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Escribió José Ingenieros: “Los mansos y los ignorantes, por falta de confianza en sus propias fuerzas, entregan su destino a la complicidad de los demás. Todo lo esperan de la beneficencia providencial del Estado: profesan los catecismos de sus escuelas, obedecen las leyes de sus funcionarios, esperan la protección de sus leyes, imploran la merced de sus favores, sueñan con una sinecura en la burocracia y saben de memoria la ley de jubilaciones”. Tal individuo es el sobrante, el hombre masa, el mediocre de todos los tiempos. Fue el mediocre que vivió a la sombra de Ramsés, de Nerón o de Néstor Kirchner. Constituye parte de la esencia de lo Humano. En efecto: está en cualquiera de nosotros el riesgo de aspirar a la protección del Estado como única salida para nuestros aprietes económicos o una eventual solidez económica. Es un hecho que ser independientes del Poder es el ideal absoluto propio de un Héroe y es otro hecho que los Héroes no existen. Existen, en realidad, los hombres y mujeres que saben sobreponerse a sus propias debilidades y aquellos que no. Existen los que medran en su condición de moluscos morales intentando socavar los cimientos de los grandes, de los que luchan por la dignidad y existen también los mediocres, que sobreviven en sus cuevas burocráticas, marchitándose en las penumbras del poder político, hundidos en su propia mediocridad. Los que sobreviven oscuros en sus tumbas de poder y mostrando desde allí sus amarillentas garras. Porque basta con darle una cuota mínima de poder al mediocre para verlo soltar de inmediato su veneno de resentimiento; para oírlo fanfarronear su pretendida cercanía al Poder; para escuchar en sus vientres, el ronroneo mortal de la Máquina de Impedir.
El Poder va en contra de la dignidad humana. Y esto es así porque el imperio de un Hombre sobre otro Hombre -sea en el contexto en que fuera- sólo puede ser señal de debilidad moral, de indignidad antes que de valores serios, dignos de imitarse. Aquel que envidia al poderoso o vive de él, fomentando la vejez social, o busca mantener las cosas en su lugar para que su mentor -el poderoso de turno- siga tirándole las migajas del banquete. El entusiasta defensor del poderoso, vive de la inercia social, forjándose las cadenas de su propia insignificancia. El mediocre es el suicida social que vierte la cicuta de la vergüenza en su propia copa y se ampara en la democracia para justificar su inutilidad.
El Poder es el Dios del Inservible. Con él todo se deforma y lo posterga. Con él todo se arruina. Nada realmente útil puede esperarse de un sistema legal basado en la superstición del Poder. Un sistema político y legal que transforma a la democracia en un mecanismo de afianzamiento del Poder, es una vasta trampa que comienza en una educación idiotizada e idiotizante y culmina en el clientelismo más procaz. Comienza fabricando pordioseros del Poder en las escuelas y destruye la libertad que da la cultura del Trabajo...
Se acerca el Bicentenario y un año de tensiones políticas rumbo a un año electoral. Es así que debemos prepararnos para oír a los viejos tartufos de siempre holgarse a la sombra de los próceres con peroratas previsibles. Preparémonos para oír el discurso del insignificante explicando lo que es la dignidad; al hipócrita traficante de drogas dando cátedra de moral política... al cuervo mediocre tratando de aplastar al poeta...
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Bueno, Enhorabuena, entonces! Te felicíto nuevamente, y te sigo leyendo.