| Cuando el Circo hace agua |
| Escrito por Horacio Ramírez |
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Nacido con el Hombre, el juego es un sistema metafórico de relaciones por medio del cual las sociedades zanjan diferencias sin necesidad de acceder al plano físico. Tal el sentido de los Juegos Sagrados -Olímpicos- entre los griegos, por ejemplo, donde la gente dejaba de matarse por un tiempo para ponerse a jugar. En tiempos modernos, el juego -en tanto que necesidad biológica- sigue operando plenamente con el mismo sentido metafórico: reemplazar a la realidad "en serio". Esto no significa, obviamente, que el juego no sea algo serio. De hecho, los principios agresivos canalizados por el juego siguen siendo los mismos, pero el mecanismo metafórico disipa la energía de un garrotazo en la cabeza, usando caminos menos destructivos, dejando a la energía muscular disponible para, pongamos por caso, conseguir comida o reproducirse. Esta particularidad del juego muda desde el juego activo al pasivo. En el pasivo aparece el jugador espectador que es el que ve cómo otros juegan. Desde su asiento se excita, se irrita o se deprime según cómo vaya el partido. Ahora bien: la multitud que asiste a un partido -y juega a que juega- moviliza un poder social muy importante que no puede ser desaprovechado por los que viven de estadísticas como el voto. Y así, es el actor político el que cosecha el ahorro de energía del juego. Sabe que el que ayer gritaba en una manifestación o protestaba en una reunión cualquiera, está disipando su bronca protestando contra un referí y le da un poco de aire para seguir operando. Por esto mismo es que todos los gobiernos han aprovechado los juegos. Lo han hecho los babilonios, los egipcios, los griegos y los romanos ¿cómo no lo iba a hacer Hitler con las Olimpíadas de Berlín o Videla en el Mundial del '78? Claro está que cuando el Circo comienza a hacer agua, cuando el juego se acaba antes de tiempo, los gobiernos deben estar preparados para que sus gobernados vayan volviendo paulatinamente a la realidad "seria". Si el jugador de tribuna gana el juego, el político dispone de un caldo de euforia y optimismo que sigue disipando "energías de acción directa" por mucho tiempo. Esto le pasó, precisamente a Videla, sin embargo, no es ocioso preguntarse cuántos argentinos menos hubieran sido desaparecidos, torturados y asesinados si el tiro de los holandeses, que ya había superado a Fillol, no pegaba en el poste y entraba al arco. No sabemos cómo hubiera sido todo si perdíamos, pero es una hipótesis contrafáctica que debemos considerar. Ni los problemas argentinos ni los de nadie se disuelven o resuelven por un resultado, pero el psiquismo del juego hace olvidar esa esfera de pertenencia y nos deja orbitando por cualquier lado. Y entonces, si los muchachos deben volverse de Sudáfrica antes de la cuenta, hay que movilizar la maquinaria del Plan B del gobierno: retener a Maradona como grosero pelele del kirchnerismo y sacarse la foto al lado de nuestros héroes de mentiritas. La consigna es prolongar la mística y conseguir que el juego del juego se siga jugando. Significa que toda la mafia deportiva y política de los "Barras Bravas" -verdadera fuerza de choque encabezada desde las sombras por algún viejo funcionario futbolero- podrá seguir operando en el ámbito local sin mayores contratiempos. Prolongar la mística significará seguir con el circo del 'Fútbol para Todos', cueste lo que costare, o conseguir entusiastas hinchas pagos para saludar a la selección que volvía derrotada... Quizás hubiera sido mejor que no clasificáramos; quizás no fue tan malo que perdiéramos con Alemania. Quizás sea hora de que escuchemos la voz de la vieja que nos pide que dejemos de jugar; que entendamos que en este potrero que es la Argentina ya es de noche, que hace frío y que la pelota ya casi ni se ve... |