La muerte del símbolo
Escrito por Horacio Ramírez   

Cuando afirmamos algo, orientamos una negación correspondiente hacia determinados sectores de nuestra inteligencia. Como observaba muy bien Miguel de Unamuno, tras la secuencia : teología, metafísica, positivismo, el positivismo es otra manera de negar y en esta negación encontramos afirmado nuevamente y de otra manera a una idea de Dios -de la que Occidente es incapaz de desligarse-. De modo que en el positivismo cambiamos de objeto de nuestra negación y volvemos al mismo Dios de la teología medieval. La metafísica ha sido el nexo permanente entre amabas formas de negación.

¿Qué negamos en cada período de la Historia? Es difícil decirlo, precisamente porque constituye una negación en nuestro esquema de realidad, una pérdida de vista que nace de no poder ver porque ya es una negación en el esquema que nos hace ver.

Cuando Fulcanelli decía que para el Iluminismo la Edad Media era la Edad Oscura, decía que lo era porque el Iluminismo estaba encandilado por la luz de la Diosa Razón y que, por lo tanto, era incapaz de ver la totalidad de la Luz, la verdadera Luz: para la Razón, la Luz de la Verdad es Tiniebla.

Veamos los mismo desde otra perspectiva.

Cuando Descartes asume, en el comienzo del mercantilismo occidental, la postura de la Duda Metódica, lo que hace es dejar fuera de dudas al 'yo'. En efecto: la conciencia de sí era, para el Maestro Cartesio, un elemental irreducible que él conocía "sin dudas": el yo era la primera certeza, el primer conocimiento verdadero.

No fue difícil poner en dudas, con distinta fortuna, tal afirmación.

Bertrand Russell, por ejemplo, aducía que el "cogito" cartesiano podía ser tomado como una certeza, pero que la conclusión "ergo sum" era ya confiar en la memoria. Nietzsche hundió más el bisturí: ¿contra qué contrastamos que pensamos? ¿Quién puede asegurar que "ego cogito", que yo pienso? La soledad del fenómeno nos impide el principio de la contrastación con "lo que no es el cogito" y no podemos afirmarlo.

No obstante, la manera más profunda de rebatir el "Ego cogito" de Descartes ya existía mucho antes de Descartes y le pertenece a Sócrates, el último representante de la filosofía poética. Su método iba más atrás de la duda como método: cuando afirmó que "Sólo sé que no sé nada" estableció el principio de la Ignorancia Metódica. No quedaba espacio ni para el propio "Ego" cartesiano. En otras palabras: el "Ego cogito" necesitaba poner en primera instancia al yo. Esta premisa implicaba las bases del moderno capitalismo: la filosofía del tener por sobre la de ser. Un yo no puede ser: sólo puede tener, o, en otros términos: es en la medida en que adhiere los seres de otras cosas. Ese yo fenoménico, fantasmático, insustancial sobre el que basa el Hombre su necesidad de existencia, es su absoluta carencia, que trata de compensar con la posesión: es la "locura" que denuncia Lacan, cuando el chico ve su imagen en el espejo y dice, señalándola: "ese soy yo". Es ahí donde comienza la alineación del Hombre occidental moderno, cuya indubitabilidad y control de una forma de Verdad, nace de la ilusión del yo cartesiano. El yo se ha hecho un núcleo vacío, el carozo seco de nuestra existencia.

Pero desde la postura socrática, todo es posible: hasta un yo con sustancia como núcleo desde donde todo comienza a ganar en existencia. El yo socrático es una divinidad potencial: la ignorancia como método del pensamiento se niega al conocimiento y abre las puertas a la Sabiduría.

El conocimiento, por lo dicho, pasa a ser la ceniza que nos aísla de las ascuas del saber. La luz de la razón es fría y por eso necesita del calor de la pasión para alcanzar la plenitud de lo Humano... y por eso los rayos que parten del sol de nuestra bandera, alternan los haces rectos -lumínicos- y los ondulados -o caloríficos-. Para saber hay que aprender a leer los símbolos.

