Un amague
Escrito por Horacio Ramírez   

Luego de la violencia desatada en la Feria del Libro durante la presentación del libro “Indek: Historia de una Estafa”, de Gustavo Noriega y previamente a la médica cubana Hilda Molina, en la presentación de su autobiografía “Mi verdad”, conviene hacer un repaso breve y necesariamente incompleto, de otros personajes que de una u otra manera se han creído dueños de la realidad en distintas etapas de la Historia.

La primera gran biblioteca quemada fue la de Alejandría. Recibió su bautismo de fuego cuando Julio César estaba en esa ciudad: un barco incendiado quemó toda un ala.

Durante el gobierno de Theodosio, otro incendiario quemó la segunda ala. Finalmente, el califa Omar se dedicó a quemar lo que quedaba, que debió ser bastante ya que durante años alimentó los baños termales del palacio con pergaminos y papiros de Alejandría…

Chi Hoang Ti -dinastía Tsin- se dedicó a crear la historia de China de nuevo, y no tuvo mejor idea que quemar todos los libros existentes en el imperio.

Pizarro mandó quemar todas las quiputecas del Cuzco (las bibliotecas de quipus de los incas)… Pero no fue el primero: ya un antiguo inca -cuyo nombre se perdió- había mandado a quemar todos los textos escritos, por lo que se vieron obligados a desarrollar la escritura en quipus… En América también se recuerda la noche en que se quemó la Biblioteca de Mérida -México- con miles de ‘amates’ o papiros mayas. Se habían salvado de los incendios aztecas pero no pasó lo mismo con Cortés y sus muchachos. También se quemó toda la literatura quiché de la que sólo se salvó el Popol Vuh. Pedro de Alvarado, por su parte, quemó en el 1524, la grandiosa biblioteca de Utatlán.

Alejandro Magno quemó la misteriosa Biblioteca de Tiro. A su vez, las colecciones saqueadas por Alejandro y depositadas en su biblioteca de Macedonia, fueron prolijamente quemadas por los turcos.

Las bibliotecas pétreas de Uruk - tablillas cuneiformes almacenadas en el Museo Británico y que habían sido almacenadas en Nínive y Akhet-Atón- siguen sin ser traducidas por falta de presupuesto.

Se perdió en la noche de los tiempos el autor de las quemas de las bibliotecas de Edfu, Denderah y Abydos, en Egipto, pero por el ‘Stromatum’ de Clemente se sabe que eran enormes. Cambises hizo lo propio en una gira incendiaria que abarcó grandes bibliotecas de Egipto y Oriente. Tampoco se sabe quién incendió las grandes bibliotecas de Lacedemonia, pero no quedó nada de ellas.

En el año 70 se recuerda la quema de la Biblioteca de Jerusalén y su colección de documentos de Egipto y Cercano Oriente. Allí se perdió la Biblia que reaparecería en los tiempos de Josías.

Un millón de libros ardieron durante la quema de la biblioteca de Córdova, por manos católicas, donde desaparecieron textos asiáticos y africanos pacientemente coleccionados a lo largo de la dinastía Omeya.

Se recuerda la quema de la Biblioteca de Cartago a manos de Escipión el Africano. Se dice que parte de los manuscritos fueron donados al rey de Mauritania, pero no quedó registro de ellos. Además a Escisión se le atribuye la quema de muchas bibliotecas en Etruria de las que no quedó registro alguno. Se habla de una famosa biblioteca de Tartesos quemada por los cartagineses. También de una biblioteca celta escrita sobre papiros de corteza de árboles íntegramente quemada por monjas irlandesas. La biblioteca de Carlomagno y Alcuino de York fue quemada por sus sucesores. A esto podemos sumarle la sucesiva quema de bibliotecas íntegras en el Vaticano luego de los respectivos autos de fe; la quema de la biblioteca de Numa por orden del Senado romano; la quema de libros científicos a manos de Diocleciano; la biblioteca de Protágoras quemada por el gobierno ateniense; los nueve libros de Safo quemados en el 1100; las bibliotecas quemadas por Nostradamus para quedarse como único dueño del ‘saber’ incluido en bibliotecas egipcias medievales; la quema de la biblioteca de Roger Bacon… A todo esto sumémosle las bibliotecas quemadas por el nazismo y las diferentes autocracias de la Historia…

Ahora, tenemos este amague en la Feria del Libro. Se deben salvar las distancias entre unos hechos y otros, pero es un principio, una intentona, una señal. Lo que pasó en aquellas legendarias bibliotecas o en las grandes fogatas del proceso y de las SS, empezó de la misma manera. Estar atentos y seguir leyendo es la única prevención posible para no comernos estos amagues.