| La muerte del símbolo |
| Escrito por Horacio Ramírez |
|
Cuando afirmamos algo, orientamos una negación correspondiente hacia determinados sectores de nuestra inteligencia. Como observaba muy bien Miguel de Unamuno, tras la secuencia : teología, metafísica, positivismo, el positivismo es otra manera de negar y en esta negación encontramos afirmado nuevamente y de otra manera a una idea de Dios -de la que Occidente es incapaz de desligarse-. De modo que en el positivismo cambiamos de objeto de nuestra negación y volvemos al mismo Dios de la teología medieval. La metafísica ha sido el nexo permanente entre amabas formas de negación. ¿Qué negamos en cada período de la Historia? Es difícil decirlo, precisamente porque constituye una negación en nuestro esquema de realidad, una pérdida de vista que nace de no poder ver porque ya es una negación en el esquema que nos hace ver. Cuando Fulcanelli decía que para el Iluminismo la Edad Media era la Edad Oscura, decía que lo era porque el Iluminismo estaba encandilado por la luz de la Diosa Razón y que, por lo tanto, era incapaz de ver la totalidad de la Luz, la verdadera Luz: para la Razón, la Luz de la Verdad es Tiniebla. Veamos los mismo desde otra perspectiva. Cuando Descartes asume, en el comienzo del mercantilismo occidental, la postura de la Duda Metódica, lo que hace es dejar fuera de dudas al 'yo'. En efecto: la conciencia de sí era, para el Maestro Cartesio, un elemental irreducible que él conocía "sin dudas": el yo era la primera certeza, el primer conocimiento verdadero. No fue difícil poner en dudas, con distinta fortuna, tal afirmación. Bertrand Russell, por ejemplo, aducía que el "cogito" cartesiano podía ser tomado como una certeza, pero que la conclusión "ergo sum" era ya confiar en la memoria. Nietzsche hundió más el bisturí: ¿contra qué contrastamos que pensamos? ¿Quién puede asegurar que "ego cogito", que yo pienso? La soledad del fenómeno nos impide el principio de la contrastación con "lo que no es el cogito" y no podemos afirmarlo. No obstante, la manera más profunda de rebatir el "Ego cogito" de Descartes ya existía mucho antes de Descartes y le pertenece a Sócrates, el último representante de la filosofía poética. Su método iba más atrás de la duda como método: cuando afirmó que "Sólo sé que no sé nada" estableció el principio de la Ignorancia Metódica. No quedaba espacio ni para el propio "Ego" cartesiano. En otras palabras: el "Ego cogito" necesitaba poner en primera instancia al yo. Esta premisa implicaba las bases del moderno capitalismo: la filosofía del tener por sobre la de ser. Un yo no puede ser: sólo puede tener, o, en otros términos: es en la medida en que adhiere los seres de otras cosas. Ese yo fenoménico, fantasmático, insustancial sobre el que basa el Hombre su necesidad de existencia, es su absoluta carencia, que trata de compensar con la posesión: es la "locura" que denuncia Lacan, cuando el chico ve su imagen en el espejo y dice, señalándola: "ese soy yo". Es ahí donde comienza la alineación del Hombre occidental moderno, cuya indubitabilidad y control de una forma de Verdad, nace de la ilusión del yo cartesiano. El yo se ha hecho un núcleo vacío, el carozo seco de nuestra existencia. Pero desde la postura socrática, todo es posible: hasta un yo con sustancia como núcleo desde donde todo comienza a ganar en existencia. El yo socrático es una divinidad potencial: la ignorancia como método del pensamiento se niega al conocimiento y abre las puertas a la Sabiduría. El conocimiento, por lo dicho, pasa a ser la ceniza que nos aísla de las ascuas del saber. La luz de la razón es fría y por eso necesita del calor de la pasión para alcanzar la plenitud de lo Humano... y por eso los rayos que parten del sol de nuestra bandera, alternan los haces rectos -lumínicos- y los ondulados -o caloríficos-. Para saber hay que aprender a leer los símbolos. Administrar la IgnoranciaOccidente maneja con maravillosa efectividad el conocimiento, logrando, a través de la tecnología, emular la Verdad del saber. En efecto: la repetición -la predictibilidad- de la tecnología parece permitirnos un acercamiento a la verdad por la vía del empobrecimiento de la experiencia. Así: la repetición en los resultados del artilugio técnico aumenta nuestra capacidad de predecir el futuro y nos induce a creer que tal empobrecimiento de variables posibles es riqueza. La tal riqueza nace, obviamente, de una disminución en las aspiraciones: si esperamos saber poco, conocer cualquier tontería -como puede ser una computadora- nos parece haber adquirido una riqueza en conocimientos sin igual. Este empobrecimiento sobre el empobrecimiento marca el sino del mundo regido por el conocimiento cartesiano, basado en el yo. Para ese yo, todo lo que caiga fuera del haz de luz del Iluminismo Positivista queda sumido en el oscurantismo, en la tiniebla de la ignorancia. Pero, según leíamos en Sócrates, la ignorancia podía ser un valor positivo, entonces podemos preguntarnos ¿en qué consiste la ignorancia socrática? o ¿cómo la ignorancia puede ser tomado como un valor positivo? Recordemos a Le Rochefoucauld: para él existían tres clases de ignorancias.
