| Mis queridos monstruos… |
| Escrito por Horacio Ramírez |
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Todavía creía que la gente era buena. Todavía creía que a los monstruos había que inventarlos… Tiempo me llevó entender que los monstruos, los verdaderos monstruos, están siempre entre nosotros y que -algo infinitamente más terrible- están también dentro de nosotros. Cada ser humano es un laberinto de razones y pasiones, y en el centro mismo de ese laberinto habita un monstruo. El Monstruo. El que cada uno es. Y sabemos, o deberíamos saber, que sólo el amor de una Ariadna podrá lograr que el Teseo que quiere nacer en nosotros pueda alcanzar su objetivo: matar a ese Asterión, a ese horrible Minotauro que habita en el centro mismo de nuestra conciencia… Aquí les dejo un cacho de infancia. El volver a ver esos monstruos de plástico y cartón me hacen sentir relámpagos de memoria que duelen y gustan: nostalgias, saudades, morriñas que alteran la serenidad en el oscuro cielo de los años, con el brillo silencioso de una estrella fugaz. Mi pibe, él mismo una animación computada, no puede creer que me hayan llegado a asustar alguna vez. Que esperara frente a la tele, de noche, el comienzo de “Rumbo a lo Desconocido” o “Viaje a las Estrellas” con una extraña mezcla de miedo, excitación y alegría que nunca más volví a sentir… Esos monstruos increíbles forjaron mi propia búsqueda de lo humano, y hoy que dejé los monstruos de ayer, sigo como Diógenes: buscando un ser humano con una linterna, en la plaza pública y a plena luz del día… Y ahí están, los episodios “Soldado” y “El Hombre que nunca existió” que contienen el germen de Terminator. Ese monstruo cabezón que aparece entre los arbustos es David McCallum, el futuro agente de CIPOL Illya Kuriakin. Ahí están William Shatner y Leonard Nimoy fuera de la Enterprise. Y Adam West en Marte sin el traje de Batman. Y las hormigas con cara de malos en la “La plaga de Zanti” . Robert Duvall, extraordinario en “El camaleón” y un sin fin de etcéteras… Y bueno… Nada…Ya está… Era eso, nomás. Recordar recuerdos de vez en cuando… Entonces me pregunto: ¿Y a quién corno le importan estas cosas? Supongo que a nadie. No obstante, ahí van igual: Como con Diógenes, el escepticismo nunca le ganará a la esperanza.
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