Administrar la Ignorancia

Occidente maneja con maravillosa efectividad el conocimiento, logrando, a través de la tecnología, emular la Verdad del saber. En efecto: la repetición -la predictibilidad- de la tecnología parece permitirnos un acercamiento a la verdad por la vía del empobrecimiento de la experiencia. Así: la repetición en los resultados del artilugio técnico aumenta nuestra capacidad de predecir el futuro y nos induce a creer que tal empobrecimiento de variables posibles es riqueza. La tal riqueza nace, obviamente, de una disminución en las aspiraciones: si esperamos saber poco, conocer cualquier tontería -como puede ser una computadora- nos parece haber adquirido una riqueza en conocimientos sin igual.
Por otra parte, junto a esta pobreza estructural que plantea el conocimiento bajo la faramalla tecnológica, tenemos un aspecto social y político, es decir: ideológico, que acentúa este modelo de empobrecimiento cognitivo (empobrecimiento en nuestra manera de crear realidad). Nos referimos al modelo de "democratización" del conocimiento.
Según dijimos, el saber puede hacer dioses y, según suponemos, los dioses no son muy afectos a compartir sus privilegios. Au contraire: el conocimiento debe ser políticamente administrado, esto es: el conocimiento debe incluirse en alguna forma de poder político. El conocimiento construye saberes de control y adquisición de bienes que vienen a darle existencia al vacío existencial de un yo inexistente, fenoménico: de ese fantasma que deambula solitario por el castillo vacío de su propia realidad... a sabiendas de que la Muerte le dice cabalmente que no es dueño de nada, ni siquiera de su propia vida. Esta gran falacia existencial es el positivismo, el iluminismo que denunciáramos más arriba para quien el verdadero saber es oscuridad y que tan bien se lleva de la mano del liberalismo capitalista o del estatismo socialista: para ambos, la administración del conocimiento genera estructuras de poder donde los más vacíos -los más poderosos- pueden quedarse con más armaduras lustrosas y muertas adornando las paredes de sus castillos, a las que llamará "saberes".

Este empobrecimiento sobre el empobrecimiento marca el sino del mundo regido por el conocimiento cartesiano, basado en el yo. Para ese yo, todo lo que caiga fuera del haz de luz del Iluminismo Positivista queda sumido en el oscurantismo, en la tiniebla de la ignorancia. Pero, según leíamos en Sócrates, la ignorancia podía ser un valor positivo, entonces podemos preguntarnos ¿en qué consiste la ignorancia socrática? o ¿cómo la ignorancia puede ser tomado como un valor positivo?

Recordemos a Le Rochefoucauld: para él existían tres clases de ignorancias.

  • No saber. Esto, evidentemente, se soluciona aprendiendo. Aquí la ignorancia tiene el valor positivo de estimular el estudio. Es una "ignorancia natural"
  • No saber lo que debería saberse: Es una forma más perversa de la ignorancia. Y por último:
  • Saber lo que no debería saberse: ésta es la forma más peligrosa de la ignorancia, la que nace del creer que se sabe cuando se trata de reemplazar la calidad del saber por la cantidad de "saberes". Así, la componente ideológica del conocimiento hace que éste carezca de límites naturales y que responda a la variable biológicamente inviable del "cuanto más mejor" o variables llamadas "monótonas" -como el dinero o el poder- contra las que G. Bateson llamó "variables no monótonas" o biológicamente viables -como, la luz, el oxígeno, el agua, etc.-

Saber lo que no debe saberse es tratar de reemplazar un problema de calidad por medio de la cantidad. De nuevo bajamos las expectativas, no aspiramos a un mejoramiento cualitativo sino a rebajar el esfuerzo por tener más conocimientos, convirtiendo al conocimiento en un bien mercable que administrarán las grandes corporaciones públicas o privadas y con ellas los gobiernos (de izquierda o de derecha).

Administrar el conocimiento, entonces, es una manera de ejercer el control de los seres humanos. Toda civilización es un complot, y tal complot se traduce en la alineación inducida por los gobiernos y los poderes tecnológicos transnacionales en la vitalidad cognitiva, en la capacidad de crear realidad -de ser libre- de las personas. Un  chico o un adulto pegado a la computadora, celular o I-Pod para ver "mensajitos" o fotos, es la gran señal de la precarización progresiva en la formación intelectual del individuo. Administrar el conocimiento lleva a creer en una realidad ligada a una idea de verdad sustentada por la tecnología. Dicho de otra manera: si la verdad en ciencia es derrota del tiempo por medio de la predictibilidad -toda ley científica es una postulación temporal que vence al tiempo prediciendo qué pasará bajo determinadas condiciones iniciales-, si la verdad en ciencia es eso, la tecnología, haciendo que un aparato haga siempre lo mismo, se vuelve una parodia de una ley científica: una licuadora y la Ley de la Gravedad se equiparan.