Saber lo que no debe saberse es tratar de reemplazar un problema de calidad por medio de la cantidad. De nuevo bajamos las expectativas, no aspiramos a un mejoramiento cualitativo sino a rebajar el esfuerzo por tener más conocimientos, convirtiendo al conocimiento en un bien mercable que administrarán las grandes corporaciones públicas o privadas y con ellas los gobiernos (de izquierda o de derecha). Administrar el conocimiento, entonces, es una manera de ejercer el control de los seres humanos. Toda civilización es un complot, y tal complot se traduce en la alineación inducida por los gobiernos y los poderes tecnológicos transnacionales en la vitalidad cognitiva, en la capacidad de crear realidad -de ser libre- de las personas. Un chico o un adulto pegado a la computadora, celular o I-Pod para ver "mensajitos" o fotos, es la gran señal de la precarización progresiva en la formación intelectual del individuo. Administrar el conocimiento lleva a creer en una realidad ligada a una idea de verdad sustentada por la tecnología. Dicho de otra manera: si la verdad en ciencia es derrota del tiempo por medio de la predictibilidad -toda ley científica es una postulación temporal que vence al tiempo prediciendo qué pasará bajo determinadas condiciones iniciales-, si la verdad en ciencia es eso, la tecnología, haciendo que un aparato haga siempre lo mismo, se vuelve una parodia de una ley científica: una licuadora y la Ley de la Gravedad se equiparan. La ciencia y la tecnología trabajan en estos dos niveles de la ignorancia: no dejándonos saber lo que deberíamos saber y acercándonos a un saber que deberíamos ignorar... ignorancias que se promueven a sí mismas. Esto nos tiene que llevar a que no sólo deberíamos aprender a aprender sino que también deberíamos aprender a ignorar. Como no se nos enseña a ninguna de estas dos actividades sino que se nos induce a creer que todos tenemos el mismo derecho y la misma capacidad de saber absolutamente todo, y como el todo es incognoscible resulta que todo saber es siempre a medias, esto es: conocimiento sin sistema, conocimiento sin orden. Poder sin Autoridad. Los valores del símboloUno de los símbolos más utilizados en la Historia de la Humanidad es del laberinto. Pensemos en el laberinto más famoso, el de Creta. Diseñado y construido por el arquitecto Dédalos, éste guardaba en su centro un monstruo: Asterión, el Minotauro, hijo abominable del sexo bestial entre Pasifae y un toro... el mismo toro que Poseidón había pedido en sacrificio y que Minos -el esposo de Pasifae- se había negado a sacrificar. Recordemos primero que desafiar la voluntad de los dioses tiene sus consecuencias, esto es: que trabajar sin sistema es autodestructivo y que el sistema lo aplica siempre la divinidad y que por lo tanto es infalible, perfecto, etc. Todo este conocimiento simbólico es, precisamente, un saber que, debidamente entendido, nos permite la liberación del conocimiento sin sistema, aquel sistema que derretirá nuestra cera y que provocará nuestra caída si no nos movemos en él siguiendo sus reglas y cuyas reglas, precisamente, se resumen en el amor. Pero todo este conocimiento simbólico no es poesía, y aunque la poesía podría ayudar a interpretar el símbolo e, incluso, a representarlo, debemos recordar que el símbolo es importante porque constituye también una realidad que incluye al arte. Tanto aquella realidad que coincide con nuestra experiencia ordinaria como esa realidad extraordinaria que está insinuada en los símbolos y preformada en el arte y en la religiosidad, toda aquella realidad ha sido parida a la oscuridad. El término 'educar' significa 'dar a luz' y debemos entender qué significa ese significado. Ser parido es ser partido de una integridad y lanzado a un mundo separado de la totalidad. Tal el sentido del 'yo'. Tal el sentido del pan partido en la Santa Cena. Somos, luego de la parición, dos y nuestra misión es poder conocer el uno. No lo conocíamos porque no se había formado el yo, pero una vez formado, la mentira del dos tiene que espantarnos. Recordemos la 'Y' griega o Pitagórica: en un sentido, va de la unidad a la bifurcación, en un movimiento que separa: es el 'dia-bolos', forma primigenia de lo diabólico. Tal la forma de la parición, del alejamiento de Dios, de la suma unidad, para ser otro apartado de nuestros progenitores celestiales. Pero en todo esto está presente el amor: la energía del