Sexo
Escrito por Horacio Ramírez   

Muchas preguntas en biología se reducen a cuestionarse el porqué de determinadas "decisiones" de la vida en cierta dirección y no en otra. La respuesta consistirá en encontrar las ventajas que tal decisión aporta. Así, por ejemplo, podemos preguntarnos por qué la materia viva "optó" por la estrategia de las unidades discontinuas pudiendo muy bien decidirse por manifestarse como un enorme protoplasma indiferenciado que, cubriendo la superficie de la Tierra, se dedique nada más que a vivir, sin tanta historia. Se puede argumentar a favor de esta "decisión" que la separación de la vida en unidades le permite a los sistemas vivos aumentar significativamente la información que obtienen de su relación con el entorno: un águila en las alturas y un ratón en su cueva le generan al ecosistema más información que la que produciría un protoplasma único con una única visión del entorno. La misma pregunta se puede hacer acerca del sexo: ¿por qué la vida "eligió" distinguir dos sexos, cuando muy bien podía haberse dedicado a procrear el ADN por vía de, pongamos por caso, la simple brotación? La respuesta es análoga: lo hace porque al segregar el ADN en dos mitades y reunirlas en el todo de la fecundación, le aporta más información que si simplemente se dedicara a repetir el ADN una y otra vez en cada brote. Por eso es que la vida agregó a la división en unidades discontinuas la división en dos sexos: porque obtiene más y más información.

Éste sería un buen argumento para los que apoyan la idea del matrimonio heterosexual contra la posibilidad -ahora convertida en ley- de su versión homosexual: hay más información en el sistema familia con un papá y una mamá que con dos papás o dos mamás. Y esto sería verdaderamente determinante si lo sexual se redujera "al sexo" de los contrayentes. Con esto queremos decir que en esta discusión acerca del matrimonio homosexual, lo que se confunde es la sexualidad con la genitalidad. Desde el punto de vista genital la cosa no presenta muchas alternativas: o se es varón o se es nena; pero desde la óptica sexual uno no puede saber si el que tiene pene va a ser efectivamente "macho" y la que tiene vulva va a ser efectivamente una "hembra". El casamiento o el simple deseo de vivir juntos, en todas las culturas, pertenece a la esfera de la sexualidad del Hombre, y no exclusivamente a su genitalidad, y la sexualidad puede coincidir o no con la genitalidad: esa es una cuestión importante del debate. Dicho en otra forma: genitalidad y sexualidad son dos caras de la misma moneda, pero la sexualidad es la moneda.

Por otra parte, tratar de encontrar pros y contras a la familia homosexual por la vía de la argumentación científica acerca de los efectos sobre los hijos, olvida otra cuestión más abarcativa aún: la unión entre dos personas para compartir la vida social desde un hogar hacia el mundo puede prescindir de la genitalidad y aun de la sexualidad misma, y limitarse a vivir juntos simplemente por amor. En efecto: con el amor llegamos a la etapa más abstracta del problema, y los efectos y causas del amor no deben ni pueden ser motivo de indagación científica alguna ni de debate en los estrados de la Justicia.

No obstante, no todo es "amor libre": existe el continente moral de todo esto. Y el gran referente moral en esta parte del mundo es, más tarde o más temprano, nuestra relación con una idea de Dios. Y así, ateos, cristianos, musulmanes o judíos, todos deben ajustar su conducta a los mandatos morales a los que adscriben. De modo que frente al perfil moral del problema -propio de cada visión religiosa y no imponible a las demás- y ante la posibilidad cierta del amor como valor supremo, es perfectamente lícito que los homosexuales se casen y tengan plenitud de derechos respecto de los matrimonios heterosexuales. Y es también lícito el orgullo que debemos sentir, como argentinos, de que la clase política de nuestro país haya dado un gran ejemplo al mundo de libertad de pensamiento, más allá de la triste gazmoñería infantil a la que nos tiene acostumbrados.