La ciencia y la tecnología trabajan en estos dos niveles de la ignorancia: no dejándonos saber  lo que deberíamos saber y acercándonos a un saber que deberíamos ignorar... ignorancias que se promueven a sí mismas.

Esto nos tiene que llevar a que no sólo deberíamos aprender a aprender sino que también deberíamos aprender a ignorar. Como no se nos enseña a ninguna de estas dos actividades sino que se nos induce a creer que todos tenemos el mismo derecho y la misma capacidad de saber absolutamente todo, y como el todo es incognoscible resulta que todo saber es siempre a medias, esto es: conocimiento sin sistema, conocimiento sin orden. Poder sin Autoridad.

Los valores del símbolo

Uno de los símbolos más utilizados en la Historia de la Humanidad es del laberinto. Pensemos en el laberinto más famoso, el de Creta. Diseñado y construido por el arquitecto Dédalos, éste guardaba en su centro un monstruo: Asterión,  el Minotauro, hijo abominable del sexo bestial entre Pasifae y un toro... el mismo toro que Poseidón había pedido en sacrificio y que Minos -el esposo de Pasifae- se había negado a sacrificar. Recordemos primero que desafiar la voluntad de los dioses tiene sus consecuencias, esto es: que trabajar sin sistema es autodestructivo y que el sistema lo aplica siempre la divinidad y que por lo tanto es infalible, perfecto, etc.
El símbolo de Dédalos es más complejo. Recordemos que Dédalos hizo el laberinto para ocultar en él la bestialidad humana -simbolizada por el toro, la constelación por donde salía el sol en el equinoccio de primavera en el H. Norte, antes de que empezara a salir en Aries y luego, como hoy, en Piscis-. Pero Dédalos también hizo al toro de bronce donde Pasifae se ocultó para sodomizarse por el toro. De modo que Dédalos simboliza a inteligencia humana; capaz de estructurarse y mantener oculta a la bestia o, directamente, expresarse bestialmente. En ambos casos, la bestialidad del Hombre permanece latente. Pero hay más: Minos lo encierra junto a su hijo en el laberinto para que sea devorado por Asterión. Es allí donde Dédalos inventa un sistema de alas artificiales para escapar. Ícaro, su hijo, se entusiasma y quiere volar muy alto. Apolo se enoja con el muchacho y derrite la cera que mantenía unidas las alas. La cera era de abejas: el resultado del trabajo mancomunado de una hermandad, de una cofradía. Pero ese trabajo no debe crecer más alto que lo que marca la verdadera altura del conocimiento humano. Excederse es ponerse a disposición de la ira de los dioses, esto es: saber más de lo que debemos saber. Recordemos lo que pasó en la Torre de Babel, recordemos el bestialismo del becerro de oro mientras Moisés adquiría el verdadero conocimiento o la pirámide trunca masónica, presente en el billete de un dólar, cuyo extremo pertenece al dios y no al hombre. Por último, pensemos en Teseo: su amor por Ariadna -hija de Pasifae y Minos- le permite destruir al monstruo (que devoraba víctimas propiciatorias) mediante el recurso de un hilo tendido entre Ariadna a la salida y Teseo peleando con  Asterión. Si reparamos en que Ariadna dio origen a la palabra araña, veremos el sentido anfibológico de trampa liberadora que tiene el símbolo del hilo y la telaraña como mandala, como laberinto. Ser atrapados en el amor, en la alteridad del amor al prójimo, nos libera y destruye el monstruo de nuestra bestialidad. Tal el sentido de expresiones como "ser libres, esclavos en Cristo" y análogas en otras tradiciones.

Todo este conocimiento simbólico es, precisamente, un saber que, debidamente entendido, nos permite la liberación del conocimiento sin sistema, aquel sistema que derretirá nuestra cera y que provocará nuestra caída si no nos movemos en él siguiendo sus reglas y cuyas reglas, precisamente, se resumen en el amor.

Pero todo este conocimiento simbólico no es poesía, y aunque la poesía podría ayudar a interpretar el símbolo e, incluso, a representarlo, debemos recordar que el símbolo es importante porque constituye también una realidad que incluye al arte. Tanto aquella realidad que coincide con nuestra experiencia ordinaria como esa realidad extraordinaria que está insinuada en los símbolos y preformada en el arte y en la religiosidad, toda aquella realidad ha sido parida a la oscuridad.