sistema, su fuerza integradora que trabaja en sentido opuesto al parto: de la dualidad a la unidad, es un movimiento en la Y griega de lo diabólico al sym-bolos o movimiento que une. El amor busca la unidad: ser una carne, en el amor erótico; ser uno con los dos padres en el amor filial es descubrir que esa aparente dualidad de los sexos queda anulada en el hijo: nunca fueron dos en el amor. El hijo es el símbolo de la unidad que no podemos ver con nuestros ojos diabólicos. Por eso Cristo es el camino al Padre. Este doble sentido de la Y griega no es un ejemplo casual. Los tres puntos que conforman la Y griega constituyen el drama de la unidad: poder ser la mentira del dos para poder ser la verdad suprema del uno. por eso, en el sistema de numeración pitagórico, el uno equivale al tres. Por eso los tres golpes de la masonería inicial: son el uno del primer grado. Por eso los tres acordes de la obertura de "La Flauta Mágica" de Mozart; los tres acordes iniciales de la 5ª Sinfonía de Beethoven o los tres "Libertad" de nuestro Himno Nacional. Pero este doble juego de unidad y disociación tiene una aplicación simbólica más intrincada. La Y griega es a su vez simbolizada por la lengua de la serpiente, cuya forma, como sabemos, es en Y griega. Cierto simplismo ha hecho de la serpiente un animal esencialmente malo. No obstante, recordemos Mateo 10:34: Cristo ha venido también a separar en una función esencialmente diabólica. Lo ha hecho pero no en forma gratuita sino para que entendamos que al amor familiar es un modelo de calidad inferior al amor de nuestra familia celestial, el cual es perfecto. La función diabólica de Cristo -la barba escindida de los esenios- es hacernos reconocer nuestra dualidad como un estado temporal, intrascendente. Sólo uniéndonos en la Tierra bajo las leyes de los Cielos (haciendo que el 2 sea 1) es que habremos cumplido con el mandato "sed perfectos" neotestamentario y volveremos a ser uno luego de haber conocido el dos y rechazarlo. Este doble juego de disociación simbólica y unión simbólica está presente en el episodio de Moisés levantando en el báculo la serpiente "que cura" (integradora, simbólica) contra el veneno de las serpientes "que matan" (desintegradoras, diabólicas). Un mismo símbolo para dos significados y cuya dualidad está presente en el zodíaco. En efecto: la decimotercera constelación -la que no se nombra- es precisamente: el Serpentario u Ofiuco. Ofiuco es un gigante que está en lucha con una serpiente. Notemos que la serpiente es la única constelación partida en dos (Ofis cauda y Ofis caput), y que es "tapada" por Ofiuco quien lucha contra ella. Tal lucha se encuentra "flanqueada" por dos signos altamente simbólicos: Sagitario y Escorpio. Sagitario, el Caballero del Grial, aquél que supera su faz bestial (de caballo) y que, convertido en hombre, apunta su flecha hacia un punto en el espacio donde hoy sabemos se halla el centro de nuestra galaxia. Del otro lado, el único animal ponzoñoso del zodíaco: el Escorpión, con su aguijón apuntando también hacia el centro de la galaxia. Ambos representando el drama de nuestra libertad: elegimos el mal o la superación hacia el bien. Entre ambos extremos de nuestro libre albedrío, Ofiuco debatiéndose con la serpiente simbólica o diabólica: de nosotros depende. En el extremo opuesto, sin embargo, está el resultado de la buena elección. Tauro, el Toro, simboliza la potencia de la vida abandonada a sí misma. Una vida animal no es conciente de la unidad porque forma parte de la misma unidad. No hay maldad, pero tampoco hay mérito. Tauro embiste contra Orión, el cazador gigante, precedido por su perro de caza (Canis Major) en donde brilla la estrella más brillante del cielo: Sirio. El nombre de 'Ladradora' o 'Guardiana' que tenía esta estrella es porque anunciaba tanto el desborde del Nilo como el nacimiento del sol luego de 70 días oculta junto al sol (unida o indiferenciable del Padre), los mismos 70 días simbólicos en que permanecía en maceración de natrón (Nitrato de Sodio) el cadáver -futura momia- del faraón, fase oscura o subterránea que tienen que ver con las 70 veces 7 de las que habla Cristo: los 70 días de tiniebla, la ofensa que debemos soportar teniendo en cuenta las 7 dispensaciones a las que debemos adscribir -estamos en la séptima- donde se vive la autoridad del Padre a través del Cristo, el camino de la lengua serpentina que de nuestra