Acerca del minimalismo y otras yerbas
Escrito por Horacio Ramirez   

Causó impacto sobre nuestro común amigo Rodrigo, la idea del minimalismo. Incluso vimos una definición de Wikipedia acerca de lo que eso implica.

El minimalismo arranca por allá por los años ’60 y consistió en una búsqueda de lo esencial, de lo mínimo expresable que mantuviera cierta idea de totalidad. Un despojamiento de partes superfluas que nos permitiera seguir manteniendo el concepto original. Fue algo así como una búsqueda de la estructura subyacente y fue un reconocimiento -inconsciente- de una movida que había logrado -por lo menos en teoría- eliminar las barreras entre las ciencias humanas de las naturales, y nos referimos, obviamente al Estructuralismo. Se había descubierto que al estudiar las estructuras se estudiaban redes de comunicación. Y en tanto que estudio de ciencias de comunicación, se podían “diagonalizar” -término que pertenece a Gregory Bateson- ciencias hasta ese momento separadas como la lingüística, las matemáticas, la economía, la sociología y la psicología. Y el minimalismo no es otra cosa que una aplicación de este paradigma: era posible -y en esto tiene que ver la Teoría de la Guestalt- rescatar la estructura comunicacional que se establece, por ejemplo, entre todos los elementos que componen, por ejemplo, el David. La concepción minimalista buscaba trabajar sobre la estructura fundamental, atómica digamos, o sea que menos que lo que el minimalismo expresaba, era imposible expresar (a-tomo: indivisible). De modo que el minimalismo es más bien una técnica deconstructiva de la realidad antes que una simple economía de materiales y recursos.

Así, la foto de hace unos días, titulada, precisamente, “Minimalismo” es minimalista si, y sólo si, la consideramos como proveniente de un cielo que podría ser más complejo, etc. O, en otras palabras, es minimalista desde que viene a fundar una imagen de reducción de variables a las que solemos estar acostumbrados. De modo que es una imagen que nos impactaría siempre y cuando no seamos, digamos, beduinos acostumbrados a una reducción paisajística entre cielo y suelo de arena: un beduino vería poco más o menos lo que vio desde que nació. Es interesante, entonces -y desde lo que propone la Guestalt- que nuestra reacción emotiva a la forma -en este caso, simplificada- está muy relacionada -del todo relacionada- a nuestra memoria emotiva y a nuestra experiencia de vida.

Sin tampoco quererlo, el minimalismo -y demás expresiones plásticas de los ’60- fundaban una visión posmoderna del arte. En efecto: lo que nosotros llamamos modernidad implicaba un replanteamiento de la relación entre el sujeto y lo observado y un análisis de cómo se crea la obra desde la misma obra. La preocupación “endoceptiva”, o en términos biológicos, “propioceptiva”: la obra es creada desde la percepción de sí misma y del discurso del que percibe: cómo veo las formas, los colores, cómo sueño, cómo recuerdo, etc. Pero el minimalismo, en su ligazón con el estructuralismo, lograba -sin tampoco ser una cosa que digan “qué bruto, qué bueno, qué profundo que esto del minimalismo”- lograba, decíamos, llamar la atención sobre un mundo donde el sujeto no está. Porque si bien por un lado el artista decía cómo veía la estructura de un ente complejo y su traducción mínima, el objeto minimalista supera al objeto representado, lo trasciende en la estructura, y -en el marco de esa diagonalización mencionada- lo acerca a distintas formas de expresión del Hombre. El objeto minimalista es más y menos que el objeto que recuerda, si llega a recordar a un objeto específico. Y esta ambigüedad viene de la trascendencia: al indagar sobre la estructura, el Hombre desaparece.

Recordemos una frase célebre de J. P. Sartre (que aunque no es santo de mi devoción, viene a cuento): “Lo esencial no es lo que se ha hecho del hombre, sino lo que éste hace con lo que hicieron de él. Lo que se ha hecho del hombre son las estructuras, los conjuntos significantes que estudian las ciencias humanas. Lo que él hace es la historia misma, el sobrepasar realmente esas estructuras en una praxis totalizadora”. Es decir: el Hombre ha desaparecido del mapa y con el reconocimiento de la estructura, se anula al Hombre y su compromiso moral con la realidad.

Con esto no queremos decir que el minimalismo sea culpable de una nueva y posmoderna forma de amoralidad, pero sí que la posmodernidad, entendida desde esta óptica como una dislocación absoluta del sujeto, nos pone frente a una crisis moral... Pero ya sería irnos un poco a otra parte. Lo que nos interesa es, en este caso, la desaparición del sujeto tras el reconocimiento de la estructura. Y hablamos de posmodernidad, en tanto que fragmentación y dislocación y no ya de globalidad en tanto que proyección absoluta del sujeto... tan absoluta que da lo mismo que esté como que no esté. En ambas perspectivas, el sujeto como referente de un sistema de categorías con base en la autoridad (moral), ha desaparecido. ¿Es esto nuevo? Yo me preguntaría más bien si puede haber algo nuevo en arte…

Pensemos en el ‘body painting’ y tratemos de imponérselo a un chamán o mago de Sierra Leona; pensemos en el arte del tatuaje y tratemos de enseñárselo a un maorí del desierto australiano; pensemos en el cubismo y tratemos de verlo junto a algunos grabados de Goya... Pensemos en el minimalismo y tratemos de mostrárselo a un faraón egipcio de la cuarta dinastía ¿qué nos entregaría como respuesta? La pirámide de Ku-fu o Keops o el silencio hecho piedra. Ese es un claro ejemplo de estructura minimalista antes del minimalismo... 6 mil años antes del minimalismo y con una idea de estructura infinitamente más compleja y elaborada que lo que nosotros podemos imaginar...

Nihil novum sub sole.