El término 'educar' significa 'dar a luz' y debemos entender qué significa ese significado.

Ser parido es ser partido de una integridad y lanzado a un mundo separado de la totalidad. Tal el sentido del 'yo'. Tal el sentido del pan partido en la Santa Cena. Somos, luego de la parición, dos y nuestra misión es poder conocer el uno. No lo conocíamos porque no se había formado el yo, pero una vez formado, la mentira del dos tiene que espantarnos.

Recordemos la 'Y' griega o Pitagórica: en un sentido, va de la unidad a la bifurcación, en un movimiento que separa: es el 'dia-bolos', forma primigenia de lo diabólico. Tal la forma de la parición, del alejamiento de Dios, de la suma unidad, para ser otro apartado de nuestros progenitores celestiales. Pero en todo esto está presente el amor: la energía del sistema, su fuerza integradora que trabaja en sentido opuesto al parto: de la dualidad a la unidad, es un movimiento en la Y griega de lo diabólico al sym-bolos o movimiento que une. El amor busca la unidad: ser una carne, en el amor erótico; ser uno con los dos padres en el amor filial es descubrir que esa aparente dualidad de los sexos queda anulada en el hijo: nunca fueron dos en el amor. El hijo es el símbolo de la unidad que no podemos ver con nuestros ojos diabólicos. Por eso Cristo es el camino al Padre.

Este doble sentido de la Y griega no es un ejemplo casual. Los tres puntos que conforman la Y griega constituyen el drama de la unidad: poder ser la mentira del dos para poder ser la verdad suprema del uno. por eso, en el sistema de numeración pitagórico, el uno equivale al tres. Por eso los tres golpes de la masonería inicial: son el uno del primer grado.

Por eso los tres acordes de la obertura de "La Flauta Mágica" de Mozart; los tres acordes iniciales de la 5ª Sinfonía de Beethoven o los tres "Libertad" de nuestro Himno Nacional.

Pero este doble juego de unidad y disociación tiene una aplicación simbólica más intrincada. La Y griega es a su vez simbolizada por la lengua de la serpiente, cuya forma, como sabemos, es en Y griega.

Cierto simplismo ha hecho de la serpiente un animal esencialmente malo. No obstante, recordemos Mateo 10:34: Cristo ha venido también a separar en una función esencialmente diabólica. Lo ha hecho pero no en forma gratuita sino para que entendamos que al amor familiar es un modelo de calidad inferior al amor de nuestra familia celestial, el cual es perfecto. La función diabólica de Cristo -la barba escindida de los esenios- es hacernos reconocer nuestra dualidad como un estado temporal, intrascendente. Sólo uniéndonos en la Tierra bajo las leyes de los Cielos (haciendo que el 2 sea 1) es que habremos cumplido con el mandato "sed perfectos" neotestamentario y volveremos a ser uno luego de haber conocido el dos y rechazarlo. Este doble juego de disociación simbólica y unión simbólica está presente en el episodio de Moisés levantando en el báculo la serpiente "que cura" (integradora, simbólica) contra el veneno de las serpientes "que matan" (desintegradoras, diabólicas). Un mismo símbolo para dos significados y cuya dualidad está presente en el zodíaco.

En efecto: la decimotercera constelación -la que no se nombra- es precisamente: el Serpentario u Ofiuco.

Ofiuco es un gigante que está en lucha con una serpiente. Notemos que la serpiente es la única constelación partida en dos (Ofis cauda y Ofis caput), y que es "tapada" por Ofiuco quien lucha contra ella. Tal lucha se encuentra "flanqueada" por dos signos altamente simbólicos: Sagitario y Escorpio. Sagitario, el Caballero del Grial, aquél que supera su faz bestial (de caballo) y que, convertido en hombre, apunta su flecha hacia un punto en el espacio donde hoy sabemos se halla el centro de nuestra galaxia. Del otro lado, el único animal ponzoñoso del zodíaco: el Escorpión, con su aguijón apuntando también hacia el centro de la galaxia. Ambos representando el drama de nuestra libertad: elegimos el mal o la superación hacia el bien. Entre ambos extremos de nuestro libre albedrío, Ofiuco debatiéndose con la serpiente simbólica o diabólica: de nosotros depende.