dualidad va hacia el interior de la misma serpiente en busca de su unidad (el uno es la pica que sostiene el gorro frigio de nuestro escudo, es el báculo de Moisés, es la serpiente). Recordemos que una serpiente es siempre su propio camino: la serpiente es el Cristo. Pasado el obstáculo del Eridano -luego de haber vencido a la serpiente, de haber sido iniciado-, el Hombre mítico -Orión- debe enfrentar su potencialidad animalidad -Tauro- y debe proteger el nacimiento del Enviado o el Príncipe de la Luz: Sirio, en Canis Major, la estrella más brillante... Estrella cuya naturaleza sistema estelar triple ya había sido adelantada hace siglos -su nombre en sánscrito es Tri Stir: la 'Tres Estrellas'-. Ahora bien. Todo este entramado de símbolos y significados conforman una realidad que ha sido marginada hacia el mundo de la "oscuridad" del "primitivismo" o del "arte". El mundo de lo "positivo" se construye en base a una visión de la realidad nacida del prejuicio. Infinidad de elementos muestran como inviable un pretendido camino hacia la "Verdad" tal como durante siglos lo ha creído la ciencia y que todavía algunos sostienen. La Verdad, lo verdadero, posee una dimensión omniabarcativa. En ella está incluida una totalidad que, en términos lógicos, incluye verdaderamente el todo y según se entiende, la comprensión humana -su manera lógica de elaborar conceptos- su encastre en la lógica del Universo hace que necesariamente cada observación humana tenga alguna clase de limitación lógica. Aquí se rescata la famosa paradoja de Gödel, según la cual ninguna teoría científica puede rendir cuentas de sí misma, haciendo que toda argumentación quede inevitablemente fuera del corpus teórico que la contiene. Tratar de vencer esa limitación es la pretensión de la ciencia abandonada a su propia dinámica. Una dinámica que carece de límites, que mueve el conocimiento científico sin la limitación que da el orden del sistema. El resultado de operar fuera de este orden es el desastre ambiental que la ciencia y la tecnología han ocasionado en su ilusión de que se están aproximando a la verdad. Por eso decimos que el orden simbólico es la más abstracta forma de conocimiento posible. En este orden, el conocimiento conciente -egótico, limitado- alcanza su máxima expansión y choca contra el propio límite que le marca la lógica (paradoja de Gödel). Tal error epistemológico se ha pagado ya otras veces, como en la maldición babélica que nos limitó en el uso del Lenguaje, que no es otra forma que limitarnos en nuestra aproximación a la divinidad mediante nuestra participación en el don del Verbo. Esta expansión hasta el límite del símbolo, le permite a la conciencia reconocer su propia limitación lógica y desarrollar una nueva escala de valores basada en el reconocimiento de que formamos parte de un todo al que le debemos nuestra existencia. De esta valoración participan la religión y el arte, pero, hay que comprender que es toda la vida humana en su conjunto la que participa de esta pertenencia a un orden superior. El pensamiento positivista, iluminista, racional, ha trabajado analíticamente, rompiendo nuestra totalidad en infinidad de fragmentos a los que luego trata de conciliar en una totalidad que termina siendo una parodia de la verdad total. Tanto el mundo de los símbolos como el del arte y la religiosidad han quedado, entonces, al margen de una idea fuerte de verdad que quedó circunscrita a la ciencia. Un ejemplo en el pitagorismo El mito evolucionista ha creado la ilusión de que las cosas primeras eran de inferior calidad de saber que las más nuevas. Pensemos en la Alquimia: ningún químico moderno daría el menor crédito a la Alquimia ni estaría dispuesto a desviarse en un ápice de sus esfuerzos por cumplimentar las exigencias de las empresas que pagan su sueldo. El "sabio" asalariado moderno pretende saber más que aquel sabio que no procedía analíticamente sino sintéticamente, sin eludir sus responsabilidades morales tanto por los motivos como por las consecuencias de su operar con la materia, cosa que para el científico moderno es una "pérdida de tiempo". La idea de la transmutación de los elementos en las escuelas alquimistas medievales se había originado en el pensamiento griego arcaico, como en la escuela de Abdera. Esta escuela sostenía que la materia estaba formada por átomos todos iguales entre sí agrupados de diferente manera. Es por esto que Demócrito