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El Día de la Tierra es nuestro día PDF Imprimir E-mail
Escrito por Horacio Ramírez   

La mayor parte de los problemas que debe afrontar el Hombre y que jaquean su supervivencia planetaria, son de origen lógico y, para ser más específicos, de orden epistemológico; esto es: nuestros errores a la hora de interpretar, decir y creer en una determinada forma del entorno, se traducen en problemas de "encastre" con ese entorno.

El principal malentendido es no captar cabalmente cuál es nuestro rol en el conjunto de sistemas, subsistemas y metasistemas que conforman la organización del Universo. En efecto: este ordenamiento se denomina en Ecología 'encáptico', donde cada nivel de organización contiene subsistemas a los que asume, controla y modera y a su vez, y por consecuencia lógica, cada nivel se halla sumido, controlado y moderado por un sistema más amplio o metasistema.

Esta organización en la que el Hombre se ve involucrado determina entender con claridad otra cosa: nada de su cuerpo pertenece a otra cosa que no sea el propio Universo. Así, cuando un astronauta va al espacio, jamás abandona las condiciones ambientales de su planeta de origen: en cuanto se desbalancean los gases que respira, los líquidos o los nutrientes que debe incorporar para mantener su estabilidad interna, el Hombre se desadapta y muere. En ese pretendido viaje al espacio, el Hombre jamás abandona su "burbuja" de aire, agua y nutrientes que es el habitáculo de la nave espacial o su traje, que reproduce las condiciones ambientales de la Tierra y que no puede abandonar sin morir. Esto tiene un interesante corolario: nada de lo que compone su cuerpo pertenece a otra cosa que no sea el planeta Tierra. Del mismo modo, sus objetos creados artificialmente, hasta el de más exquisita tecnología que podamos imaginar, contiene un solo átomo que no pertenezca a la Tierra y por ende, al Universo todo. De modo que nada en el Hombre pertenece a otra cosa que no fuera el planeta Tierra y con él al resto del Universo.

Por otra parte, debemos entender que en nuestra 'manía' analítica despedazamos nuestro objeto de estudio -en nuestro caso, la Tierra- en distintas esferas -al mejor estilo aristotélico- a las que le damos los tradicionales nombres de: esfera de gases o atmósfera; esfera de las rocas o litosfera; esfera de las aguas o hidrosfera y esfera de la materia viva o biosfera. Y así, es un error epistemológico muy común afirmar que "la Tierra es un planeta con atmósfera". Lo que debe pensarse es que la atmósfera es también el planeta. Sería más correcto decir, por ejemplo, que el planeta Tierra tiene una fase gaseosa de la que carecen, en términos generales, otros cuerpos como la Luna o Mercurio, pero nunca que la atmósfera es un elemento "que está en la Tierra" como si hubiera sido agregado y que muy bien podría no existir, ya que si no existiera pues no sería la Tierra. Lo mismo pasa con la biosfera: la Tierra no es un planeta "que tiene vida", como si se tratara de un condimento del que se pudiera prescindir sin dejar de seguir teniendo "la Tierra". La materia viva no posee un solo componente ni un solo proceso que no pertenezca al planeta como un todo, de modo que a la Tierra muy bien se la puede considerar no como un planeta "que tiene vida" sino como el único planeta del sistema solar que vive, lo que es no sólo más exacto sino, a la vez, algo intelectualmente mucho más intenso... Y mucho más intenso al atrevernos a pensar más allá: si todos los componentes de la Tierra pertenecen al Universo del que ella surgió -sigamos la teoría que siguiéramos-, entonces la materia que forma la vida pertenece -por propiedad transitiva- al Universo. Dicho más corto: el Universo no es algo que contiene vida, sino que el Universo es algo que verdaderamente vive. Y no sólo que vive: también siente y, en nuestros cuerpos, vive, siente y piensa. Cuando el primer Hombre verdadero vio al sol, la luna y las estrellas por primera vez jamás sospechó la gran verdad que en él anidaba: que era el Universo todo el que se estaba viendo y entendiendo por vez primera a sí mismo, y que ese sí mismo trascendía al propio 'yo' del Hombre. De modo que en este Día de la Tierra, la invitación deberá ser a trascender nuestros minúsculos 'yoes' y empezar a entender que cuando olemos una flor, es la Tierra y con ella, todo el Universo, los que están sintiendo su propio perfume: tal la enorme -cósmica- misión del Hombre. Y si hiciéramos carne esta forma de razonar, hasta nos cuidaríamos de arrancar esa flor para olerla y el único verbo que tendría valor sería el de respetar lo que somos...

Hoy es nuestro día porque es el día de toda la Tierra, así que cuando simplemente respiremos o cuando miremos las estrellas esta noche, tratemos de entender la verdadera dimensión de nuestra vida y el enorme valor que ésta encierra.

(*) Periodista, escritor y artista plástico de Reta.

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