| Reta: un lugar para los que saben perderse |
| Escrito por Horacio Ramirez |
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Se dice que hay dos clases de caminos: aquellos que se recorren físicamente, caminando, y que nos llevan de un lugar a otro, y aquellos que son caminos de la mente o del espíritu y que rara vez coinciden con aquellos. A Reta se llega por los caminos materiales y una vez allí, por esos mismos caminos, se puede llegar a la playa o ir al almacén o visitar algún amigo. Pero en ocasiones, si uno es debidamente perspicaz y sensible al pedido de lejanía que a veces grita el alma, el corazón del visitante o del habitante puede comenzar a divagar por senderos inexplorados y llegar a sitios siempre vírgenes. Puede, por ejemplo, llegarse uno hasta la playa y sentir que el horizonte en su distancia parece querer arrancarnos el espíritu y los ojos... Y eso es posible porque nuestra mente ha comenzado a recorrer el camino que nace, precisamente, allí donde las huellas de nuestros pies se terminan, allí donde empieza la verdadera distancia y no la que dice el cuentakilómetros. Son esos mismos caminos que caminan con nosotros en las tranquilas tardes de primavera. Es ese camino que media entre el rabioso rojo de un churrinche y la herida que deja en la retina del sentido común, al irse volando. Es ese camino que se escurre al alcance de nuestra mano entre las estrellas absurdas por lejanas. Es el camino que dibuja la lluvia en nuestra cara. Son esos caminos por los que nos hemos decidido a visitar o a vivir a Reta: caminos que hay que descubrir y que nos permiten explotar el raro lujo de perderse... De aquellos que nos queremos perder de nosotros mismos y de nuestro mundo mezquino. Caminos exclusivos para aquellos que buscamos afanosos el sabio derrotero del sinsentido, sin más capital que la libertad... Tranquilidad. Naturaleza y todo el tiempo: ochenta años de pasado y todo un camino de futuros posibles por delante, adornan los simples paisajes de Reta... |