es considerado no sólo el padre de la alquimia sino también el creador de la teoría de los vórtices -la actual Teoría Atómica-. Hoy obtenemos transmutaciones siguiendo, en base, las argumentaciones de los viejos alquimistas. Pero en base a la estrecha correlación entre los alquimistas y los filósofos griegos, cabe preguntarse de dónde les llegó a éstos el conocimiento correspondiente. Para comprender a los alquimistas debemos comprender a Leucipo, a Demócrito, a Platón, Epicuro y, sobre todo, a Pitágoras. Los pitagóricos escribieron en un código que sólo ellos entendieron cabalmente. Ya en su época, el alquimista griego Olimpiodoros ya se quejaba del oscurantismo pitagórico, pero una vez iniciado resultó más oscuro que aquellos. Pitágoras habla por símbolos, que -como vimos- es el modo de llevar el conocimiento al límite con lo Sagrado. Por esto es que no es lícito creer que los pitagóricos simplemente creían, por ejemplo, en la reencarnación: muchos creyeron siempre que la teoría de la reencarnación ocultaba un mensaje más profundo. Este manejo de los símbolos que trascendieron fuera de la escuela, fueron tomados literalmente y no en forma simbólica, como por ejemplo el hecho de que los pitagóricos prohibían comer hígado, corazón y habas. Tampoco los egipcios comían habas, señal de que tal conocimiento era muy anterior al propio Pitágoras. Por medio de autores latinos se supo que el hígado era el símbolo para el mundo infinitamente pequeño o Microcosmos, mientras que el corazón lo es del Universo como totalidad o Macrocosmos, y que las habas representaban simbólicamente a los órganos sexuales, pero en todo esto, tampoco sabemos que significaba simbólicamente el verbo "comer". Heisenberg afirmó que comprendió la teoría atómica leyendo al Timeo, pero su decodificación no fue racional sino "intuitiva". Del mismo modo, uno puede inferir los ritmos astrales a partir del símbolo de la respiración que aparece en tantas doctrinas filosófico religiosas de la antigüedad -que operaban sintéticamente y no analíticamente- y que encuentran su equivalente en Pitágoras. Otro ejemplo de esta codificación simbólica, integradora de todas las manifestaciones del Universo, la encontramos en las llamadas "música de las esferas", que no se refiere, obviamente, a una música para los oídos. Estos ritmos cósmicos nacidos de la mezcla irracional de religión con filosofía y ciencia, han despertado la curiosidad de científicos modernos que sí separan esos principios y han entrevisto una correlación positiva entre los ritmos, por ejemplo, del Sol y otros ritmos cósmicos. Además, por supuesto, la musicalidad de las esferas explicaría de un modo más "económico" aspectos de la constitución de la materia. las series de Lyman, Balmer, Paschen, etc. se explican mejor considerándolos en su pura musicalidad en la escala de cuartas, en tanto que la Tabla de Mendelejeff se explica en escala de octavas, del mismo modo que la explicación del espectro del Hidrógeno, etc. Todos son ejemplos de la musicalidad natural de las "esferas". La lira de Orfeo (Orfeo es la contraparte femenina de Pitágoras) conmueve el mundo biológico y el inanimado con la "musicalidad de las esferas". Los sonidos audibles son una forma en que el mundo de los números organizan la totalidad del Universo. la propia Biblia enseña cómo la voz del demiurgo -en este caso, Jehová-, ordenó la materia preexistente, según enseña la correcta interpretación del verbo hebreo "Barah" que significa ordenar y no tiene relación alguna con la creación ex-nihilo -de la nada-, en ese primer versículo: "En el principio crearon los dioses los cielos y la tierra..." Manejar la numeralidad del átomo es lo que le ha permitido al hombre fabricar una bomba atómica: han sacado al átomo del apeirón -la oscuridad- y lo han expuesto a la luz. Y así como se hace con los átomos, se puede hacer con los hombres cuando son iluminados... Ir más atrás de Pitágoras nos lleva a verdades cada vez más penetrantes. Despejar el ruido informacional del paso del tiempo -con la inestimable ayuda "desinformativa" del iluminismo racional moderno- nos tendría que permitir ver cómo los egipcios, babilonios, hindúes, etc. poseían conocimientos técnico científicos íntimamente correlacionados con un sentido de perfeccionamiento estético y moral del que el científico moderno -y con él, las sociedades modernas- se han alejado irremediablemente. |