En el extremo opuesto, sin embargo, está el resultado de la buena elección. Tauro, el Toro, simboliza la potencia de la vida abandonada a sí misma. Una vida animal no es conciente de la unidad porque forma parte de la misma unidad. No hay maldad, pero tampoco hay mérito. Tauro embiste contra Orión, el cazador gigante, precedido por su perro de caza (Canis Major) en donde brilla la estrella más brillante del cielo: Sirio. El nombre de 'Ladradora' o 'Guardiana' que tenía esta estrella es porque anunciaba tanto el desborde del Nilo como el nacimiento del sol luego de 70 días oculta junto al sol (unida o indiferenciable del Padre), los mismos 70 días simbólicos en que permanecía en maceración de natrón (Nitrato de Sodio) el cadáver -futura momia- del faraón, fase oscura o subterránea que tienen que ver con las 70 veces 7 de las que habla Cristo: los 70 días de tiniebla, la ofensa que debemos soportar teniendo en cuenta las 7 dispensaciones a las que debemos adscribir -estamos en la séptima- donde se vive la autoridad del Padre a través del Cristo, el camino de la lengua serpentina que de nuestra dualidad va hacia el interior de la misma serpiente en busca de su unidad (el uno es la pica que sostiene el gorro frigio de nuestro escudo, es el báculo de Moisés, es la serpiente). Recordemos que una serpiente es siempre su propio camino: la serpiente es el Cristo.
Pero estos nombres (Orión, Canis Major, etc.) nacieron en épocas posteriores. Los verdaderos simbolismos, más antiguos, aluden a la resolución del conflicto entre Sagitario, Escorpio y Ofiuco que presentáramos más arriba. En efecto: de la estrella Rigel, el pie de Orión -el Osiris egipcio- nace la constelación Eridano, el río sagrado; y tras la espalda de Orión vemos a Sirio el anunciador del Sol, el perro fiel, el ladrador. El simbolismo en su conjunto alude al triunfo del Hombre, del Hombre iniciado que ha superado el escollo del Eridano. En este sentido, Eridano -cuya estrella alfa es Achernar- es otra forma simbólica de la serpiente. La forma alargada del río y el hecho de que por ellos circule agua lo hacen depositario del mal. No olvidemos que la forma original de bautismo -que pocas religiones hoy conservan- es la inmersión completa del Hombre en el agua, y que el agua constituye la versión egipcia del caos que predomina en el Antiguo Testamento: bautizar es el rito iniciático por el cual el "hombre viejo" se consustanciaba con el caos del agua, para que renaciera como 'Hombre Nuevo'. Es de destacar, de paso, que el doble símbolo de la serpiente como salvadora y como destructora, reaparece en ese otro río simbólico el Nilo cuyo desborde anual tanto podía causar la muerte de ganado, personas o útiles de labranza -y que necesitaba de un 'episcopos' u obispo: el que ve desde las alturas y hace el trabajo de Sirio, anunciando a los hombres comunes, que no ven el cielo, la llegada de la inundación-; entonces, tanto podía simbolizar el mal como simbolizar el bien, ya que la inundación dejaba el manto fértil del que vivía Egipto. El propio bautismo de Jesús fue hecho en un río que circula por la mayor depresión del mundo emergido, de modo que cuando Cristo se bautizó en el Jordán fue la persona que más abajo estuvo en ese momento, como símbolo de máxima humildad (la otra fue haber elegido para nacer un sitio inhumano, como lo es un pesebre).

Pasado el obstáculo del Eridano -luego de haber vencido a la serpiente, de haber sido iniciado-, el Hombre mítico -Orión- debe enfrentar su potencialidad animalidad -Tauro- y debe proteger el nacimiento del Enviado o el Príncipe de la Luz: Sirio, en Canis Major, la estrella más brillante... Estrella cuya naturaleza sistema estelar triple ya había sido adelantada hace siglos -su nombre en sánscrito es Tri Stir: la 'Tres Estrellas'-.

