tabor-, a Siquem, Betel y Silo. Durmieron brevemente en el desusado fragor de Jerusalén, y por la mañana iniciaron el camino final a la tierra de David, a la Belén de Judea.

A los ojos ansiosos por el descanso, Belén les parecía cercano, pero les esperaba todavía un largo camino. En una granja pidieron algo de agua para aquella joven encinta y su burro, y ya en el pueblo, el inusual gentío sólo sembraba indiferencia. María se sienta a la sombra de una encina junto a una fuente abandonada y se dedicó a esperar a que su marido encontrara albergue para ambos. Un par de jóvenes muchachas, que también buscaban alivio en la sombra, apenas si cambiaron algunas palabras con la desconocida.
José regresó con media hogaza de pan, un trozo de queso de cabra y malas noticias: no había encontrado sitio disponible para pasar la noche. La tarde avanzaba y la preñez de María estaba llegando a su fin. Algo repuestos, ella insistió en acompañarlo, a pesar de saber que pronto comenzaría a sentir los dolores del parto.

No sería la primera noche que la pareja pasaría a la intemperie. A ella le gustaba usar como almohada los pañales que Ana, su madre, le había preparado, presintiendo lo que iba a ocurrir. Pero parir a la intemperie, con el frío que desprendía el desierto cercano cuando el sol se iba, podía ser peligroso para un bebé recién nacido.

Ya caminaban por los arrabales de la noche, cuando la luz dorada de un pequeño mesón que no habían visitado se convertiría en su última oportunidad. José abrió con timidez la puerta y miró al tibio interior del lugar. Un denso olor a humo de lámparas lo recibió en medio de una mezcla de voces airadas: la respuesta era la misma para todos: no había sitio en el mesón para nadie más. Podían comprar algo de comida si quisieran, y hasta llevarse prestada una lámpara, pero no se podía ofrecer nada más.

Entonces José miró a su alrededor: reclamaban un lugar a un mesonero que ni siquiera levantaba la vista y los miraba a los ojos. Hasta su único argumento de fuerza -el alumbramiento cercano de su mujer- se topó con la imagen de dos mujeres más, también embarazadas, cuyos maridos buscaban albergue y compasión.

Entre los forcejeos y las protestas, el débil y resignado pedido de José ni siquiera había llegado a oídos del árido mesonero...

Salió del lugar con las manos vacías y sin levantar la vista. Y tuvo aún que dejarles el paso a dos soldados romanos, para evitar tener problemas.

Del otro lado de la calle, su mujer y el burro esperaban mansamente lo que parecía inevitable. Él debería confesar que ni fuerzas tuvo para hacerse oír...

La dulce mirada de ambos contrastaba con el gesto áspero de José…

Y aquí hubiéramos podido terminar nuestra historia. De hecho, nunca sabremos si el mismo ángel que hablaría esa noche con los pastores, a la luz de una estrella misteriosa, sería uno de los tantos que buscaban descanso en el mesón. Sólo sabemos que desde su lugar junto al burro, del otro lado de la calle, una María sonriente le hizo un gesto a su marido con la mano para que se detenga, y alzando la voz, exclamó: -José… José… el mesonero… el mesonero parece que te está llamando…