Tirando reflexiones por la ventana
Escrito por Horacio Ramírez   

Primer dato de los sentidos: Pipistrelo, mi gato, está sobre el techo del galpón del fondo. El sol lo entibia de a ratos, al ritmo sincopado de las sombras que dan las nubes. Cuando el sol lo mira, pone su mejor cara de buda chino y le paga al tiempo, que le rasca el lomo, con un enorme bostezo...

Los gatos son, en ocasiones pacíficas como éstas, algo así como un coágulo del tiempo, como un instante que, cansado de volar por relojes y corazones (objetos que se parecen entre sí de un modo siniestro), se posa sobre quienes sabrán tratarlo, aquellos seres que, como Pipistrelo, no buscarán ni juzgarlo ni condenarlo en su naturaleza...

A ver: hagamos una corta lista de aquellos seres que jamás hacen amigos entre los Hombres:

El Tiempo.
El Viento.
La Muerte.
Los Gatos.
El Azar.
Los sueños.

De todas estas entidades, el Viento se me ocurre como la más dudosa de estar en la lista. No suena raro decir que uno se ha hecho amigo del viento, y hasta parece un buen cimiento para una poesía fácil y bonita, pero, en verdad, y viendo -es un decir- cómo sopla a través de mi ventana, para ser "amigo" del viento hay que renunciar a la propia naturaleza.

Hoy el viento -sudoeste- es un fuerte protagonista de esta mañana en Reta. Analicemos a través de un poema, algo de su naturaleza, para mí, engañosa.

El Viento

Atravesando el mundo
viene el viento
y yo lo recibo.
Como tropel de distancias,
a golpes de recuerdos,
como estampida de fantasmas
atraviesa el mundo
cumpliendo su misión extraña
de darle espíritu a la Tierra
desde la primera mañana...
Y en una de las últimas,
que Dios me regala,
saludo al mensajero
que abrió mi ventana.

Atraviesa el mundo
ignorando obediencias
y los dos nos creemos
libres por revolver hojas
en la oscura ciencia de vivir,
que no es otra cosa,
que hacer otoños...

Hombres y vidas,
viento somos.

El viento, según esta explicación, funciona precisamente como un gato: pareciendo ser el espíritu del aire. Tanto vientos como gatos se parecen así a los pájaros y por eso ambos tienen tan íntima relación con esos animales, unos haciéndolos volar, otros comiéndoselos... Tiene el viento, sin embargo, un punto de conexión con el Hombre que no implicará necesariamente la amistad: y es que tanto el viento como el Hombre -a los gatos este asunto les importa muy poco-, se creen libres, desligados de lo que los rodea, y mientras el viento cree en su ciencia de estudiar revolviendo hojas en otoño (su visita anual a la Biblioteca de Dios), el Hombre se aísla del mundo revolviendo las hojas de sus libros, porque ¿qué es un Hombre que lee sino un viento de otoño que revuelve hojas y cree que fabrica la verdad? Y es este cuento de creernos libres (verdaderos) lo que nos separa irremediablemente del viento: no podemos ser amigos del viento porque ambos nos creemos libres y estamos muy enfrascados en nuestros mitos específicos. Nuestros caminos confluyen a veces, pero sólo somos pasajeros que coincidieron en tomar el mismo colectivo. Nos une el azar, otro gran y desinteresado agente de la indiferencia en cuestiones cósmicas...

Respecto del Tiempo y de la Muerte –más que cómplices, simbiontes-, no caben dudas que jamás debemos esperar ningún tipo de condescendencia por parte de ellos. Sus ominosas existencias nos abruman con la seguridad más implacable de su efectividad... Y en cuanto a los sueños, padecen la gran paradoja de estar íntimamente ligados a nuestra existencia pero, al mismo tiempo, ser absolutamente indiferentes a nuestros deseos de vivir. En efecto: el sueño acontece en nuestra mente como una roca que se nos cae desde lo más alto de la Naturaleza y que se desploma sobre nuestro frágil espíritu despertándonos no sin antes hundirnos brevemente en la agonía de una pesadilla... Circunstancia que lo emparenta de un modo terrible con nuestra idea de lo que es morir y que lo único que logra es molestar a nuestra compañera de lecho, la que tiene que despertarnos y que, en vez de consolarnos porque gritábamos como chanchos en la oscuridad de la pieza tras la terrible experiencia de haber visto cara a cara a la Muerte, sólo se limita a recriminarnos por haber comido cuatro platos de ravioles en la cena.

Toda pesadilla es un claro recordatorio de que estamos en la Vida juntando pis en la sala de espera de la Muerte.

Finalmente, en cuanto a los gatos, éstos están debidamente emparentados con todos los demás Héroes de la Indiferencia más absoluta hacia lo humano. Saben moverse en el viento para que no se los pueda oler; son impredecibles como el Azar; matan; saben esperar por su víctima y, desde Poe para acá, acompañan nuestras pesadillas.

Y para ir terminando como empezamos -con los gatos- esta visión a través de mi ventana -fresco, algo nublado, 70 por ciento de humedad y 99 por ciento de turistas chinchudos porque llueve todos los días-, recordemos un poema al gato que trata de resumir estas cuestiones:

Al gato

Es medianoche,
y en lo mullido de la silla
subyace el gato.

Con sus ojos despabila
un sueño y me mira
-me vigila-,
y desde el sueño
que me espanta
yo soy el que fabrica
el silencio que a él lo acuña
y la cárcel de misterios
que a él lo guarda.

En lo mullido de la silla
no duerme el gato,
espía, más bien, mi mirada
y la atrapa al vuelo
como al pájaro indefenso
que vuela ingenuo hacia la trampa.
Y en su rincón inmóvil
de tiniebla silenciosa y endiablada,
el gato se divierte con el tiempo,
como fantasma que juega
con relojes y campanadas.

Ese gato es una gota de noche,
destilada del rencor de su especie.
Es una sombra con ojos,
una pesadilla que duerme...
O quizás, porqué no, sea el retorno
de un amor insolente
hecho de maldad inocente
en una noche de insomnio.

Pero no es su culpa. No.
Ni son mis ansias de mentiras.
No.
Es que los dos compartimos
esa doméstica verdad
de perdonarnos las heridas...

Y es que el gato nunca me engaña:
su verdad siempre me lo dijo
que nunca iba a ser mi amigo...
pero que sólo él me aguarda.