Ahora bien. Todo este entramado de símbolos y significados conforman una realidad que ha sido marginada hacia el mundo de la "oscuridad" del "primitivismo" o del "arte". El mundo de lo "positivo" se construye en base a una visión de la realidad nacida del prejuicio. Infinidad de elementos muestran como inviable un pretendido camino hacia la "Verdad" tal como durante siglos lo ha creído la ciencia y que todavía algunos sostienen. La Verdad, lo verdadero, posee una dimensión omniabarcativa. En ella está incluida una totalidad que, en términos lógicos, incluye verdaderamente el todo y según se entiende, la comprensión humana -su manera lógica de elaborar conceptos- su encastre en la lógica del Universo hace que necesariamente cada observación humana tenga alguna clase de limitación lógica. Aquí se rescata la famosa paradoja de Gödel, según la cual ninguna teoría científica puede rendir cuentas de sí misma, haciendo que toda argumentación quede inevitablemente fuera del corpus teórico que la contiene.

Tratar de vencer esa limitación es la pretensión de la ciencia abandonada a su propia dinámica. Una dinámica que carece de límites, que mueve el conocimiento científico sin la limitación que da el orden del sistema. El resultado de operar fuera de este orden es el desastre ambiental que la ciencia y la tecnología han ocasionado en su ilusión de que se están aproximando a la verdad. Por eso decimos que el orden simbólico es la más abstracta forma de conocimiento posible. En este orden, el conocimiento conciente -egótico, limitado- alcanza su máxima expansión y choca contra el propio límite que le marca la lógica (paradoja de Gödel). Tal error epistemológico se ha pagado ya otras veces, como en la maldición babélica que nos limitó en el uso del Lenguaje, que no es otra forma que limitarnos en nuestra aproximación a la divinidad mediante nuestra participación en el don del Verbo.

Esta expansión hasta el límite del símbolo, le permite a la conciencia reconocer su propia limitación lógica y desarrollar una nueva escala de valores basada en el reconocimiento de que formamos parte de un todo al que le debemos nuestra existencia. De esta valoración participan la religión y el arte, pero, hay que comprender que es toda la vida humana en su conjunto la que participa de esta pertenencia a un orden superior. El pensamiento positivista, iluminista, racional, ha trabajado analíticamente, rompiendo nuestra totalidad en infinidad de fragmentos a los que luego trata de conciliar en una totalidad que termina siendo una parodia de la verdad total. Tanto el mundo de los símbolos como el del arte y la religiosidad han quedado, entonces, al margen de una idea fuerte de verdad que quedó circunscrita a la ciencia.

Un ejemplo en el pitagorismo

El mito evolucionista ha creado la ilusión de que las cosas primeras eran de inferior calidad de saber que las más nuevas. Pensemos en la Alquimia: ningún químico moderno daría el menor crédito a la Alquimia ni estaría dispuesto a desviarse en un ápice de sus esfuerzos por cumplimentar las exigencias de las empresas que pagan su sueldo. El "sabio" asalariado moderno pretende saber más que aquel sabio que no procedía analíticamente sino sintéticamente, sin eludir sus responsabilidades morales tanto por los motivos como por las consecuencias de su operar con la materia, cosa que para el científico moderno es una "pérdida de tiempo".

La idea de la transmutación de los elementos en las escuelas alquimistas medievales se había originado en el pensamiento griego arcaico, como en la escuela de Abdera. Esta escuela sostenía que la materia estaba formada por átomos todos iguales entre sí agrupados de diferente manera. Es por esto que Demócrito es considerado no sólo el padre de la alquimia sino también el creador de la teoría de los vórtices -la actual Teoría Atómica-. Hoy obtenemos transmutaciones siguiendo, en base, las argumentaciones de los viejos alquimistas.

Pero en base a la estrecha correlación entre los alquimistas y los filósofos griegos, cabe preguntarse de dónde les llegó a éstos el conocimiento correspondiente.
Platón sostenía, por ejemplo, que la materia se formaba a partir de la atracción y repulsión de elementos y que la creación demiúrgico era el resultado de imponer las proporciones adecuadas a estos elementos que se atraen y repelen. Platón sostenía, además, que el Demiurgo juntó con violencia los elementos de la creación de acuerdo a las proporciones que le marcaban los "números músicos". De hecho, la transmutación moderna se logra mediante el agregado o sustracción de partículas subatómicas en proporciones establecidas en los "números músicos". Y tal proporción aparece en un simple vistazo a la Tabla de Mendelejeff, donde se puede ver que los elementos se agrupan siguiendo la secuencia pitagórica "2-8-18". cabe recordarse que estas afirmaciones aparecen principalmente en el Timeo y sabemos que el Timeo se escribió en base a un manuscrito que perteneció a Filolao de la escuela pitagórica. Pero hay más: Heisenberg observa que la teoría platónica -pitagórica- de los cinco poliedros de Euclides o poliedros regulares se ajusta exactamente al modelo atómico moderno. Del mismo modo, Platón describe al agua como formada por una parte de aire y dos de fuego, y así sucesivamente.

Para comprender a los alquimistas debemos comprender a Leucipo, a Demócrito, a Platón, Epicuro y, sobre todo, a Pitágoras.

Los pitagóricos escribieron en un código que sólo ellos entendieron cabalmente. Ya en su época, el alquimista griego Olimpiodoros ya se quejaba del oscurantismo pitagórico, pero una vez iniciado resultó más oscuro que aquellos.

Pitágoras habla por símbolos, que -como vimos- es el modo de llevar el conocimiento al límite con lo Sagrado. Por esto es que no es lícito creer que los pitagóricos simplemente creían, por ejemplo, en la reencarnación: muchos creyeron siempre que la teoría de la reencarnación ocultaba un mensaje más profundo. Este manejo de los símbolos que trascendieron fuera de la escuela, fueron tomados literalmente y no en forma simbólica, como por ejemplo el hecho de que los pitagóricos prohibían comer hígado, corazón y habas. Tampoco los egipcios comían habas, señal de que tal conocimiento era muy anterior al propio Pitágoras. Por medio de autores latinos se supo que el hígado era el símbolo para el mundo infinitamente pequeño o Microcosmos, mientras que el corazón lo es del Universo como totalidad o Macrocosmos, y que las habas representaban simbólicamente a los órganos sexuales, pero en todo esto, tampoco sabemos que significaba simbólicamente el verbo "comer".

Heisenberg afirmó que comprendió la teoría atómica leyendo al Timeo, pero su decodificación no fue racional sino "intuitiva". Del mismo modo, uno puede inferir los ritmos astrales a partir del símbolo de la respiración que aparece en tantas doctrinas filosófico religiosas de la antigüedad -que operaban sintéticamente y no analíticamente- y que encuentran su equivalente en Pitágoras.

Otro ejemplo de esta codificación simbólica, integradora de todas las manifestaciones del Universo, la encontramos en las llamadas "música de las esferas", que no se refiere, obviamente, a una música para los oídos. Estos ritmos cósmicos nacidos de la mezcla irracional de religión con filosofía y ciencia, han despertado la curiosidad de científicos modernos que sí separan esos principios y han entrevisto una correlación positiva entre los ritmos, por ejemplo, del Sol y otros ritmos cósmicos. Además, por supuesto, la musicalidad de las esferas explicaría de un modo más "económico" aspectos de la constitución de la materia. las series de Lyman, Balmer, Paschen, etc. se explican mejor considerándolos en su pura musicalidad en la escala de cuartas, en tanto que la Tabla de Mendelejeff se explica en escala de octavas, del mismo modo que la explicación del espectro del Hidrógeno, etc. Todos son ejemplos de la musicalidad natural de las "esferas".

La lira de Orfeo (Orfeo es la contraparte femenina de Pitágoras) conmueve el mundo biológico y el inanimado con la "musicalidad de las esferas". Los sonidos audibles son una forma en que el mundo de los números organizan la totalidad del Universo. la propia Biblia enseña cómo la voz del demiurgo -en este caso, Jehová-, ordenó la materia preexistente, según enseña la correcta interpretación del verbo hebreo "Barah" que significa ordenar y no tiene relación alguna con la creación ex-nihilo -de la nada-, en ese primer versículo: "En el principio crearon los dioses los cielos y la tierra..."

Manejar la numeralidad del átomo es lo que le ha permitido al hombre fabricar una bomba atómica: han sacado al átomo del apeirón -la oscuridad- y lo han expuesto a la luz. Y así como se hace con los átomos, se puede hacer con los hombres cuando son iluminados...

Ir más atrás de Pitágoras nos lleva a verdades cada vez más penetrantes. Despejar el ruido informacional del paso del tiempo -con la inestimable ayuda "desinformativa" del iluminismo racional moderno- nos tendría que permitir ver cómo los egipcios, babilonios, hindúes, etc. poseían conocimientos técnico científicos íntimamente correlacionados con un sentido de perfeccionamiento estético y moral del que el científico moderno -y con él, las sociedades modernas- se han alejado irremediablemente.